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TU NOMBRE EN MI PIEL

TU NOMBRE EN MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Pareja destinada / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

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Capitulo 24

Narrador: Mateo Ubicación: Barricada Norte de San Lorenzo / Torre Eclipse (Avenida Anacaona)

El aire sabía a pimienta y a vómito.

—¡Cubrid la izquierda! —gritó Leo, su voz apenas audible sobre el estruendo de los disparos de gas lacrimógeno—. ¡Javi, no dejes que muevan ese contenedor!

Me agaché detrás de un coche volcado cuando una lata de metal golpeó el asfalto a dos metros de mí, siseando y escupiendo una nube blanca y densa. Mis ojos ardían como si me hubieran echado ácido, y la garganta se me cerró en un espasmo violento.

—¡Mateo! —Leo apareció entre el humo, agarrándome del brazo y arrastrándome hacia un portal—. ¡Ponte la máscara! ¡Te dije que no te la quitaras!

—No puedo respirar con esa mierda —tosi, escupiendo saliva espesa—. Leo... son demasiados.

Miré hacia la avenida. Era una zona de guerra. Las tanquetas avanzaban inexorablemente, empujando los coches que habíamos cruzado como si fueran juguetes. Detrás de ellas, una falange de policías antidisturbios golpeaba sus escudos con las porras, un ritmo tribal y aterrador. Pum. Pum. Pum.

—¡No van a pasar! —gritó Leo, con los ojos inyectados en sangre y la cara manchada de hollín—. ¡Si pasan, arrasan con todo! ¡Tenemos que aguantar hasta que la prensa internacional llegue!

—¡La prensa no va a llegar, Leo! —le grité, agarrándole de la pechera de su camiseta rota—. ¡Han cortado las carreteras! ¡Clara dice que han bloqueado la señal de internet! ¡Estamos solos!

—¡Entonces morimos aquí! —Leo se soltó de mi agarre, cogió un cóctel molotov que alguien había dejado en el suelo y se giró hacia la barricada—. ¡Por San Lorenzo!

Lo vi correr hacia el frente, una figura quijotesca contra monstruos de acero. Vi a Don Lucho caer golpeado por una pelota de goma. Vi a la señora de las empanadas arrastrando a un niño lejos del humo.

Y entonces lo entendí.

No íbamos a ganar.

Esta era la fantasía de Leo: el mártir glorioso, la resistencia poética. Pero la realidad era matemática. Ellos tenían tanques. Nosotros teníamos piedras. En una hora, estarían dentro. En dos horas, Leo estaría en una bolsa negra o en una celda oscura para siempre. Y mi padre ganaría.

Mi padre.

Miré hacia el horizonte, más allá del humo y las luces azules. Allí, a cinco kilómetros de distancia, se alzaba la Torre Eclipse. Una aguja negra y perfecta contra el cielo nocturno, imperturbable, limpia, brillante.

La rabia que sentí no fue caliente. Fue fría. Gélida.

—Leo... —susurré, pero él ya estaba lejos, gritando órdenes.

Me deslicé hacia atrás, alejándome de la línea de fuego.

—¿A dónde vas, Mateo? —preguntó Clara. Estaba agachada junto a una boca de incendios, intentando conectar unos cables pelados a una caja de registro.

—A buscar ayuda —mentí.

—¿Ayuda? ¿De quién? —Clara me miró, sus gafas reflejando las explosiones—. No hay nadie fuera, Mateo.

—Voy a intentar reactivar la antena del repetidor del sector 4 —dije, señalando hacia el este, lejos de la batalla—. Si consigo señal, puedo subir el vídeo de la expropiación a los servidores extranjeros.

Clara dudó un segundo. Me miró a los ojos. Sabía que yo no sabía distinguir un cable de red de un cordón de zapato. Pero también vio algo en mi cara que la hizo detenerse.

—Mateo... no hagas ninguna estupidez.

—Solo voy a encender la luz, Clara.

—Ten cuidado. Si te ven los patrullas perimetrales...

—No me verán. Soy invisible, ¿recuerdas? El hijo que nunca existió.

Me di la vuelta y eché a correr. No hacia el sector 4. Hacia el río. Hacia la salida del alcantarillado viejo que Leo me había enseñado semanas atrás, la única ruta que la policía no había bloqueado porque pensaban que estaba sellada.

