De día, Valeria Vidal y Dante De Rossi son los titanes más implacables de la arquitectura europea: una batalla campal de titanio contra hormigón donde cada licitación se disputa como un duelo a muerte. De noche, despojados de sus armaduras corporativas, son «TintaBlanca» y «PlanoCero», dos almas insomnes que se desahogan y se enamoran a ciegas a través de una plataforma anónima, sin sospechar que su confidente ideal es su peor pesadilla diurna.
Mientras sus socios montan un palco cómico cada fin de semana para verlos batirse en ridículas apuestas —desde carreras en bicicleta de paseo hasta guerras de karaoke—, sus padres deciden intervenir. Enemigos frente a la prensa pero compinches de toda la vida en privado, los patriarcas urden una trampa maestra: un falso matrimonio corporativo por contrato con amenaza de intercambio de mando. Obligados a convivir bajo el mismo techo entre desplantes, planos cruzados y un ataque de celos incontrolable, Valeria y Dante descubrirán que la estructura
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Capítulo 9: Tempestad en aguas de Como
El muelle privado de la Villa d'Este parecía una estampa de la dolce vita: cipreses centenarios recortándose contra las laderas escarpadas, el agua del lago de Como teñida de un verde esmeralda translúcido y la brisa templada agitando las copas de los laureles.
Valeria Vidal descendió por la escalinata de piedra con la elegancia de una estrella del cine clásico. Llevaba unos pantalones palazzo de lino marfil, un top sin mangas de seda terracota que resaltaba el dorado de sus hombros y un pañuelo de seda de Hermès anudado sobre su melena castaña, rematado con gafas de sol oscuras de montura ancha. Llevaba su carpeta de planos bajo el brazo, pero el aire del mediodía le había devuelto ese porte ligero y desafiante de quien sabe que domina el tablero.
Al pie del embarcadero, Jean-Paul Laurent la aguardaba con una cubitera de plata con champán y una sonrisa que pretendía ser irresistible. El francés vestía una camisa de rayas azules, mocasines sin calcetines y un blazer claro que le daba el aire de un millonario en temporada de regatas.
—Chérie... —ronroneó Jean-Paul, extendiendo una mano para ayudarla a descender al pantalón de madera flotante—. La belleza de este lago palidece en comparación con tu silueta hoy. He fletado una Riva Aquarama clásica de madera de caoba del sesenta y cuatro. El capitán tiene orden de llevarnos a la cala de Bellagio para almorzar mientras revisamos tus planos flotantes en la más estricta intimidad.
Valeria le dedicó una sonrisa comedida, dispuesta a tenderle la mano para subir a bordo de la joya náutica:
—Muy considerado, Jean-Paul. Los estudios batimétricos de la orilla requieren...
El rugido cavernoso de un motor V8 marino de cuatrocientos caballos de fuerza estalló bajo la cubierta de caoba de la lancha, cortándole las palabras y haciendo temblar los tablones del muelle.
El piloto de la embarcación se levantó despacio del asiento de cuero crema del timón.
Llevaba un polo azul marino ajustado que delineaba la anchura demoledora de su espalda, bermudas náuticas oscuras, náuticos desgastados y unas gafas de aviador de espejo plateado que reflejaban el brillo del sol sobre el agua. Con una toalla de algodón al cuello y una gorra con el ancla de la marina mercante en la mano, Dante De Rossi se quitó las gafas con una lentitud exasperante, clavando sus ojos azules en el francés.
—Buenos días, pasajeros —soltó Dante con un barítono tan seco que pareció una orden militar—. El patrón habitual de la Riva tuvo una indisposición estomacal repentina tras beber un expreso doble que le ofrecí en el bar del club. Afortunadamente, cuento con licencia de patrón de yate de alta competición y certificación naval del Politécnico. Suban a bordo si quieren llegar a Bellagio antes del anochecer.
Jean-Paul se quedó petrificado en el muelle, con la copa vacía suspendida en el aire y la indignación tiñéndole las orejas de rojo:
—¡Esto es inaceptable! ¡De Rossi! ¡Usted es el director ejecutivo de una firma internacional, no un barquero de alquiler! ¡Exijo que baje de esa nave inmediatamente!
