Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai
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CAPÍTULO 1: Mi casa, mis reglas, mi fogata.
Le dieron el alta un martes.
Cassidy lo sabía porque la enfermera se lo dijo tres veces mientras le quitaba los cables, las agujas y ese tubo del demonio que le habían metido por la nariz. "Hoy es martes, señora Montero. Martes 14. ¿Sabe qué día es? ¿Sabe dónde está? ¿Sabe cómo se llama?"
Sé que si me vuelves a preguntar lo mismo te meto ese tubo por donde no te llega el sol, pensó Cassidy. Pero sonrió. Una sonrisa torcida que la enfermera interpretó como debilidad post-coma y que en realidad era pura contención.
—Emilia Montero —dijo, porque eso era lo que tocaba decir—. Estoy en un hospital. Es martes.
Y estoy en un cuerpo que no es mío, en una época que no entiendo, casada con un hijo de puta y aparentemente me intenté matar con veneno. Pero eso no te lo voy a contar, cariño.
El médico le dio instrucciones. Muchas. Dieta blanda, reposo, nada de esfuerzo, control en dos semanas, pastillas para el estómago, pastillas para la cabeza, pastillas para dormir. Cassidy asintió a todo sin escuchar nada. En su vida anterior, el único remedio que conocía era whisky para el dolor y una bala para lo que el whisky no curaba.
Firmó unos papeles. Con una letra que no era la suya, porque la suya era un garabato ilegible y la de Emilia era redonda, pequeña, de niña obediente. Los recuerdos servían para eso: sabía firmar como ella, sabía su nombre completo, sabía la dirección de la casa. Era como tener un mapa dentro de la cabeza, borroso en los bordes pero claro en lo importante.
Lo que el mapa no le decía era qué carajos era esa cosa negra y brillante que la esperaba en la puerta del hospital.
—Señora Montero, el auto está listo.
El chofer era un tipo bajo, serio, con gorra y guantes. Estaba parado junto a... eso. Un carruaje sin caballos. Negro, largo, con ventanas oscuras y un brillo que lastimaba los ojos.
Cassidy se quedó plantada en la acera.
¿Dónde están los caballos?
Los recuerdos de Emilia le soplaron la respuesta como un susurro lejano: automóvil, carro, vehículo. Se movía solo. Con un motor. Sin animales.
¿Cómo mierda se mueve sin animales?
El chofer le abrió la puerta trasera. Cassidy miró el interior. Asientos de cuero. Más botones. Una pantallita brillante en el tablero que mostraba números y líneas de colores.
Se subió como quien se mete a una cueva sin saber si hay oso adentro.
El chofer cerró la puerta y el sonido la hizo brincar. Luego se sentó adelante, giró algo y la bestia negra cobró vida con un ronroneo grave.
Cassidy se agarró del asiento con las dos manos.
Tranquila. No te va a matar. Probablemente.
El auto arrancó y la ciudad la golpeó por la ventana como una avalancha.
Edificios. Enormes. De cristal y acero, tan altos que parecían querer tocar el cielo. No eran de madera ni de adobe. No tenían balcones con barandas oxidadas ni letreros pintados a mano de SALOON o HOTEL. Eran lisos, brillantes, fríos.
Y había más carruajes sin caballos. Cientos. Miles. De todos los colores, de todos los tamaños, moviéndose en filas ordenadas por caminos negros y lisos que no tenían ni un bache ni una piedra. Algunos eran pequeños, otros enormes como diligencias, y todos iban más rápido que el mejor caballo que Cassidy había montado.
La gente caminaba por las aceras mirando unas tablitas brillantes que sostenían con las manos. Todos. Como hipnotizados. Nadie miraba al frente. Nadie miraba a los lados. Caminaban como sonámbulos con la cara pegada a esas cosas.
¿Qué demonios les pasa? ¿Están hechizados?
Un tipo cruzó la calle sin mirar y el chofer frenó de golpe. Cassidy se fue hacia adelante y el cinturón —que no sabía que llevaba puesto— le apretó el pecho como una soga.
—¡Me lleva la...! —soltó, agarrándose del asiento de adelante.
El chofer la miró por el espejo.
—¿Está bien, señora?