Corrí dejando atrás los gritos de mis amigos. Corrí dejando atrás a Leo. Sentí que era la traición más grande de mi vida, y al mismo tiempo, el único acto de amor que me quedaba.

Treinta minutos después, salí por una alcantarilla cerca del Malecón.

Olía a mierda y a agua podrida, pero estaba fuera del cerco. El aire aquí era limpio, salado por la brisa del mar. Los coches pasaban por la avenida George Washington como si nada estuviera pasando a tres kilómetros de allí. Parejas paseando, música de reguetón saliendo de los bares, luces de neón.

La normalidad me dio náuseas.

Me miré en el reflejo de un escaparate. Parecía un loco. Ropa rasgada, cara sucia, pelo revuelto. Pero en el bolsillo trasero tenía mi cartera. Y dentro, la tarjeta magnética negra. La "Llave Maestra" que mi padre me dio cuando cumplí dieciocho años. "Para que siempre tengas las puertas abiertas", me dijo. Qué ironía.

Paré un taxi. El conductor me miró con desconfianza a través del cristal bajado solo dos centímetros.

—No llevo dinero, jefe —dije rápidamente, sacando un reloj de mi muñeca. Era un Patek Philippe que Leo me había obligado a guardar "por si acaso". Valía más que el taxi entero—. Pero le doy esto si me lleva a la Avenida Anacaona. A la Torre Eclipse. Rápido.

El taxista miró el reloj. Miró mis ojos desesperados.

—Sube, muchacho. Pero no me manches la tapicería.

El viaje fue surrealista. La radio del taxi estaba puesta.

—...informes de disturbios menores en la zona norte de la ciudad. La policía asegura que la situación está bajo control y que se trata de grupos vandálicos aislados...

—Mentira —murmuré, apretando los puños—. Están matando gente.

—¿Dijiste algo? —preguntó el taxista, mirándome por el retrovisor.

—Dije que le suba volumen. Quiero oír cómo mienten.

Llegamos a la Torre. El edificio se alzaba como un dios de obsidiana. Cincuenta pisos de arrogancia arquitectónica. En la entrada, no había disturbios. Había silencio, jardines cuidados y dos guardias de seguridad privada armados con subfusiles.

El taxi paró. Le tiré el reloj al asiento del copiloto.

—Gracias. Quédese con el cambio.

Bajé. Mis zapatillas sucias chirriaron sobre el mármol inmaculado de la entrada.

Los dos guardias se tensaron. Uno llevó la mano a su arma.

—¡Alto ahí! —gritó—. Propiedad privada. Lárguese, indigente.

Seguí caminando. No corrí. Caminé con la misma arrogancia con la que mi padre caminaba por sus salas de juntas.

—Soy Mateo García Velázquez —dije, sin detenerme—. Y si me tocas, te despido antes de que toques el suelo.

El guardia dudó. Me miró la cara bajo la suciedad. Reconoció los rasgos. Reconoció los ojos.

—Señor Mateo... —balbuceó, bajando el arma—. Señor, nos dijeron que usted estaba... indisponible. Que estaba enfermo.

—Me he curado —dije, llegando a los tornos de cristal—. Abran.

—Señor, su padre ha dado órdenes estrictas de que nadie suba al ático. Está en reunión de crisis.

—Yo soy la crisis —saqué la tarjeta negra y la pasé por el lector.

Beep. Luz verde.

El torno se abrió. Los guardias se miraron entre ellos, pero ninguno se atrevió a ponerme una mano encima. El apellido García pesaba más que cualquier orden.

Entré en el ascensor privado. Ese que no tiene botones, solo un lector de huella. Puse mi pulgar sucio sobre el escáner.

Bienvenido, Mateo.

El ascensor se disparó hacia arriba. Sentí la presión en los oídos. Piso 10. Piso 20. Piso 40. Piso 50.

El ático.

Las puertas se abrieron.

No había ruido aquí. Solo el suave zumbido del aire acondicionado centralizado y música clásica —Bach, Variaciones Goldberg— sonando muy bajita. El suelo era de madera de roble importada. Las paredes eran de cristal de suelo a techo, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad.

A lo lejos, hacia el norte, se veía una mancha naranja y parpadeante. El barrio ardiendo. Parecía una hoguera pequeña vista desde el Olimpo.

Mi padre estaba sentado en su sillón Eames, de espaldas a mí, mirando esa mancha de fuego. Tenía una copa de whisky en la mano.

