Después de una noche entera terminando el arreglo de un traje de exhibición, Julia se fue a la cama por la madrugada. Su cabeza apenas había tocado la almohada cuando su alarma sonó, y se dió cuenta de que no estaba en su habitación, ¡y alguien se había llevado el traje que tanto se había esforzado en reparar!
Un momento... ¿Quién, en nombre de su santo internet, era esa persona en el espejo?
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13.
Andrew la había invitado a cenar.
Cuando ella le dijo que tenía intenciones de salir de compras, le pasó la hora de la reserva que hizo y le dijo que iría a buscarla si se acercaba la hora.
Se arregló, guardó las cosas que iba a necesitar más tarde en su bolso y bajó las escaleras. Le dijo al ama de llaves que no volvería a cenar, que tendría una cita con su prometido y le pidió al chófer que la llevara a dar una vuelta por el centro comercial.
El lugar era grande, había muchas personas en cada uno de los pisos y las tiendas eran variadas.
En lugar de subir a los pisos superiores, se quedó en la primera planta, sabiendo que lo que iba a buscar no estaría lejos. Pasó por las zonas dedicadas al hogar y entró en la sección decorativa y de manualidades.
Echando un vistazo a las vidrieras, encontró una tienda de telas. Siempre había querido ir a estos lugares para ver mayores variedades de materiales. Como el cosplay difícilmente cubría sus propios costos, Julia siempre había tenido que ser ahorrativa para conseguir los materiales para fabricarlos. Ni hablar de mandar a hacerlos. Julia suspiró de emoción cuando vio una tienda que tenía en exhibición disfraces bien hechos. No reconocía los personajes, pero podía ver que estaba hecho de buena calidad.
Pasó por cada una de las tiendas, comprando solo lo necesario para estilizar el que había elegido interpretar antes. No es que estuviera intentando ahorrar, pero quería comparar precios y estar segura de que era rentable comprar de estos lugares.
Se pasó varias horas por ahí, consiguiendo materiales y comprando utilidades para sacar fotos, como un aro de luz y una tarjeta de memoria para guardar los archivos. Mientras se debatía cuántos metros de luz de led de colores debía llevarse, sintió el zumbido de su teléfono.
Cuando lo tomó, vio la hora y casi maldijo.
—¿Hola?
—¿Sigues en el centro comercial? —Julia le hizo un par de señas al dependiente que estaba cortando la cantidad de luces led y le indicó cuánto quería. —¿En cuál estás?
—Sí, lo siento, estaba a punto de llamar al chófer para que me venga a buscar. —Julia le dijo en cuál centro comercial estaba y se apresuró a pagar.
Le dieron su paquete y Julia agarró las bolsas que tenía a sus pies mientras mantenía su celular junto a la oreja con su hombro.
—No hace falta, estoy yendo hacia allá. La reservación está en el cuatro piso, ¿quieres subir primero?
Julia suspiró de alivio. En realidad sería muy malo de su parte que hubiera llegado tarde en las dos citas que tuvo con el hombre. Habría quedado clavada en el pilar de la impuntualidad si volvía a ocurrir. —Está bien, subiré primero.
—Te enviaré el nombre del local, puedes decir mi nombre para que te dejen entrar.
En lugar de subir al cuarto piso, Julia llamó al chófer que ya había llegado a buscarla y le pidió que pudiera las cosas en el maletero. Cuando se aseguró de que tenía algo de tiempo, casi corrió a la zona de baños públicos.
Entró a la sección femenina y se miró al espejo mientras se lavaba las manos. Su cabello estaba un poco desacomodado, pero con un peine que sacó de su bolso volvió a acomodarlo y se veía más presentable. Revisó su ropa y su apariencia, sacando un kit de maquillaje de emergencia de su bolso y se lo retocó eficazmente.
Justo cuando sacó una botellita de perfume para aplicárselo de vuelta, la puerta del baño se abrió y entró una joven.
Ambas se miraron un momento, Julia asintió a modo de saludo y la otra la copió.
La muchacha tenía los ojos rojos y un poco de suciedad en la mejilla. En su pantalón tenía manchado de algo anaranjado a la altura de las rodillas y sorbía ligeramente por su nariz cada cierto tiempo. Julia no la miró directamente cuando se dio cuenta. En cambio, colocó un par de paquetes individuales de toallitas húmedas con olor a pepino y una pastilla de toallas comprimidas de color rosa.
Julia terminó de arreglarse y se despidió de la joven. La muchacha no respondió hasta que alcanzó la manilla de la puerta y le dio tímidamente las gracias. Julia le deseó buena suerte en voz alta y se dirigió al ascensor.
Ya en el cuarto piso, llegó al lugar que Andrew le envió y se acercó al recibidor. Era una especie de cafetería que también funcionaba como restaurante temático. Le dio el nombre de la reserva a la recepcionista y esta la llevó a una mesa privada.
Mirando a su alrededor, se dio cuenta de que era una especie de sala separada a prueba de sonidos y una máquina para cantar karaoke estaba empotrada en una de las paredes.
Julia arqueó una ceja ante la decisión tan fuera de personaje del hombre.
¡Ping! La notificación se perdió entre el ruido que hizo la máquina.
Lo apagó enseguida, lamentándose cuando tocó la pantalla de las canciones y se dió cuenta de que era táctil.
Andrew no parecía ser el tipo de hombres que fueran a un karaoke por voluntad propia. Es más, estaba segura de que ella misma tenía algo que ver. Todavía no se acostumbraba a la idea de que la gente la viera como una jovencita en lugar de la mujer adulta que había sido.
Mientras tanto, se sentó tranquila, sin moverse por miedo a arruinar algo en lo que su cita llegaba.
Andrew apareció tres minutos después, vestido con un traje sin corbata, intentando dar una apariencia más informal. Julia se paró de su asiento, sin saber cómo saludar.
Los dos se quedaron mirando como tontos un momento hasta que el camarero que llegó les sacó de su estupor, preguntando si estaban listos para ordenar. Julia se sentó, Andrew le siguió y tomó el asiento frente a ella. El camarero les entregó un iPad para ordenar, y le dijo que el resto de la noche podían seguir ordenando desde allí, que serían servidos a la brevedad.
Cuando se fue, Andrew lo tomó y eligió un par de platos, luego se lo entregó a Julia y ella también ordenó. Cuando llegó a la sección de bebidas alcohólicas dudó, no sabía la resistencia que tenía este cuerpo, no se atrevía a beber demasiado y terminar causando un escándalo. Además, Andrew no había elegido nada, así que no quería ser la única bebiendo.
Cuando levantó la vista para preguntarle, sus miradas se encontraron directamente.
Ella apartó la vista primero y le tendió el iPad: —¿vas a elegir algo de esto o entregamos la orden ya?