Dentro de nosotros hay una batalla entre dos fuerzas. Unos le llaman el bien contra el mal. Otros en cambio le llaman destino. Pero para Saulo Di Ángelo de Abner esa eterna contienda estaba en las páginas gastadas de un antiguo libro. De pronto sentía el peso de todos sus ancestros a sus espaldas. Pedían sin voz que escuchará y estuviera quieto porque era el resultado del amor de miles antes que él.
¿Podrá cambiar lo que está escrito? ¿Quién triunfará en su alma? El bien, el mal... Acompañame en esta nueva obra y descubrirás si el destino puede torcerse.
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La pesadilla de Saulito
Camila se despertó asustada. Algo era diferente esa noche. Estaba muy oscuro. Las siluetas de los muebles en la habitación se difuminaban confusas y distorsionadas. Eso era normal claro, pero había otra cosa que no alcanzaba a precisar. Algo que volvía inquietante el lugar. Entonces cayó en la cuenta. Se percató de golpe. Reconocería esa melodía en cualquier parte del mundo. Incrédula se pellizcó para comprobar si estaba despierta. Le dolió. Así que no era su sueño. La música seguía fluyendo aterradoramente hermosa igual que la primera vez que la escuchó.
¿Cómo podía estar oyendo esa melodía? Era absurdo, demencial. Ella había guardado la caja en el fondo del baúl de la ropa de invierno. Ese que no utilizaba. Recuerda claramente haber colocado todo el peso de las prendas encima del objeto. Por eso no comprendía cómo era que la caja se había abierto en el fondo del baúl con tanto peso que la aplastaba. La música se acabó súbitamente, como mismo había empezado. Como aquella vez, cuando era niña. Aterrada prendió una vela🕯️. Observó la cama. Saulito no estaba. Se preocupó. ¿Estaría sonámbulo por ahí? Tenía que darse prisa y encontrarlo o podría hacerse daño.
Se bajó de la cama. Entonces lo vio. Suspiró de alivio. El niño estaba de pie frente a la mesa de té con la cabeza gacha. Parecía que se había dormido de pie. Fue hacia él. Ya si tío Gabriel le había explicado que no debía llamarlo por su nombre. Lo mejor era tomarlo de la mano y llevarlo nuevamente a la cama. Cogió la palmatoria encendida en una mano y avanzó hacía él. Cuando solo le quedaba unos pocos pasos para llegar se dio cuenta que Saulo no estaba dormido de pie. Estaba despierto. Simplemente miraba concentrado algo en la mesa.
Para su horror vio como cerraba la tapa de la caja musical y volvía a abrirla. La melodía inundó nuevamente cada rincón. Esta vez sonaba a peligro y desesperación funesta, pero seguía siendo innegablemente hermosa. Saulito alzó la cabeza y la miró fijamente, helándole la sangre en las venas. La luz de la vela le iluminó el rostro. Estaba serio y sus ojos tenían un deslumbrante color dorado. Por un instante fue él y ella mirándose con la melodía de fondo y el hada bailarina girando entre los dos. Saulito no hablaba solo miraba, era desconcertante. Esta vez no había sonrisas perversas, solo una calma aterradora.
Lo peor vino después. Cuando la música cesó nuevamente. En ese momento el chico levantó despacio el brazo derecho, recto hacia el frente y señalaba con la mano. Un punto más allá de ella. Parecía una estatua. Camila reprimió su impulso de gritar y salir corriendo. Lejos de eso fue y se le colocó detrás. Siguió con la vista la dirección que indicaba. Otra vez Saulo parecía observar algo que ella no alcanzaba a distinguir en la cabecera de la cama. Miró hacia su primo y se sobresaltó, pues aunque continuaba apuntando con la mano su cabeza se había girado hacia ella y la observaba. Involuntariamente retrocedió un paso y aquellos labios soplaron la vela.
La oscuridad fue absoluta y Camila gritó con toda la fuerza de sus pulmones. Fue un grito tan profundo que atravesó varios pasillos y puertas. Cuando los guardias llegaron alarmados. Se encontraron a Camila desvanecida en el suelo. A su lado estaba una palmatoria apagada. El Príncipe heredero dormía apaciblemente en la cama. Se hizo traer al Doctor de inmediato. Camila volvió en sí. Lo primero que miró fue hacia la mesa de té. Allí no estaba la caja de música. ¿Habría sido un sueño? Entonces recordó.
- ¿Y Saulito?
- El pequeño Príncipe duerme como un angelito. Su sueño es muy profundo, pues no se despertó con el grito de usted.- contestó uno de los soldados.
Camila miró hacia la cama en efecto Saulito parecía dormir. ¿Se lo habría imaginado todo? ¿Se estaría volviendo sonámbula igual que el chico? No sabía qué pensar. Esa noche dejó encendidas más de cinco velas por toda la habitación. Un millón de dudas la asaltaban. Ya estaba sola. Todos se habían ido. A pesar de que le dieron una tizana que daba sueño, no podía dormir. Estaba muy alterada. Sus sentidos estaban agudizados al máximo. Poco a poco se fue relajando y comenzaba a vencerla el sueño. Parpadeaba e intentaba permanecer despierta. No quería dormirse bajo ningún concepto. Sentía que algo siniestro acechaba y podía atacar en cualquier momento.
Y se quedó dormida. Claro está. Se despertó por el llanto. Alguien se quejaba lastimeramente. Abrió los ojos y se asustó. ¿En qué instante se durmió? Otro sollozo se escuchó. A su lado Saulito parecía debatirse con algo entre sueños. Estaba diciendo algo bajito. Acercó su oído para escuchar. El niño repetía una y otra vez.