—Sabía que vendrías —dijo, sin girarse. Su voz era tranquila, aterradoramente normal—. Siempre fuiste sentimental, Mateo. Sabía que no soportarías ver cómo tus amiguitos sufrían por tu culpa.

Di un paso dentro de la sala. Mis botas dejaron una huella de barro negro sobre la alfombra persa.

—No he venido a entregarme, papá.

Enrique García giró el sillón lentamente. Llevaba un traje impecable, gris perla. Ni una arruga. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi ropa sucia, en mis manos temblorosas. Hizo una mueca de disgusto.

—Hueles a humo —dijo—. Y a pobreza.

—Huelo a realidad —repliqué, avanzando hacia el centro de la sala. Había una maqueta gigante sobre una mesa baja. Era el proyecto "Nuevo San Lorenzo". Torres blancas, parques verdes. Mentiras de plástico.

—Siéntate, Mateo. ¿Quieres una copa? Es Macallan 25.

—No quiero tu whisky. Quiero que llames a la policía. Ahora mismo. Diles que se retiren.

Mi padre soltó una risa suave, sacudiendo la cabeza.

—No puedo hacer eso, hijo. Esto ya no está en mis manos. Es una operación de seguridad nacional. El gobierno está restableciendo el orden. Yo solo soy un espectador preocupado.

—¡Tú pagaste la operación! —grité, y mi voz rompió la calma del ático—. ¡Tú compraste al ministro! ¡Tú firmaste la expropiación! ¡Deja de actuar como si fueras inocente!

Enrique se levantó. Dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco. Su máscara de calma se resquebrajó un poco.

—¡Hice lo que tenía que hacer! —bramó, caminando hacia mí—. ¡Mírate! ¡Mira en qué te han convertido! ¡Eras un pianista prometedor, eras un caballero! ¡Y ahora eres un vándalo que se junta con criminales y pinta paredes como un delincuente!

—¡Soy feliz! —le grité en la cara—. ¡Por primera vez en mi vida, soy feliz! ¡Y eso es lo que no soportas! ¡No soportas que encontrara algo que tú no pudiste comprarme!

—¿Feliz? —Enrique señaló hacia el ventanal, hacia el fuego en el horizonte—. ¿Eso es felicidad? ¿Ver cómo destruyen tu "comunidad"? ¿Ver cómo ese tal Candelario te arrastra al abismo? Mañana, Mateo, ese barrio no existirá. Y tú me lo agradecerás. Te llevaré a Europa. Te curaremos. Olvidarás todo esto como si fuera una pesadilla.

—No estoy enfermo —dije, sintiendo una calma repentina, fría y dura como el cristal—. Y no voy a ir a Europa.

Me acerqué a la mesa donde estaba la maqueta.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó mi padre, con un tono de advertencia—. No toques eso. Es el prototipo final. Vale cincuenta mil dólares.

—Es bonito —dije, pasando la mano por las torres de plástico—. Muy limpio. Muy ordenado. Sin gente pobre. Sin ruido.

Agarré la botella de Macallan 25 de la mesa auxiliar.

—Mateo... —mi padre dio un paso hacia mí—. Deja la botella.

—Dijiste que el alcohol desinfecta, ¿no? —lo miré a los ojos—. Vamos a limpiar el proyecto.

Volqué la botella sobre la maqueta. El líquido ámbar empapó los edificios de plástico, los árboles de espuma, las carreteras pintadas. El olor a alcohol llenó la habitación, tapando el olor a lavanda.

—¡Estás loco! —gritó mi padre, abalanzándose sobre mí para quitarme la botella.

Me aparté, tirando la botella vacía contra la pared. Se hizo añicos.

—¡Sí, estoy loco! —saqué el mechero Zippo que le había robado a Leo esa mañana, cuando él no miraba. Era su mechero de la suerte—. ¡Soy el loco que tú creaste!

Encendí el mechero. La llama bailó entre mis dedos.

—Si tiras eso... —dijo mi padre, pálido, retrocediendo—. Si quemas esto, Mateo, te juro que te encierro en el manicomio más oscuro que encuentre y tiro la llave. No volverás a ver la luz del sol.

—Ya la he visto —dije—. Y prefiero quemarme con ella que vivir en tu sombra.

—¡Seguridad! —gritó mi padre hacia el intercomunicador de la pared—. ¡Seguridad, al ático! ¡Ahora!

—Diles que suban por las escaleras —dije—. Porque el ascensor lo he bloqueado con mi código de emergencia. Tienen cincuenta pisos. Tardarán diez minutos.

