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Amor De Guerra

Amor De Guerra

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece

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Capítulo 8: La Sombra del Confidante

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​El beso en la terraza posterior había dejado una estela de fuego y desasosiego en el ambiente. Durante las horas posteriores, ni Antonio ni Melany habían logrado conciliar el sueño con facilidad. El roce de sus labios aún quemaba en sus memorias, desdibujando aún más las líneas entre deber, patria y deseo.

​Al mediodía del día siguiente, la puerta de la Torre Este no fue abierta por el emperador, sino por un hombre de porte elegante, vestir pulcro y mirada observadora. Llevaba una túnica de seda gris con bordados de plata y un rollo de pergaminos bajo el brazo. A pesar de no portar armas visibles, la postura del recién llegado denotaba una compostura severa y una agilidad reprimida.

​Se trataba de Emanuel, el consejero principal del imperio y, por encima de los títulos, el único hombre a quien el emperador Antonio consideraba su hermano de armas y su mejor amigo desde la infancia.

​Emanuel avanzó unos pasos en la estancia, haciendo una inclinación de cabeza precisa y formal, pero con una distancia helada que Melany percibió al instante.

​—Princesa Melany de Aethelgard —dijo Emanuel, su voz era serena, educada y carente de toda calidez—. Soy Emanuel, canciller del imperio y primer asistente de su majestad. He venido a verificar que las provisiones y las comodidades otorgadas por órdenes directas del emperador estén siendo de su total agrado.

​Melany, erguida junto al gran ventanal, sostuvo la mirada del canciller. Percibió de inmediato que detrás de esa cortesía refinada había un escrutinio calculador.

​—No tengo quejas sobre el trato, canciller —respondió ella con firmeza—. Aunque la jaula sea de oro y seda, sigue siendo una jaula.

​Emanuel sonrió de forma apenas perceptible, cruzando los brazos sobre los pergaminos.

​—Una jaula de la que usted intentó librarse blandiendo un filo contra el pecho de nuestro emperador, si la memoria no me falla. Me resulta... fascinante la benevolencia que Antonio ha decidido desplegar con usted.

​—Quizá su emperador posee una visión mucho más amplia de la guerra que la que tienen sus consejeros —replicó Melany, dando un paso al frente.

​—O quizás —interrumpió Emanuel en un tono bajo, casi confidencial—, su majestad está dejando que viejas cicatrices y emociones del pasado nublen la prudencia que exige la corona. Como su asistente, debo velar por la estabilidad del imperio. Y como su amigo de toda la vida... me preocupa el poder que una prisionera parece estar ejerciendo sobre él en tan poco tiempo.

​Melany frunció el ceño, desconcertada por las palabras del canciller. Antes de que pudiera pedir una aclaración, los pasos pesados y rotundos de Antonio resonaron en el pasillo. La puerta se abrió de par en par y la imponente figura del soberano llenó la habitación.

​Antonio miró alternativamente a Emanuel y a Melany, captando al instante la tensión silenciosa que flotaba en el aire.

​—Emanuel —dijo Antonio con voz grave—. No esperaba verte aquí.

​—Traía los informes del consejo de ministros, majestad —respondió Emanuel con perfecta compostura diplomática, inclinándose—. Y me tomé la libertad de comprobar el estado de nuestra distinguida huésped.

​—Los asuntos de la princesa son de mi entera responsabilidad —sentenció el emperador con un matiz de advertencia en el tono—. Puedes dejar los informes sobre la mesa.

​Emanuel obedeció sin chistar, depositando los documentos sobre la madera de caoba. Sin embargo, al retirarse, hizo una breve pausa junto a Antonio.

​—Solo un recordatorio, amigo mío —murmuró Emanuel lo suficientemente bajo para que los guardias no escucharan, pero lo bastante claro para que resonara en la estancia—. La corte imperial es una guarida de víboras. Si perciben que el león flaquea por el rostro de una enemiga, las dagas no vendrán de Aethelgard, sino de nuestros propios pasillos.

​Antonio no respondió con palabras, pero la firmeza de su mandíbula se acentuó mientras veía a Emanuel abandonar la habitación y cerrar la puerta.

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