Dante ni pestañeó. Se apoyó con indolencia contra el parabrisas cromado de la Riva, cruzó los brazos mostrando los antebrazos tostados por el sol y enarcó una ceja con insolencia pura:
—Según el código de navegación de Lombardía, señor Laurent, ninguna embarcación civil puede fondear a menos de cien metros de una prospección geotécnica sin un perito habilitado al timón. Y como la señora Vidal y yo compartimos la titularidad de la solicitud de obra ante la provincia... o navegan conmigo, o su inspección técnica se queda en tierra comiendo pistachos en el muelle.
Valeria tuvo que morderse la parte interna de la mejilla para no soltar una carcajada que se escuchara hasta Milán.
El gran titán del cristal negro, el hombre que no pisaba una obra sin un séquito de calculistas, se había tomado la molestia de conducir cuarenta kilómetros a toda velocidad, sobornar o intoxicar al patrón del barco y enfundarse un polo náutico solo para impedir que ella se quedara a solas con el diplomático de París.
Los celos de Dante De Rossi eran un monumento al disparate corporativo.
—Me parece una precaución sumamente prudente, Jean-Paul —intervino Valeria con una inocencia cristalina, pisando la cubierta de madera barnizada con la agilidad de una gata antes de que el francés pudiera protestar—. La seguridad ante todo. Y mi socio... tiene una vasta experiencia sorteando obstáculos.
Dante le ofreció la mano para ayudarla a pasar al solárium de popa. Cuando los dedos de Valeria rozaron la palma caliente de él, Dante apretó el agarre un segundo más de lo necesario, tirando de ella hacia su costado con un movimiento seco que hizo que sus pechos chocaran por una fracción de segundo.
—Cuidado con los tacones sobre la caoba, esposa mía —le susurró él al oído, con un aliento cálido que olía a menta y café amargo—. No querría que pierdas el equilibrio antes de que empiece el oleaje.
Jean-Paul subió a regañadientes al barco, acomodándose en los asientos de proa con cara de haber masticado un limón entero.
A quinientos metros de allí, en la terraza superior del hotel de la villa, Bianca y Enzo disfrutaban de dos copas gigantes de Aperol Spritz con unos prismáticos militares apoyados sobre la mesa de mimbre.
—¡Le quitó el barco! —gritó Enzo, ahogándose con una aceituna mientras golpeaba el reposabrazos—. ¡El imbécil de Dante se metió de timonel! ¡Esto va directo al archivo histórico de la empresa!
—Te dije que no iba a permitir que el francés la tocara —repuso Bianca con orgullo, tachando una casilla en su libreta de tapa dura—. Ahora prepárate, Enzo. Conozco a Valeria. Va a usar cada minuto de este viaje para torturar a Dante hasta que el motor de esa lancha reviente por sobrecalentamiento.
La travesía sobre el lago de Como no fue un idilio romántico; fue una sesión de tortura hidrodinámica de alta gama.
Apenas dejaron atrás la ensenada de Cernobbio y enfilaron hacia aguas abiertas, Jean-Paul intentó sentarse al lado de Valeria en la banqueta acolchada de cuero blanco, abriendo la carpeta de planos con ademanes seductores:
—Como decía, Valeria... la idea de unas plataformas circulares inspiradas en los nenúfares de Monet aportaría una poesía visual que la Unión Europea financiaría con entusiasmo. Tu trazo orgánico tiene una sensualidad que...
¡BRRRRROOOOM!
Dante empujó la palanca de gases de doble cuerpo hacia adelante sin previo aviso.
Los cuatrocientos caballos de fuerza rugieron con furia salvaje. La popa de la Riva se hundió en el agua y la proa se elevó cinco metros en el aire en un arrancón brutal que arrojó a Jean-Paul de espaldas contra la hielera de plata, desparramando las botellas de champán y haciéndole perder las gafas de carey entre los cojines.
—¡De Rossi, por el amor de Dios! —gritó el francés, aferrándose al pasamanos con los nudillos blancos y el cabello revuelto por el viento de cuarenta nudos.
—¡Bolsa de aire térmico sobre el espejo de agua! —gritó Dante desde el puesto de mando, sin soltar el timón de madera con la mano izquierda mientras ajustaba los flaps con una sonrisa de lobo—. ¡Procedimiento estándar de estabilización hidrodinámica! ¡Hay que mantener el planeo para no cavitar la hélice!