—Mateo, por favor... —la voz de mi padre cambió. Ya no era autoritaria. Era miedo. Miedo por su edificio. Miedo por su legado—. Hijo... podemos hablar. Podemos negociar. ¿Qué quieres? ¿Quieres que retire los cargos contra el chico? ¿Quieres dinero? Te daré lo que quieras.

—Quiero que mires —dije.

Dejé caer el mechero sobre la maqueta empapada en whisky.

WHOOSH.

El fuego prendió instantáneamente. Una llamarada azul y naranja se levantó, consumiendo el "Nuevo San Lorenzo" en segundos. El plástico se derritió, goteando como cera negra sobre la mesa de caoba. El humo negro empezó a subir hacia el techo, activando los aspersores.

Pero no eran aspersores de agua. Eran de gas halón, diseñados para proteger los equipos electrónicos. No apagaban el fuego de inmediato, solo quitaban el oxígeno... pero yo había roto una ventana con un pisapapeles pesado antes de que él se diera cuenta. El aire entraba a raudales, alimentando las llamas.

El fuego saltó a las cortinas. Luego a la alfombra.

—¡Maldito seas! —gritó mi padre, tosiendo, tratando de apagar el fuego con su chaqueta—. ¡Has destruido todo!

—¡Todavía no! —corrí hacia su escritorio. Allí estaba el ordenador central. El cerebro de la bestia.

Mi padre intentó agarrarme, pero le di un empujón. Estaba viejo, cansado y borracho de poder. Cayó al suelo, mirando con horror cómo su oficina se convertía en un infierno.

Me senté en su silla de cuero. El calor era insoportable. Las llamas lamían el techo.

—Contraseña... contraseña... —murmuré.

Sabía que mi padre era predecible. Probé fechas de cumpleaños. La mía. La de mi madre. Nada.

Entonces miré la maqueta ardiendo.

Escribí: LEGADO.

Acceso denegado.

Escribí: ECLIPSE.

Acceso denegado.

Miré a mi padre, que se arrastraba hacia la puerta intentando huir del humo.

—¿Cuál es la contraseña? —le grité—. ¡Dímela o dejo que se queme el servidor con todo dentro!

—¡Vete al infierno! —tosió él.

Pensé. ¿Qué es lo que más ama este hombre? ¿Qué es lo único que le importa más que el dinero?

Escribí: CONTROL.

Acceso concedido.

Me reí. Una risa histérica, maníaca.

—Eres tan predecible, papá.

Abrí el sistema de gestión del edificio.

—¿Qué haces? —preguntó mi padre, deteniéndose en la puerta, con los ojos llorosos por el humo—. ¡Sal de ahí! ¡Vas a morir!

—Voy a encender una vela, papá. Una vela muy grande.

Accedí al control de iluminación exterior de la torre. Esas luces LED programables que cubrían toda la fachada y que se usaban para poner la bandera nacional en días festivos o publicidad de la empresa.

Tecleé un nuevo patrón. No era una imagen compleja. Eran solo letras. Letras gigantes, blancas sobre fondo negro, que cubrirían los cincuenta pisos de la torre. Letras que se verían desde San Lorenzo, desde el Palacio Nacional, desde los barcos en el mar.

Escribí el mensaje.

Pulsar ENTER.

—¡Hecho! —grité, levantando las manos.

El ordenador empezó a pitar por el calor. La pantalla se derritió por una esquina.

—¡Mateo! —mi padre volvió a entrar, a pesar del fuego, y me agarró del brazo, tirando de mí con una fuerza sorprendente—. ¡Tenemos que salir! ¡El fuego estructural se está extendiendo!

—¡Suéltame! —le empujé—. ¡Quiero ver cómo arde!

—¡Eres mi hijo, maldita sea! —me gritó, y me dio una bofetada. Fuerte. Me giró la cara—. ¡No voy a dejar que te mates por esa chusma!

Me arrastró hacia la salida de emergencia. El pasillo estaba lleno de humo. Las alarmas aullaban.

Bajamos por las escaleras. Piso 49. Piso 48.

—¿Qué has escrito? —preguntó mi padre, jadeando, mientras bajábamos—. ¿Qué has puesto en la fachada?

Me detuve en el rellano. Me limpié la sangre del labio donde me había pegado.

—Mira por la ventana —le dije.