—¿Bien? ¡Esa cosa casi me arranca las costillas!
El chofer no dijo nada. Siguió manejando.
Cassidy se recostó en el asiento, respirando pesado. El cuerpo de Emilia no estaba hecho para sustos. El corazón le latía como tambor de guerra y le faltaba el aire solo por haberse inclinado hacia adelante.
Este cuerpo es un desastre, pensó. Pero no con desprecio. Con curiosidad. Como quien examina un caballo nuevo: gordo, lento, sin entrenar, pero con potencial.
Ya te voy a poner en forma, gordita. Tú y yo vamos a llevarnos bien.
La mansión era obscena.
No había otra palabra. Cassidy había visto casas grandes. Había robado en haciendas de rancheros ricos, en mansiones de gobernadores, en hoteles de lujo donde los dueños de minas gastaban fortunas en whisky y prostitutas. Pero esto era otro nivel.
Una reja negra de hierro se abrió sola —¡sola!— cuando el auto se acercó. El camino de entrada era de piedra blanca, bordeado de árboles recortados con formas que parecían animales. La casa —si se le podía llamar casa— tenía tres pisos, fachada de piedra gris, ventanales enormes, columnas al frente y una fuente en el centro del jardín con un ángel de mármol escupiendo agua.
Emilia, tu padre era asquerosamente rico.
Los recuerdos le confirmaron: Aurelio Montero, magnate de bienes raíces, dueño de medio centro de la ciudad, muerto hacía dos años de un infarto. Todo quedó a nombre de Emilia. Todo. La mansión, las propiedades, las cuentas, las inversiones. Todo bajo cláusulas que ella no conocía porque nunca las leyó, porque Sebastián le dijo que no hacía falta, que él se encargaba.
Claro que se encargaba. El muy desgraciado.
El auto se detuvo frente a la entrada principal. El chofer le abrió la puerta. Cassidy bajó despacio —el cuerpo le pesaba, las piernas le temblaban después de una semana en cama— y miró la fachada.
Esto es mío.
No de Cassidy Boone, forajida muerta en un camino de Arizona. De Emilia Montero. Y ahora, por algún capricho del destino, del diablo o de quien fuera que la metió en este cuerpo...
Mío.
Subió los escalones de la entrada agarrándose del pasamanos. La puerta principal —de madera oscura, tallada, más grande que la entrada de cualquier saloon— se abrió antes de que llegara.
Una mujer la esperaba adentro. Baja, flaca, con el pelo recogido en un moño tan apretado que le estiraba las cejas. Uniforme negro con delantal blanco. Cara de vinagre. Ojos que miraban a Cassidy como quien mira una mancha en el piso.
—Señora Montero —dijo, sin un gramo de calidez—. Su habitación está lista. Sígame.
No le preguntó cómo estaba. No le dijo "bienvenida". No le ofreció agua, comida, una silla. Nada.
Cassidy la siguió en silencio. Por ahora.
Cruzaron el recibidor —mármol blanco, una escalera doble que subía como brazos abiertos, un candelabro del tamaño de un caballo colgando del techo— y en lugar de subir... doblaron a la derecha. Pasaron la cocina. Pasaron la lavandería. Pasaron un pasillo estrecho que olía a cloro y humedad.
Y llegaron a una puerta.
La mujer la abrió.
Cassidy miró adentro.
La habitación era del tamaño de una celda. Más chica que cualquier cuarto de burdel en el que hubiera dormido —y había dormido en muchos—. Una cama individual pegada a la pared, con una colcha gris desteñida. Una mesita de noche con una lámpara que parecía rescatada de la basura. Y un closet.
Si se le podía llamar closet.
Era un mueble de madera barata, sin puerta, de menos de un metro de ancho. Adentro colgaban cinco prendas. Cinco. Todas grises, todas viejas, todas desgastadas, todas dos tallas más chicas que el cuerpo de Emilia. Ropa que no le entraba. Ropa que probablemente nunca le entró. Ropa que alguien eligió a propósito para recordarle, cada mañana, que no merecía nada mejor.
Cassidy miró la habitación.
Miró el closet.
Miró la ropa.
