ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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LO QUE ESCONDES DE MÍ
Leí el mensaje una vez.
Después otra.
Y una tercera, esperando que las palabras cambiaran.
«Pregúntale a tu novio qué hizo con el cuerpo de tu madre».
Levanté la mirada hacia Sebastián.
Él parecía haberse quedado sin sangre en el rostro.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
—Valentina…
—No. No empieces con eso. No me digas que no es lo que parece, porque estoy cansada de que todos decidan qué verdades puedo soportar.
Sebastián dejó el teléfono sobre la mesa.
—No sé quién envió ese mensaje.
—Pero sabes algo sobre el cuerpo de tu madre, ¿verdad?
Sus ojos se cerraron por un instante.
Y ese pequeño gesto fue suficiente para que sintiera un frío insoportable en el pecho.
—Sebastián, mírame.
Lo hizo.
—¿Qué pasó con tu madre?
Tardó tanto en responder que empecé a temer lo peor.
—Mi madre murió cuando yo tenía dieciséis años. Eso ya lo sabes.
—Sé que me contaste que murió. Pero ahora hay alguien insinuando que su cuerpo desapareció y que tú tienes algo que ver.
—Porque alguien quiere que desconfíes de mí.
—¡Entonces dame una razón para no hacerlo!
Mi voz se quebró.
Sebastián se acercó, pero levanté una mano para detenerlo.
—No me toques. Solo dime la verdad.
Él bajó la cabeza.
—La noche en que mi padre desapareció, yo encontré a mi madre en el sótano de la antigua casa.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿Muerta?
—Sí.
La palabra cayó entre nosotros como una piedra.
—¿Qué hiciste?
Sebastián respiró profundamente.
—Llamé a mi padre. Cuando llegó, me pidió que saliera de la habitación. Había sangre en el suelo, una ventana rota y un arma junto a su cuerpo. Yo estaba en shock. No podía pensar con claridad.
—¿Y después?
—Después apareció Mateo. Mi padre discutió con él y me ordenó que me fuera. Cuando regresé unas horas más tarde, mi madre ya no estaba allí.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Cómo que no estaba?
—Su cuerpo había desaparecido.
Lo miré, incapaz de comprender.
—¿Y nunca denunciaste eso?
—Mi padre me dijo que ya se había encargado de todo. Me aseguró que había personas investigando su muerte y que, si hablaba, pondría en peligro a toda la familia.
—¿Y le creíste?
—Tenía dieciséis años, Valentina. Mi madre acababa de morir y mi padre era la única persona que me quedaba.
Su voz se volvió más baja.
—Durante años pensé que la habían enterrado en secreto. Después descubrí que no existía ningún registro de su entierro. Ni siquiera había un certificado que explicara dónde estaba su cuerpo.
Me aparté un paso.
No porque creyera que Sebastián había matado a su madre, sino porque comprendí que aquella historia era mucho más oscura de lo que imaginaba.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
Él me miró con desesperación.
—Porque me avergonzaba. Porque no sabía qué había pasado realmente. Y porque cada vez que intentaba recordar aquella noche, terminaba escuchando la voz de mi padre diciéndome que todo era culpa mía.
Se le humedecieron los ojos.
—No quería que me miraras como si fuera un monstruo.
Sentí que la rabia comenzaba a mezclarse con la tristeza.
—¿Sabes qué es lo peor, Sebastián? Que yo podría soportar que tu pasado fuera terrible. Lo que no puedo soportar es que me dejes fuera de tu vida mientras pretendes protegerme.
Él asintió lentamente.
—Tienes razón.
No esperaba que lo admitiera tan fácilmente.
—No voy a pedirte que me perdones ahora —continuó—. Pero quiero que sepas algo: jamás le haría daño a tu madre. Ni a ti. Y nunca he tocado el cuerpo de la mía desde que desapareció aquella noche.
Lo observé durante unos segundos.
Quería creerle.
Dios, cómo quería creerle.
Pero aquella historia estaba llena de hombres que decían proteger a sus familias mientras les ocultaban la verdad.
—Necesito pensar —susurré.
Sebastián apretó los labios.
—Está bien.
Se apartó de mí y fue hacia la ventana.
Y, por primera vez desde que lo conocía, fui yo quien sintió miedo de perderlo.
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No conseguí dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la fotografía que nos habían enviado y recordaba la expresión de Sebastián al leer el mensaje.
A las seis de la mañana, me levanté y encontré una nota sobre la mesa de la cocina.
Fui a comprobar si la casa es segura. No salgas hasta que regrese. Te prometo que voy a contártelo todo.
Debajo había escrito su número de teléfono.
Suspiré.
Sebastián podía ser desesperante incluso cuando intentaba hacer las cosas bien.
Mi móvil vibró.
Era Alejandro Ferrer.
Alejandro: Necesito verte. Es sobre la madre de Sebastián.
Miré hacia la puerta.
No debía salir. Sebastián me lo había pedido expresamente.
Pero Alejandro decía tener información que podía cambiarlo todo.
Yo: ¿Qué sabes?
La respuesta llegó inmediatamente.
Alejandro: Encontraron algo en el antiguo circuito. Algo que Sebastián nunca debería haber visto.
Se me helaron las manos.
Yo: ¿Qué encontraron?
Alejandro: Un registro de una ambulancia de aquella noche. La mujer que trasladaron no fue declarada muerta en el lugar. Alguien firmó su ingreso con otro nombre.