Valeria, que se había sujetado a tiempo a la barra de seguridad cromada, miraba a Dante a través de sus gafas oscuras con los ojos chispeando de indignación fingida y una diversión salvaje:
—¡De Rossi! ¡Estás arruinando la presentación técnica de Jean-Paul!
—La presentación técnica no se puede realizar con el champán abierto en una zona de marejadilla, Vidal —respondió Dante por encima del estruendo del motor, virando el timón hacia la izquierda con un golpe seco que provocó una ola perfecta, salpicando una cortina de agua cristalina que cayó directamente sobre el blazer de lino del francés—. Mis cálculos estructurales indican que los nenúfares de Monet son una aberración ingenieril que se pudrirá con el primer temporal de otoño. Si quieren plataformas flotantes, necesitan pontones de acero estanco anclados al lecho de roca.
—¡Los pontones de acero son feos, pesados y carecen de alma! —contraatacó Valeria, levantándose de su asiento y avanzando hacia el puesto de mando con paso tambaleante por el vaivén del barco, apoyando ambas manos en el salpicadero de caoba justo al lado de los hombros de Dante—. La arquitectura debe dialogar con el paisaje, no someterlo con violencia bruta, como pretendes hacer tú con todo en esta vida.
Dante redujo la velocidad de golpe, dejando que el barco quedara flotando en punto muerto en medio de la inmensidad azul del lago, rodeado por los acantilados verticales de Tremezzo.
El silencio repentino fue ensordecedor.
Dante se giró en el asiento del piloto. Quedó a escasos centímetros de Valeria, con la respiración agitada y la piel dorada humedecida por el agua del lago. La miró de abajo hacia arriba, clavando sus ojos en el escote terracota y en la curva desafiante de su boca:
—La violencia bruta a veces es necesaria para evitar que se construyan desastres sobre cimientos falsos, Valeria.
Las palabras tenían una carga eléctrica tan densa que el aire pareció chisporrotear. Valeria sostuvo la mirada del hombre, recordando el roce ardiente de sus labios sobre la mesa de la cocina unas horas antes.
—A veces lo que tú llamas «desastres» es simplemente algo que escapa a tu necesidad patológica de controlarlo todo —susurró ella, bajando la voz lo suficiente para que el francés, que seguía secándose el pantalón con una toalla al fondo de la cubierta, no pudiera escucharla.
Dante alargó una mano y, con una lentitud que desafiaba cualquier protocolo público, tomó el extremo suelto del pañuelo de seda que cubría el cabello de Valeria. Tiró suavemente de la tela hasta desatar el nudo, dejando que las ondas castañas de ella cayeran libres sobre sus hombros con la brisa del lago:
—No intento controlarlo todo, Vidal. Solo protejo lo que tiene valor real.
El corazón de Valeria dio un salto violento contra sus costillas. La arrogancia del arquitecto se había evaporado por una milésima de segundo, dejando al descubierto una verdad tan descarnada que la dejó sin réplica.
Al fondo de la lancha, Jean-Paul se puso de pie con la ropa arrugada, empapado y con la dignidad hecha jirones:
—¡Suficiente! ¡Gire este artefacto hacia el hotel ahora mismo, De Rossi! Cancelamos la prospección. Solicitaré un informe disciplinario formal ante la comisión de Bruselas por sabotaje náutico.
Dante giró la cabeza hacia el diplomático con una sonrisa radiante y triunfal:
—A sus órdenes, señor comisionado. Agárrese fuerte; el viaje de vuelta incluye demostración de viraje cerrado a máxima potencia.
Valeria sacudió la cabeza, tratando de recuperar el aire mientras el rugido del V8 volvía a sacudir las aguas de Como, sabiendo con una certeza aterradora que la guerra entre ambos acababa de cruzar un punto de no retorno.
A las dos de la madrugada, la quietud del ático de CityLife era pesada como el plomo.
La jornada había terminado en un desastre diplomático glorioso: Jean-Paul Laurent había abordado el primer tren de regreso a Bruselas jurando venganza burocrática, Don Bernardo y Don Massimo habían llamado indignados exigiendo explicaciones por la factura de la lancha de época, y la tensión entre los inquilinos del ático se había vuelto tan inflamable que ni siquiera se habían cruzado durante la cena.
