Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.
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capitulo 9
El mediodía trajo consigo una calma engañosa a los pasillos de la mansión. Mateo, exhausto por los acontecimientos del día anterior, dormía profundamente en su habitación tras haber bebido una taza de leche tibia.
Amelia aprovechó ese instante de quietud para bajar a la cocina principal, ubicada en el nivel subterráneo del ala este, un espacio amplio de muros de piedra volcánica donde el vapor del caldo y el aroma a especias solían amortiguar el frío eterno del lugar.
Al entrar, el murmullo de los sirvientes se apagó de golpe.
Las cocineras y los mozos de brega bajaron la mirada de inmediato, apresurándose a ocuparse en sus tareas. Para el personal de la mansión, Amelia no era más que un chivo expiatorio, una humana ingenua atrapada entre las garras del Alfa y las ambiciones de los clanes nobles.
Amelia avanzó hacia la mesa central de madera de roble para preparar una bandeja con sopa de vegetales para el niño. Sin embargo, antes de que pudiera tomar el cucharón, el portón de la cocina se abrió de golpe.
Karen entró al recinto, acompañada por dos sirvientas de la casa noble Silverfang. Ya no llevaba el abrigo de viaje, sino un vestido de seda verde esmeralda que resaltaba su silueta impoluta. Su presencia en la cocina era una anomalía deliberada; una mujer de su alcurnia jamás pisaba la zona de servicio a menos que buscase imponer su dominio de manera pública.
—Miren lo que tenemos aquí —siseó Karen, caminando a paso lento hacia el centro del salón. Los sirvientes de la casa se pegaron contra las paredes en un silencio sepulcral—. La pequeña intrusa jugando a ser la señora de la casa.
Amelia no se alteró. Mantuvo la vista fija en el tazón de porcelana mientras servía la comida con mano firme.
—Solo estoy preparando el almuerzo de Mateo, señora Karen —respondió con voz serena.
—¿Señora Karen? —La noble soltó una carcajada estridente que resonó en la bóveda de piedra—. Para ti soy la futura Luna de esta manada, rata insignificante. Y ese mocoso no necesita tus atenciones. Un bastardo inestable no merece cuidados especiales, y mucho menos los de una humana muerta de hambre que el Alfa recogió de la basura.
El insulto hacia el pequeño Mateo hizo que Amelia se congelara. Dejó el cucharón sobre la mesa y se giró despacio para encarar a la noble loba.
—Puede insultarme a mí todo lo que desee —dijo Amelia, sosteniéndole la mirada con una dignidad intacta que sorprendió a los presentes—, pero no le voy a permitir que se refiera así al hijo del Alfa. Mateo es solo un niño que ha sufrido demasiado.
Karen apretó los dientes, desencajada por la audacia de la humana. Dio dos pasos rápidos, acortando la distancia entre ambas hasta quedar cara a cara.
—¿Te atreves a educarme a mí sobre lo que es esta manada? —siseó la loba, alzando la mano derecha. En un movimiento cargado de crueldad, Karen empujó con violencia la bandeja de metal.
El tazón de porcelana se estrelló contra el suelo de piedra, haciéndose pedazos y esparciendo la sopa hirviendo por la alfombra y sobre el calzado de Amelia. El vapor caliente le quemó la piel de los tobillos a través de las medias, pero Amelia apretó la mandíbula y no emitió un solo queja.
—Recoge eso —ordenó Karen, disfrutando del momento con una sonrisa perversa mientras los sirvientes ahogaban jadeos de pánico—. Arrodíllate y limpia el suelo con las manos. Demuestra para qué te pagan en esta casa, sirvienta.
Amelia miró la porcelana rota y el líquido caliente. Sabía que un enfrentamiento físico contra una loba de sangre pura era un suicidio. Agachó la cabeza lentamente, tragándose la humillación, y se arrodilló sobre el suelo de piedra para comenzar a juntar los fragmentos con los dedos descubiertos.
Karen soltó una risa burlona, alzando el pie para pisar directamente las manos de Amelia sobre los vidrios rotos.
—¿Quién te dio autoridad para dar órdenes en mi cocina, Karen?
