Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 3
Vera
El hombre que estaba ahí frente a mí se me hacía peligrosamente conocido.
No sabía de dónde, ni por qué, pero había algo en su forma de mirarme —esa mezcla de altanería, fastidio y superioridad— que me erizaba la piel. Podía ser cualquiera, me repetí. Un dueño más. Un amargado más. Un tipo con complejo de macho alfa en medio de la nada.
José carraspeó a mi lado.
—Deberíamos revisar los documentos —dijo—. Ya sea dentro de la casa… o en el pueblo.
Miré la casa.
La casa parecía a punto de caerse encima de cualquiera que se atreviera a respirar cerca.
—Bien —respondí—. Entremos.
Di dos pasos, tomé la manija y abrí la puerta.
Error.
Una enorme rata salió disparada hacia afuera, seguida de varias crías que parecían haber nacido directamente del infierno. Grité. No fue un grito elegante. Fue un grito visceral, desesperado, totalmente indigno de una mujer de treinta años con estudios universitarios.
—¡AAAAAAAAH!
Los tres hombres me miraron.
—Tranquila —dijeron casi al mismo tiempo.
—¿TRANQUILA? —chillé—. ¡Eso tenía bigotes del tamaño de mis traumas!
No.
Definitivamente no.
—En esa casa no me quedo —sentencié—. Ni viva, ni muerta, ni reencarnada.
Me giré y caminé directo a la camioneta. Vi por el rabillo del ojo cómo el desconocido de ojos verdes hacía exactamente lo mismo, mientras su abogado lo seguía hasta una Range Rover SV Candeo negra, impecable, como si se hubiera equivocado de universo.
Salimos de la finca y avanzamos hacia el pueblo.
No lo había visto bien hasta ese momento.
Mi rostro debió decirlo todo.
—Esto… —murmuré— da ganas de llorar.
Casas viejas, fachadas descuidadas, calles silenciosas. Un pueblo detenido en el tiempo, como si alguien hubiera olvidado apretar el botón de avanzar.
José me miró.
—Tranquila.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Cómo quieres que esté tranquila? ¡Mira esto!
—Leamos los documentos primero —insistió—. Luego tomamos decisiones.
Nos bajamos frente a una especie de oficina improvisada que hacía de notaría, cafetería y sala de espera. Por lo que pude notar, el hombre de ojos verdes también estaba discutiendo con su abogado, gesticulando con fastidio.
Nos sentamos.
La mujer que nos atendió nos lanzó una mirada poco amigable, como si nuestra sola presencia fuera una molestia.
—¿Qué desean? —preguntó, sin sonreír.
—Documentación de la finca San Rafael del Monte —respondió José.
Ella bufó y se fue.
Mientras tanto, yo escribía mensajes frenéticamente.
Esto está horrible, le mandé a Claudia.
A ocho horas del mundo real, a mi madre.
Mi celular vibró.
Ya hablamos con tu hermana. Vamos a impugnar el testamento. No es justo, escribió mamá.
Suspiré aliviada.
Gracias, mamá.
Entonces una voz masculina interrumpió mis pensamientos.
—Señora Hyatt.
Levanté la vista.
—Perdón —respondí—, ¿sí?
—Me presento —dijo el hombre que estaba junto al tipo de ojos verdes—. Soy Gustavo, abogado del señor De Bedout.
El apellido me golpeó el pecho como un disparo.
De Bedout.
Mi corazón se aceleró de forma absurda.
No.
Tenía que ser una coincidencia.
Forcé una sonrisa educada.
—Mucho gusto.
El hombre de ojos verdes inclinó la cabeza, con una sonrisa torcida que no me gustó en absoluto.
—¿Ya me recuerdas? —preguntó, con un tono cargado de ironía.
Lo miré con atención.
El gesto.
La voz.
La arrogancia.
La memoria hizo clic.
Sentí un nudo en el estómago.
—Claro —mentí—. Perfectamente.
José intervino rápido.
—¿Empezamos?
—Por supuesto —respondieron ambos abogados al mismo tiempo.
José comenzó a hablar de la finca, de su importancia histórica, de los años de trabajo familiar. Noté que estaba casi tan interesado como yo en la maldita historia, como si aquello fuera un documental y no una sentencia.
Mucha gente pasaba frente a nosotros. Demasiada. Nos miraban con curiosidad, como si fuéramos animales en exhibición. Vacas. Caballos en competencia. Forasteros con dinero y problemas.
Luego continuó Gustavo.
Habló de nuestros padres.
De sociedades.
De inversiones.
De cómo la finca se fue al carajo.
No escuché nada.
Mi atención estaba fija en el apellido del hombre frente a mí.
De Bedout.
Y entonces lo entendí.
El hermano.
Mi ex.
Las mentiras.
El abandono.
Todo encajó con una precisión cruel.
Tragué saliva.
Porque si él era un De Bedout…
Entonces su hermano fue el mismo que jugó conmigo.
Y esta herencia no era solo de odio.
Era personal.