Y luego miró a la mujer del moño apretado, que esperaba en la puerta con los brazos cruzados y una sonrisita que apenas se molestaba en disimular.
—¿Esta es mi habitación? —preguntó Cassidy.
—La misma de siempre, señora.
Cassidy asintió. Despacio. Con calma.
—¿Cómo te llamas?
—Dorotea. Soy el ama de llaves. Llevo seis años en esta casa.
—Seis años —repitió Cassidy—. Seis años en mi casa.
Dorotea parpadeó. Algo cambió en su cara. Algo mínimo, como una grieta en una pared que todavía no se nota pero ya está ahí.
—Bueno, técnicamente la casa es del señor Duar...
—La casa es mía.
Lo dijo sin gritar. Sin levantar la voz. Con la misma tranquilidad con la que le habría dicho a un hombre en una mesa de póker que estaba haciendo trampa, justo antes de sacar el revólver.
—La casa es mía. Todo lo que hay adentro es mío. Cada mueble, cada plato, cada sábana y cada baldosa que estás pisando con tus zapatos de sirvienta... es mío. ¿Entiendes eso, Dorotea?
Dorotea abrió la boca.
—Señora, yo solo...
—¿Aquí dormía Emilia?
—Usted siempre ha dormido aquí, señora. El señor Duarte dispuso que...
—El señor Duarte —Cassidy saboreó el nombre como quien mastica algo podrido— puede disponer de su culo. Pero no de mi casa. Ni de mis habitaciones.
Dorotea retrocedió medio paso. Sus ojos se abrieron un poco más de lo normal.
—Señora Montero, creo que el coma la afect...
—¿Aquí va a dormir tu madre, Dorotea?
—¿Perdón?
—Que si aquí va a dormir tu madre. Porque yo no duermo aquí. Yo soy la dueña de esta casa y a partir de hoy me van a respetar. Todos. Tú, el chofer, el jardinero, el cocinero y el pendejo de mi marido. O se largan todos de mi casa. Porque toda esta mierda... —abrió los brazos, señalando las paredes, el techo, todo— ...es mía.
El silencio duró tres segundos.
Dorotea levantó la mano y le cruzó la cara de una bofetada.
El golpe sonó seco. Como un disparo pequeño. La cabeza de Cassidy giró hacia la derecha y el pelo le cayó sobre la cara.
El pasillo se quedó mudo.
Cassidy no se movió.
Dorotea tampoco. Se quedó con la mano en el aire, respirando agitada, con la cara roja y los ojos llenos de un desprecio que llevaba años practicando. Seis años dándole órdenes a la señora de la casa. Seis años tratándola como trapo. Seis años sabiendo que podía hacer lo que quisiera porque Emilia nunca, nunca, devolvía el golpe.
Cassidy se apartó el pelo de la cara.
Despacio.
Y la miró.
Dorotea vio algo en esos ojos que no había visto antes. Algo que no pertenecía a la mujer gorda, callada y rota que conocía. Algo que la hizo soltar el aire y dar otro medio paso hacia atrás.
—Esa —dijo Cassidy, con una voz tan baja que apenas se oía— es la última vez que me levantas la mano.
Dorotea abrió la boca para hablar.
No le dio tiempo.
Cassidy le soltó un bofetón con el revés de la mano que la mandó al piso.
No fue un golpe técnico. No fue elegante. Fue bruto, pesado, con todo el peso de noventa kilos y un metro sesenta y cinco de furia detrás. La mano de Emilia era ancha, suave y gorda, y cuando impactó contra la mejilla de Dorotea sonó como si alguien hubiera aplaudido con rabia.
Dorotea cayó de culo contra el piso del pasillo. La cofia se le torció. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Se llevó la mano a la cara y la marca ya estaba ahí: roja, hinchada, perfecta, con la forma de cinco dedos gorditos estampados en la piel.
Cassidy se miró la mano. Se la sobó con la otra, pensativa.
Pesa, pero pega duro. Me gusta.
Se agachó. No mucho, porque el cuerpo no daba para mucho, pero lo suficiente para que Dorotea la viera de cerca.
—Es la última vez que me levantas la mano. O la voz. La próxima te la corto y se la doy al perro. Si es que tenemos perro. ¿Tenemos perro, Dorotea?
