Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.
La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.
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capitulo 7
La atmósfera en el salón principal se había vuelto intolerable. Las risas ensayadas, los brindis con copas de cristal de Bohemia y los flashes de los fotógrafos se clavaban en las sienes de Estefanía como agujas de hielo. José conversaba a unos metros con un grupo de accionistas, manteniendo una postura erguida y una sonrisa aristocrática que camuflaba su constante necesidad de control. Aunque parecía inmerso en la charla empresarial, su mano libre rozaba sutilmente de vez en cuando la cadera de Estefanía, un recordatorio físico e ininterrumpido de que no debía alejarse de su campo de gravedad.
Aprovechando un breve instante en que un importante ministro desvió toda la atención de José con una pregunta de finanzas, ella dio dos pasos hacia atrás. El movimiento fue sigiloso, casi imperceptible. Se deslizó entre los invitados como una sombra de seda negra, esquivando las miradas ajenas hasta alcanzar los pesados cortinajes de terciopelo que daban acceso al gran balcón de piedra.
Al cruzar el umbral, el aire frío de la noche de la costa la recibió como un bálsamo. Estefanía apoyó las manos en la barandilla de mármol y cerró los ojos, inhalando profundamente. El corsé de su vestido la oprimía, y el collar de oro pulido en su cuello se sentía tan helado como un grillete. Necesitaba un minuto de silencio, un segundo en el que su mente no tuviera que procesar la perfecta mentira en la que José la había confinado.
Un crujido suave sobre las hojas secas del jardín inferior la hizo abrir los ojos, pero antes de que pudiera asomarse, una sombra alta bloqueó la luz del salón que se proyectaba sobre el balcón.
Estefanía se giró rápidamente, con el corazón dándole un vuelco de pánico. Frente a ella, recortado por la penumbra de la noche, estaba el hombre de su sueño. No llevaba esmoquin ni ropas de etiqueta. Su chaqueta de cuero oscuro contrastaba con la opulencia de la gala, y sus facciones afiladas estaban marcadas por una tensión profunda, casi dolorosa.
Sus ojos claros, brillantes bajo la luz de la luna, la escudriñaban con una fijeza febril, como si estuviera contemplando a un fantasma que había regresado del fondo del mar.
Ella se quedó sin aliento. El aroma a lluvia y madera —ese aroma terrenal y limpio que había estado persiguiendo en sus pesadillas.
— inundó sus sentidos de inmediato, anulando por completo el denso perfume a sándalo de José que impregnaba el saco sobre sus hombros.
El hombre no pronunció una sola palabra. Dio un paso decisivo hacia ella, acortando la distancia con una urgencia que no entendía de protocolos ni de miedos. Estefanía intentó retroceder, pero su espalda chocó contra la dureza de la barandilla de piedra.
Entonces, él extendió la mano y la tomó del brazo.
Fue un contacto directo, la piel caliente de los dedos de él cerrándose con firmeza sobre la suavidad de su brazo desnudo, justo por encima del guante de seda. En ese milisegundo, una descarga eléctrica brutal y descontrolada recorrió el cuerpo de Estefanía. No fue una metáfora; fue una sacudida física, un calor abrasador que subió por su brazo, atravesó su pecho y estalló directamente en su cerebro fracturado, haciéndola jadear de sorpresa.
El impacto de esa corriente desató un torbellino en su mente apagada. El cristal de su amnesia se agrietó con un sonido ensordecedor y, a través de la fisura, un recuerdo auditivo nítido y luminoso emergió de la oscuridad.
No fue una imagen, ni un nombre, ni una fecha. Fue un sonido. El eco de su propia risa. Una risa libre, ruidosa, desbordante de una felicidad genuina que jamás había experimentado dentro de la mansión de mármol. Se escuchó a sí misma reír bajo una lluvia torrencial, con el agua empapándole el rostro, mientras este mismo hombre la sostenía por la cintura y la hacía girar en el aire sobre un asfalto húmedo. Era una risa que sonaba a verdad, a pertenencia, a una vida donde no existían las jaulas de oro ni los papeles ensayados.
Estefanía abrió los ojos de par en par, con las lágrimas agolpándose en sus párpados por la intensidad de la revelación. Su cuerpo temblaba bajo la presión de los dedos del desconocido, pero ya no era por miedo; era por la abrumadora certeza de que su carne reconocía a ese hombre mucho antes de que su mente pudiera ponerle un nombre.
—Tú… —susurró ella, y su voz sonó áspera, despojada de la sumisión que José le exigía—. Esa risa… yo te conozco.
El hombre apretó un poco más el agarre, y un destello de dolor y deseo salvaje cruzó sus ojos claros. Se inclinó hacia ella, envolviéndola en su calor y en su aroma a tormenta, borrando el resto del universo con su sola presencia física. La sensualidad del encuentro era cruda, peligrosa y magnética; el choque de dos almas que se reclamaban a través de la piel en medio de un imperio edificado sobre la mentira.