En el reflejo de un edificio de cristal vecino, se veía la Torre Eclipse. Ya no era una aguja negra. Era un faro cegador. Las letras gigantes, de cien metros de altura, parpadeaban en la noche:

SAN LORENZO VIVE. GARCÍA MIENTE.

Y debajo, un dibujo esquemático, pixelado pero inconfundible: un pájaro negro con las alas abiertas. El Cuervo.

—No... —susurró mi padre, cayendo de rodillas en el escalón—. Has convertido mi torre en tu lienzo.

—No, papá —dije, mirando el reflejo—. La he convertido en tu lápida.

Seguimos bajando. Cuando llegamos al vestíbulo, los bomberos ya estaban allí. Y la policía. Y la prensa. Cientos de cámaras que habían dejado el barrio porque una torre de mil millones de dólares ardiendo era una noticia mucho más jugosa que unos pobres siendo gaseados.

—¡Allí están! —gritó un bombero—. ¡Sacadlos!

Nos sacaron al aire libre. La multitud de curiosos rodeaba el edificio. Todos miraban hacia arriba, con las bocas abiertas, leyendo el mensaje gigante mientras el humo salía del ático como una corona negra.

—¡Es Mateo García! —gritó un periodista, acercándome un micrófono—. ¡Mateo! ¿Qué ha pasado? ¿Ha sido un atentado?

Mi padre intentó hablar. Intentó poner su cara de "todo está bajo control".

—Ha sido un fallo eléctrico... un cortocircuito lamentable...

Me solté de los paramédicos que intentaban ponerme oxígeno. Agarré el micrófono del periodista. Mis manos estaban negras de hollín. Mi cara era la de un espectro.

—No ha sido un fallo —dije, y mi voz salió ronca, amplificada por las cámaras de todo el país—. He sido yo. Yo le prendí fuego.

El silencio fue total. Solo se oía el crepitar de las llamas allá arriba.

—¿Por qué? —preguntó la periodista, atónita.

Miré directamente a la cámara. Sabía que Leo me estaba viendo. Sabía que en el barrio, en los móviles que aún tenían batería, me estaban viendo.

—Porque mi padre estaba quemando mi casa —dije, señalando hacia el horizonte oscuro donde estaba San Lorenzo—. Y pensé que era justo que yo quemara la suya. Si quieren fuego, les daremos fuego. Pero no nos vamos a quemar solos.

Un oficial de policía me agarró, tirándome al suelo.

—¡Está detenido! —gritó—. ¡Esposadlo!

Me pusieron las manos en la espalda. El metal frío se cerró sobre mis muñecas. Me apretaron la cara contra el asfalto.

Pero pude girar la cabeza. Pude ver la torre.

El fuego en el ático crecía, pero las luces LED seguían funcionando. SAN LORENZO VIVE. Brillaba como una estrella furiosa.

Mi padre estaba de pie a unos metros, mirando su edificio. Parecía pequeño. Parecía un hombre viejo que acababa de perder su sombra. Me miró. Y en sus ojos ya no vi ira. Vi derrota. Supo, en ese momento, que aunque reconstruyera la torre mil veces, siempre sería "la torre que quemó su hijo". La vergüenza es algo que el hormigón no tapa.

Me levantaron y me metieron en un coche patrulla.

—Estás en un lío gordo, niño —dijo el policía que conducía, mirándome por el espejo—. Incendio provocado, daños millonarios... te van a caer treinta años.

Me recosté en el asiento de plástico duro. Me dolía todo. Tenía quemaduras en los brazos. Probablemente había arruinado mi vida para siempre.

Pero entonces, por la radio de la policía, llegó un mensaje. Una voz agitada, llena de estática.

—Central, aquí unidad Alfa en San Lorenzo. Solicitamos instrucciones. La multitud... la multitud está celebrando. Dicen que han visto la señal en la torre. Están saliendo de las casas. Son miles. Están... están empujando las tanquetas hacia atrás. Repito, estamos perdiendo la posición. Necesitamos refuerzos, pero los camiones de bomberos se han desviado a la Torre Eclipse. ¡No tenemos apoyo! ¡Nos retiramos! Repito: ¡Nos retiramos!

Sonreí. Una sonrisa llena de dientes sucios y sangre.

Cerré los ojos.

Valió la pena. Joder, valió la pena cada maldito segundo.

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patata_02
tengo la sospecha de que a bruno le gusta leo y como no lo quiere admitir hace todo eso
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