Valeria estaba sentada en el suelo de su dormitorio, con la espalda apoyada contra el lateral de su cama y las piernas cruzadas sobre la alfombra. Llevaba una camiseta vieja de algodón gris y el cabello recogido con un lápiz de grafito. Tenía la tableta entre las manos, esperando con una ansiedad que le quemaba las yemas de los dedos.
La pantalla de Nocturna parpadeó.
El punto verde de PlanoCero cobró vida.
> PlanoCero: Dime que sobreviviste al agua dulce, TintaBlanca. Porque hoy sentí que me ahogaba sin haber tocado una sola ola.
>
Valeria dejó escapar un suspiro tembloroso, tecleando con rapidez:
> TintaBlanca: ¿Tú también tuviste problemas con el agua hoy?
> PlanoCero: El peor día de mi vida profesional. Hice el ridículo más espantoso del año. Me convertí en un salvaje territorial, saboteé una reunión importante y me comporté como un troglodita primitivo solo porque no soportaba ver a mi esposa con otro hombre.
> TintaBlanca: (Sintiendo que el pulso se le detenía en seco)... ¿Saboteaste su reunión?
> PlanoCero: Secuestré una lancha de caoba, TintaBlanca. La navegué como un demente, empapé al diplomático imbécil que la rondaba y casi provoco un conflicto internacional.
> TintaBlanca: ¿Por qué hiciste semejante locura, PlanoCero?
> PlanoCero: Porque anoche la besé.
>
Valeria soltó un grito ahogado en la soledad de su cuarto.
Se tapó la boca con ambas manos, dejando caer la tableta sobre el regazo mientras sus ojos se abrían con un espanto fascinado. Miró la pantalla como si las letras fueran a prenderle fuego a la habitación.
PlanoCero era Dante.
El confidente de las dos de la mañana, el alma sensible que le hablaba de poesía y soledad, el hombre que le había devuelto la ilusión de ser comprendida en la noche milanesa... era el mismo bruto arrogante que guardaba sus planos en cajas negras y manejaba lanchas a cuatrocientos caballos de fuerza.
Con las manos temblando de forma incontrolable, recogió el dispositivo. Su mente repasó en un milisegundo cada mensaje de las últimas semanas: sus quejas sobre el termostato, sus confesiones sobre la soledad del ático, la admisión de que su enemigo la encendía por dentro...
Él no lo sabía. Dante todavía creía que le estaba confesando sus debilidades a una extraña en la red.
Tragando saliva con dificultad, obligó a sus dedos a escribir con una serenidad fingida:
> TintaBlanca: ¿La... la besaste?
> PlanoCero: A las dos y media de la madrugada. Sobre la mesa de trabajo que habíamos dividido con cinta. Fue el beso más salvaje, desesperado y real de toda mi existencia. Y hoy, cuando la vi en ese muelle vestida de blanco, con el viento en el pelo... entendí que ya no me importa la licitación, ni el contrato conyugal, ni la maldita empresa. Me estoy enamorando como un idiota de la mujer que juré aplastar.
>
Valeria se llevó una mano al pecho. El corazón le golpeaba las costillas con una fuerza salvaje, dulce y demoledora. Las lágrimas de pura adrenalina le empañaron las pestañas.
El titán estaba de rodillas. El arquitecto invencible acababa de desnudarse por completo en el único lugar donde creía estar a salvo.
Valeria miró hacia la puerta cerrada que la separaba del pasillo en penumbra. Una sonrisa lenta, peligrosa, brillante y cargada de una ternura infinita comenzó a curvarle los labios mientras tecleaba su respuesta:
> TintaBlanca: ¿Y qué piensas hacer ahora, arquitecto?
> PlanoCero: No lo sé. Supongo que seguir fingiendo que la odio de día... mientras busco una excusa para volver a acorralarla contra esa mesa esta misma noche.
>
Valeria apagó la tableta despacio.
Se puso de pie, se quitó el lápiz del cabello dejando caer las ondas sobre sus hombros y caminó descalza hacia la puerta de su dormitorio. La comedia de enredos había terminado; el juego de la reina acababa de comenzar.