Dorotea no contestó. Estaba temblando.
—Voy a tomar eso como un no. Lástima. Ahora levántate del piso, que lo estás ensuciando.
Se dio la vuelta y caminó de regreso por el pasillo. Despacio, porque las piernas todavía le temblaban y el corazón le latía como loco, pero con la espalda recta y la barbilla arriba. Como caminaba por las calles de Tombstone después de un buen golpe.
La cocina se quedó en silencio cuando entró.
Había tres personas ahí: un cocinero gordo con cara de susto, una muchacha joven que sostenía un trapo como si fuera un escudo, y un tipo flaco que parecía ser el ayudante de algo. Los tres la miraron como si hubieran visto un fantasma.
El chisme ya había llegado.
Cassidy los ignoró. Abrió la nevera —los recuerdos de Emilia le dijeron que la caja blanca grande se llamaba nevera y que adentro había comida fría, lo cual le pareció brujería pura pero brujería útil— y sacó lo primero que encontró. Un pedazo de pollo. Queso. Algo verde que olía bien. Pan.
Se sentó en la isla de la cocina y comió con las manos.
Los tres empleados la miraron sin parpadear.
—¿Qué? —dijo con la boca llena—. ¿Nunca han visto a alguien comer?
Nadie contestó.
Bien.
Subió al segundo piso después de comer.
Las escaleras casi la matan. Cada escalón era una batalla. Las rodillas le crujían, los muslos le ardían, el aire no le alcanzaba. Para cuando llegó arriba estaba sudando como caballo después de una carrera y tuvo que agarrarse del barandal un minuto entero para no caerse.
Emilia, ¿nunca subías estas escaleras?
Los recuerdos le dijeron que no. Que Emilia vivía abajo. Que el segundo piso era territorio de Sebastián. Que ella no subía porque él no quería. Porque a él le molestaba verla. Porque la sola presencia de Emilia le causaba asco.
Hijo de puta.
El pasillo del segundo piso era otro mundo. Alfombra gruesa, cuadros en las paredes, puertas de madera oscura con manijas doradas. Cassidy abrió la primera puerta. Baño. Más grande que la habitación donde pretendían que durmiera. Mármol negro, una tina del tamaño de un abrevadero para caballos, espejos por todos lados.
Segunda puerta. Un estudio. Escritorio de madera, libros, una pantalla plana en la pared.
Tercera puerta.
La habitación principal.
Cassidy se quedó en el umbral.
La cama era enorme. Gigante. Con sábanas blancas, almohadas mullidas, un cabecero de cuero oscuro. Cortinas gruesas, alfombra suave, mesitas de noche con lámparas que parecían de museo. Y al fondo, una puerta doble abierta que daba al vestidor.
Entró al vestidor.
El lado izquierdo era de Sebastián. Trajes, camisas, zapatos, todo ordenado por color como un maldito catálogo. Relojes en una vitrina de cristal. Perfumes alineados como soldaditos. Corbatas colgadas en un aparato giratorio que Cassidy miró con genuina fascinación durante cinco segundos antes de seguir.
El lado derecho.
Cassidy se detuvo.
Había ropa de mujer. Vestidos, blusas, faldas, tacones. Todo fino. Todo caro. Todo de una talla que no era la de Emilia. Talla pequeña. Talla de mujer delgada. Talla de Andrea.
El muy desgraciado no solo se cogía a la amante de su esposa. La había mudado. Le había dado espacio en el vestidor. En la habitación. En la cama donde se suponía que debía dormir con Emilia.
Mientras Emilia dormía en un cuarto de servicio con cinco trapos viejos en un closet de un metro.
Los recuerdos de Emilia ardieron dentro de su pecho. No eran suyos, pero los sintió. Cada humillación. Cada noche sola en esa cama diminuta escuchando risas arriba. Cada mañana cocinando el desayuno para un hombre que no la miraba y una mujer que usurpaba su lugar. Cada lágrima tragada, cada disculpa innecesaria, cada "perdón por existir" que Emilia había repetido hasta creérselo.
Cassidy apretó la mandíbula.
Tú ya no estás aquí, Emilia. Pero yo sí. Y yo no perdono.