Me quedé mirando la pantalla.
¿Y si la madre de Sebastián no había muerto aquella noche?
¿Y si todo lo que él recordaba era una mentira construida por su padre?
Yo: ¿Dónde estás?
Alejandro: En la entrada del circuito. Ven sola. No le digas nada a Sebastián todavía.
Dudé.
Recordé la advertencia que me había enviado el desconocido. Recordé también las palabras de Sebastián: No voy a hacerte elegir entre tu familia y yo.
Pero si existía una posibilidad de encontrar a su madre, no podía ignorarla.
Me puse una chaqueta, guardé el teléfono y salí por la puerta trasera.
No iba a hacerlo por desconfianza.
Iba a hacerlo porque necesitaba respuestas.
Eso fue lo que me repetí durante todo el trayecto.
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El circuito abandonado parecía todavía más siniestro bajo la luz gris de la mañana.
Encontré a Alejandro junto a una verja oxidada. Llevaba una carpeta bajo el brazo y tenía una expresión que no le había visto nunca.
—Gracias por venir —dijo.
—Habla. ¿Qué encontraste?
Abrió la carpeta.
Dentro había una copia de un documento médico, una fotografía borrosa de una mujer y una hoja con varios nombres escritos a mano.
Reconocí inmediatamente el nombre de Sebastián.
Debajo aparecía el de Alejandro Montenegro.
Y, al final, el de mi madre.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
Alejandro señaló el documento.
—La noche en que desapareció la madre de Sebastián, una mujer fue trasladada a una clínica privada. La entrada está registrada con un nombre falso, pero la descripción coincide con ella.
—¿Está viva?
—No lo sé. La clínica cerró hace años y los archivos originales desaparecieron.
—¿Entonces por qué me has hecho venir?
Alejandro me miró a los ojos.
—Porque hay algo más. La persona que pagó aquella ambulancia fue tu padre.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi padre?
—Sí. Y no fue la única vez que aparece su nombre. Hay registros de pagos a Mateo, a la clínica y a una empresa de seguridad que trabajaba para los Montenegro.
Me apoyé en la verja.
Mi padre no solo podía estar vivo. También parecía haber estado involucrado en cada uno de los secretos que amenazaban con destruirnos.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
Alejandro bajó la mirada.
—Porque tenía miedo de lo que pudieras descubrir.
—Estoy empezando a odiar esa frase.
Él esbozó una sonrisa triste.
—Lo sé.
Por un momento, su expresión se suavizó.
—Valentina, sé que estás enamorada de Sebastián. No voy a fingir que eso no me duele. Pero no quiero que te pase nada.
Su sinceridad me desarmó.
Alejandro siempre había sido amable conmigo. Me había hecho reír cuando todo parecía derrumbarse y, en más de una ocasión, había sentido que con él la vida sería mucho más sencilla.
Pero mi corazón se aceleraba por un hombre que convertía cada día en una batalla.
—No quiero hacerte daño —le dije.
—No tienes que disculparte por lo que sientes.
Me tomó la mano con delicadeza.
—Solo prométeme que, cuando descubras la verdad, no permitirás que Sebastián decida por ti.
Antes de que pudiera responder, escuchamos el rugido de un motor.
Un deportivo negro se detuvo al otro lado de la verja.
Sebastián salió del automóvil.
Su mirada pasó de Alejandro a mí. Después bajó hasta nuestras manos entrelazadas.
Y algo en su expresión se rompió.
—¿Qué demonios haces aquí, Valentina?
Solté la mano de Alejandro.
—Puedo explicarlo.
—¿De verdad? Porque te dejé una nota pidiéndote que no salieras de la casa y te encuentro aquí con él.
—Alejandro tenía información sobre tu madre.
Sebastián miró la carpeta.
—¿Qué información?
Alejandro se interpuso.
—Algo que tú deberías haber sabido hace años.
—No te metas en esto.
—Llevo metido en esto desde antes de que tú supieras que existía.
Sebastián avanzó hacia él.
—Si tienes algo que decir, dilo de una vez.
Alejandro le entregó el documento.
Sebastián lo leyó una vez. Después volvió a leerlo, más despacio.
Su rostro perdió el color al llegar a la última línea.
—No puede ser…
Me acerqué.
—¿Qué ocurre?
Sebastián levantó la mirada hacia mí.
En sus ojos había una mezcla de incredulidad y terror.
—Este documento tiene la firma de mi padre.
—¿Y qué significa?
Me mostró la hoja.
En el apartado de observaciones aparecía una frase escrita a mano:
«La paciente no debe ser informada de que su hijo cree que está muerta».
Sentí que el mundo se detenía.
—Sebastián…
Él retrocedió un paso.
—Mi madre podría estar viva.
Antes de que pudiéramos asimilarlo, un altavoz instalado en la torre de control crepitó.
Una voz femenina surgió de entre las interferencias.
—Sebastián, si puedes escucharme, no confíes en Alejandro Montenegro.
Él levantó la cabeza de golpe.
La voz volvió a sonar, esta vez más clara.
—Hijo, perdóname por haberte dejado creer que estaba muerta.
Sebastián se quedó inmóvil.
Yo le tomé la mano.
Y entonces la voz pronunció las palabras que nos dejaron sin aliento.
—Pero, por favor, no intentes encontrarme. Porque si descubres quién me hizo desaparecer… tendrás que elegir entre salvarme a mí o salvar a Valentina.