- Aleartadlarmsealeartadlaremseal. - luego se callaba y decía. -Latropledevallallatropledevallal.- esto se repetía como un mantra.
Camila buscó en qué escribir y copió aquella cacofonía de sonidos sin sentido. Saulito ahora estaba más ajitado. Comenzaba a mover manos y piernas en una pantomima absurda. Parecía que estaba corriendo. Ella no se atrevía a tocarlo. Temía enfrentarse a los terribles ojos dorados. Se sentía dividida. Saulito parecía estar sufriendo. De pronto se sentó en la cama y la miró con sus ojos muy abiertos. Camila suspiró aliviada eran violetas. Empezaba a amar ese color. No obstante, su primo habló claro esta vez.
- No lo abras. Eso es lo que quiere. Nadie estará a salvo. - y después se desplomó y ya no se movió más. Ahora dormía tranquilamente, pero Camila estaba muerta de miedo. Tanto así que ya no pudo volver a dormir. Había tomado una decisión. Aceptaría la oferta de Lucía y Kai. Se iría al marquesado de Santa Cruz con ellos. En estos momentos sentía pena por Saulito, pero el chico era demasiado aterrador para su gusto y ella no podía con esto y si lo contaba seguro nadie le creería. La superaba. Se levantó decidida de la cama con el papel en la mano decidida a entender ese galimatías. Parecía algún idioma extraño. Con resolución añadió dos velas más a las ya encendidas y se encaminó a la mesa de té, pensando en la extraña noche que estaba teniendo.
Primero se volvió sonámbula como Saulito y además tuvo una pesadilla horrible. Asustó a medio palacio y ahora para colmo el de la pesadilla era su primo. Todo estaba tan loco. Bueno, como no pensaba dormir más se concentraría en ver qué era lo que escribió. Se había sentado cómodamente en el sofá frente a la mesa de té cuando vio algo caído en el piso. Desde su posición no podía ver bien lo que era y por eso se paró y se dobló para ver de qué se trataba. Se quedó consternada. Allí caída como por accidente estaba la caja de música. Estaba abierta, pero su mecanismo no reiniciaría a no ser que se cerrará y se volviera a abrir. Ella sabía eso bien.
Pero esta no era la cuestión. El problema radicaba en que si la caja musical estaba aquí entonces todo lo otro fue real. Eso significaba que no fue una pesadilla y si no fue una pesadilla entonces... Se paró precipitadamente y miró hacia la cama. Saulito estaba sentado y sus ojos eran dorados. La miraba burlón y luego sonrió. Camila se olvidó de todo. Esta vez no gritó. Salió corriendo de esa habitación del horror como le empezó a llamar en su mente. A esa hora el palacio parecía desierto. No encontraba ni siquiera a los guardias. Corrió tanto y tan lejos como pudo. Después se escondió en una especie de torre. Cerró muy bien por dentro. Y permaneció acurrucada hasta que sintió que su corazón comenzaba a calmarse.
El amanecer del día la encontró dormida en el piso de aquel lugar. La luz se filtraba por las altas ventanas esparciendo su calidez de forma tímida. Camila se desperezó. No quería regresar a su habitación. Una porque en su precipitada huida nocturna salió en ropa de dormir y su tío le había prohibido pasearse así por el Palacio y la otra cosa por la que no quería volver, era por el miedo que había pasado, pues ahora tenía la certeza de que no imaginó, ni soñó nada. Todo había sido real. Aterradoramente real. Esa habitación estaba maldita y dentro de Saulito había algo horrible que quería tomar el control y de alguna forma sentía que se conectaba con ella. No podía quedarse en el Palacio.
Pondría tierra de por medio que es lo que siempre hacía. Miró a su alrededor. Este era un lugar muy curioso. Había un montón de cosas. Se puso de pie y curioseó por aquí y por allá. Encontró una capa y se la tiró por encima. Esto serviría para regresar. Era mejor que se pusiera en marcha antes de que mucha gente estuviera despierta. No quería hacer enfadar a su tío Saulo por desobedecerlo con lo de la ropa. Además hoy tenía que lograr tres cosas importantes. Una buscaría la esmeralda. Dos convencería a su tío de que la dejara ir al Marquesado Santa Cruz con Lucía y por último iba a revisar minuciosamente la cabecera de su cama y la pared detrás de esta, pues era la segunda vez que la cosa dentro de Saulito le indicaba ese lugar específico.
La caja de música era otro enigma que tendría que resolver. Estaba casi segura que fue extraída por su primo en trance, pero copiaría las notas musicales que se encontraban grabadas en la tapa por dentro y haría que Kai las analizará. Con todos estos propósitos en la cabeza se escabulló hacía su habitación. Tuvo que esconderse un par de veces, pero logró llegar sin que descubrieran que había abandonado la misma. Saulito dormía como un bebé. Sin embargo, notó que la caja musical estaba ahora sobre la mesa perfectamente cerrada, pero ahora que el sol comenzaba a salir no parecía peligrosa. Para disimular dobló la capa y se metió a la cama, lo más lejos posible del niño. El cansancio y la fatiga la alcanzaron al fin y no tuvo que fingir estar durmiendo, pues se quedó rendida casi de inmediato. A su lado Saulito giró su cara en la almohada y contempló a su prima mientras dormía por el agotamiento con unos ojos totalmente dorados.