Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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El almuerzo
El restaurante era discreto, caro y silencioso. Exactamente el tipo de lugar donde las palabras se cuidaban tanto como los cubiertos.
Isabella ya estaba sentada cuando llegué.
Vestía claro, impecable, con el cabello recogido y una sonrisa tranquila que no engañaba a nadie que supiera mirar. Frente a ella, una copa de agua intacta. Control hasta en los detalles.
—Emilia —dijo al verme—. Gracias por venir.
—Gracias por la invitación —respondí, tomando asiento frente a ella.
Nos observamos durante un segundo largo, midiendo fuerzas. Dos mujeres sentadas a la mesa, fingiendo cordialidad, sabiendo que ninguna había venido a comer.
—¿Te sientes cómoda en la ciudad? —preguntó, como si habláramos del clima.
—Lo suficiente —respondí—. Me gusta moverme sin llamar la atención.
Sus labios se curvaron apenas.
—Eso no siempre es posible —dijo—. Hay personas que destacan aunque no lo intenten.
El mesero llegó. Pedimos. Isabella eligió rápido, segura. Yo hice lo mismo. No quería darle el gusto de verme dudar.
—Adrián parece apreciarte —continuó, cruzando las manos sobre la mesa—. No suele hacerlo.
—No sabía que lo conocieras tan bien.
—Lo conozco desde hace años —respondió—. Fue parte de la familia.
La palabra familia volvió a tensar el ambiente.
—Valeria también lo apreciaba —añadió, observándome con atención—. Mucho.
Le sostuve la mirada sin parpadear.
—No la conocí —dije—. Pero por lo que he oído, debía ser una mujer intensa.
Isabella soltó una risa suave.
—Lo era. Demasiado. Tenía la costumbre de creer que podía cambiar cosas que estaban establecidas.
—Algunas cosas merecen cambiarse —respondí.
Silencio.
Ahí estaba la primera grieta visible.
—Cuidado —dijo ella al fin—. Ese tipo de pensamiento suele traer consecuencias.
—Lo sé —respondí—. Aun así, hay riesgos que vale la pena correr.
Nuestros platos llegaron, pero ninguna tocó la comida de inmediato.
—Dime algo, Emilia —dijo Isabella, inclinándose apenas hacia adelante—. ¿Nunca has tenido la sensación de que alguien observa tu vida… desde muy cerca?
Mi pulso se aceleró, pero no bajé la guardia.
—Solo cuando alguien intenta intimidar —respondí—. No suele funcionar.
Isabella me estudió durante unos segundos que parecieron eternos.
—Eres más interesante de lo que pensé —admitió—. Por eso quería conocerte mejor.
—¿Y ahora que lo haces?
—Ahora quiero saber hasta dónde piensas llegar.
Sonreí. No una sonrisa dulce. Una tranquila.
—Tan lejos como sea necesario.
Por primera vez, Isabella apartó la mirada.
Mientras tanto, Adrián estaba sentado frente a su computadora, rodeado de papeles y fotografías. El informe del accidente estaba abierto en la pantalla, lleno de marcas, notas, inconsistencias.
—No puede ser coincidencia —murmuró.
Había encontrado un nombre repetido en varios documentos secundarios. Una clínica privada. Un traslado no autorizado. Y un detalle que lo dejó sin aire: una firma falsificada.
—Valeria… —susurró.
Tomó el teléfono, dudó un segundo… y escribió.
Adrián: ¿Te gustaría tomar algo hoy?
De vuelta en el restaurante, Isabella dejó la servilleta sobre la mesa.
—Solo quería dejar algo claro —dijo—. En mi familia, cuidamos lo que es nuestro.
La miré con calma.
—Yo también —respondí—. Aunque a veces, lo que creemos nuestro… nunca lo fue.
Isabella se levantó.
—Fue un gusto, Emilia.
—Igualmente.
Cuando se fue, solté el aire que llevaba conteniendo desde que me senté.
El teléfono vibró.
Era Adrián.
Lo leí una vez. Luego otra.
El almuerzo había terminado, pero la partida apenas empezaba.
Isabella había mostrado sus cartas.
Adrián estaba cada vez más cerca.
Y yo me encontraba justo en medio, sosteniendo una verdad que ya empezaba a exigir salir a la luz.
Guardé el teléfono en el bolso y me levanté.
Porque había aceptado volver.
Y volver significaba enfrentar lo que había dejado atrás…
incluso si eso me rompía otra vez.