Una voz profunda, helada y destructiva cortó el aire del recinto como una guillotina.
El silencio que siguió fue absoluto.
En el umbral de la cocina, la figura colosal del Alfa Lian se erigía imponente. Llevaba una túnica negra de cuello alto que ocultaba las marcas de sus hombros, y sus ojos grises, vacíos de cualquier destello de vida, apuntaban con una precisión espeluznante hacia la posición exacta de la noble.
Lian no había bajado las escaleras por casualidad. Desde la galería del segundo piso, su oído sobrehumano había captado cada palabra, cada tono despectivo y el estruendo de la porcelana al romperse. Su lobo interior, que llevaba semanas en un estado de ira ciega, había reaccionado con un rugido de rabia absoluta al escuchar la humillación impuesta a la mujer cuyo aroma era el único capaz de brindarle paz.
Karen se petrificó en su sitio. La sonrisa cruel de su rostro se borró al instante, reemplazada por un destello de pánico imperceptible.
—Lian... —articuló ella, modulando la voz para recuperar la compostura—. Esta humana fue insolente. Solo le estaba enseñando cuál es su lugar dentro de la servidumbre de la mansión...
Lian avanzó. No tropezó con una sola mesa ni dudó un solo milímetro. Se movía con la gracia mortífera de un depredador ciego que dominaba cada molécula del aire a su alrededor. El peso de su aura de Alfa cayó sobre la cocina con una fuerza aplastante, obligando a los sirvientes a hincar las rodillas al suelo de manera instintiva.
Se detuvo a medio metro de Karen. El calor que emanaba de su cuerpo era abrasador, y la presión que ejercía en el ambiente hacía que a la noble le costara respirar.
—El lugar de Amelia en esta casa lo decido yo —dijo Lian, su voz retumbando en la piedra con una frialdad glacial—. Tú no eres la Luna de esta manada. No has sido marcada, no has sido presentada ante el altar de la luna llena, y mientras yo sea el Alfa, no tienes ningún poder sobre las personas que viven bajo mi techo.
El rostro de Karen se volvió pálido como el papel. Se sintió expuesta y humillada frente a toda la servidumbre que momentos antes la contemplaba con temor.
—¡Es una simple humana, Lian! —exclamó Karen, apretando los puños con rabia contenida—. ¡Te estás rebajando al defender a una sirvienta frente a una mujer de noble cuna! ¡Los ancianos del consejo no van a tolerar esto!
Lian se inclinó ligeramente hacia ella. Aunque sus ojos muertos no la veían, la ferocidad que emanaba de su rostro hizo que Karen diera un paso atrás por puro instinto de supervivencia.
—Si vuelves a poner un pie en la zona de servicio sin mi permiso, o si vuelves a dirigirle la palabra a Amelia o a mi hijo en ese tono, te expulsaré del territorio Blackwood antes de que se ponga el sol —sentenció el Alfa en un susurro cargado de una promesa de muerte—. Retírate. Ahora.
Karen apretó los dientes con tal fuerza que estuvo a punto de hacérselos sangrar. Lanzó una mirada llena de odio puro hacia Amelia, quien permanecía arrodillada en el suelo, y salió de la cocina a zancadas violentas, seguida por el eco apagado de sus sirvientas.
Cuando los pasos de la noble se perdieron a lo lejos, el silencio reinó en la estancia. Lian dio dos pasos hacia adelante, deteniéndose justo frente a la joven.
Sin decir una sola palabra, el Alfa se agachó. Sus manos enormes y masculinas se posaron sobre las muñecas de Amelia, levantándola del suelo de piedra con un movimiento suave pero firme. El contacto de sus dedos quemó la piel de la enfermera, pero la calidez de su agarre no tenía nada de la brutalidad de los días anteriores.
—No vuelvas a arrodillarte ante nadie en esta casa —murmuró Lian, su aliento rozando la frente de Amelia mientras su nariz inhalaba de manera imperceptible el aroma a lluvia que emanaba de su cuello—. Ni siquiera ante ella.
Amelia lo miró fijamente a los ojos ciegos, sintiendo que el corazón le daba un vuelco en el pecho, consciente de que el peligro entre ellos apenas comenzaba.