Empezó con los vestidos.
Los arrancó de los ganchos uno por uno. Sin prisa. Con calma. Un vestido rojo de seda. Uno negro con lentejuelas. Uno blanco que olía a un perfume empalagoso que le dio náuseas. Blusas de marca con etiquetas que no entendía pero que se veían caras. Faldas. Pantalones ajustados. Ropa interior de encaje que Cassidy sostuvo con dos dedos y cara de asco antes de tirarla al montón.
Zapatos. Tacones altos, delgados, rojos, negros, dorados. Los fue sacando de sus cajas y lanzándolos al piso como si fueran basura.
Porque lo eran.
Hizo un bulto con todo. Lo envolvió en una de las sábanas de la cama —las sábanas de Sebastián, las que compartía con la otra— y lo arrastró por el pasillo.
Los empleados la vieron pasar.
Nadie dijo nada.
Nadie se atrevió.
Bajó las escaleras arrastrando el bulto, escalón por escalón, sudando, resoplando, con la cara roja y el pelo pegado a la frente. El bulto pesaba. Ella pesaba. Todo pesaba. Pero Cassidy Boone había arrastrado cadáveres por el desierto y un poco de ropa de zorra no la iba a detener.
Cruzó la cocina. Salió por la puerta trasera. El jardín era ridículo: pasto verde perfecto, rosales recortados, una pérgola blanca, la fuente del ángel de mármol y, al fondo, un área empedrada con una fogata decorativa rodeada de sillones de exterior.
Fogata decorativa.
Cassidy soltó una carcajada.
Estos ricos ponen fuego de adorno. Pues hoy va a servir para algo.
Arrastró el bulto hasta la fogata. Deshizo el nudo. La ropa se desparramó sobre las piedras como un cadáver de tela y encaje.
Miró alrededor. Junto a la fogata había una caja con cerillos largos —los recuerdos de Emilia le dijeron que se llamaban fósforos de chimenea— y unas pastillas blancas para encender fuego.
Bueno, al menos algo útil tiene esta época.
Puso tres pastillas entre la ropa. Encendió un cerillo.
La llama bailó en la punta, pequeña, naranja, viva.
Cassidy la miró un segundo. Solo uno.
Y la dejó caer.
La seda fue la primera en arder. Se retorció como un animal herido, encogiéndose, ennegreciéndose, soltando un humo oscuro que olía a químico y dinero quemado. Después siguió el encaje. Luego el algodón. Los zapatos tardaron más, pero cuando agarraron fuego soltaron un olor a plástico derretido que hizo que Cassidy arrugara la nariz.
Se sentó en uno de los sillones de exterior. Cruzó las piernas —o lo intentó, las piernas de Emilia no cruzaban fácil— y se recostó con los brazos abiertos sobre el respaldo.
El fuego creció. Las llamas lamían la ropa de Andrea con una voracidad que Cassidy encontró profundamente satisfactoria.
Uno a uno, los empleados fueron apareciendo.
El cocinero se asomó por la puerta de la cocina con los ojos como platos. La muchacha del trapo se paró detrás de él, tapándose la boca. El ayudante flaco salió al jardín y se quedó congelado a diez metros. El chofer apareció por un costado, todavía con la gorra puesta, y se detuvo en seco.
Y Dorotea. Dorotea salió última, con la mejilla todavía roja y los ojos hinchados, y cuando vio la fogata y reconoció lo que ardía, se puso blanca como la cal.
Todos miraban el fuego.
Todos miraban a Cassidy.
Cassidy miraba el fuego.
Las llamas le iluminaban la cara redonda, los ojos oscuros, la sonrisa perezosa de alguien que ha visto arder cosas mucho peores que ropa cara.
—¿Alguien quiere malvaviscos? —preguntó.
Nadie contestó.
El vestido rojo de seda se desintegró con un crujido suave, y las últimas chispas subieron al cielo del atardecer como luciérnagas borrachas.
Cassidy cerró los ojos.
Emilia, no sé dónde estés. Pero te prometo una cosa: nadie va a volver a tratarte como basura. Ni a ti, ni a este cuerpo, ni a esta vida.
Porque ahora es mía.
Y yo no soy de las que se dejan.
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