"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."
Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.
Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.
Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.
Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.
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Capítulo 12: El Valle de las Sombras
El viaje hacia las Montañas Nubladas fue más duro de lo que había imaginado.
Los primeros dos días cruzamos los territorios de la Sangre de Acero, tierras verdes y boscosas que Alexander conocía como la palma de su mano. Cabalgábamos en silencio, él sobre un semental negro llamado Trueno, yo sobre una yegua plateada de nombre Luna. Las provisiones iban en dos mulas que trotaban detrás de nosotros, cargadas de comida, agua y armas.
Al tercer día, el paisaje comenzó a cambiar. Los árboles se volvieron más altos, más oscuros, con troncos retorcidos y ramas que se entrelazaban sobre nuestras cabezas como dedos de gigantes. La luz del sol apenas atravesaba el dosel, y el suelo estaba cubierto de una niebla fina que olía a moho y a secretos antiguos.
—Estamos entrando en territorio neutral —dijo Alexander, bajando la voz—. A partir de aquí, no podemos bajar la guardia.
—¿Territorio neutral? —Pregunté, ajustando mi capa—. ¿Qué significa eso exactamente?
—Significa que no pertenece a ninguna manada —explicó—. Pero tampoco está deshabitado. Hay criaturas aquí. Lobos salvajes. Solitarios. Algunos son inofensivos. Otros... —Hizo una pausa—. Otros no.
—¿Y qué hacemos si nos encontramos con alguno? —Pregunté.
—Esperar que no nos encuentren —dijo Alexander, con una sonrisa sombría—. Y si lo hacen, rezar para que estén de nuestro lado.
Esa noche acampamos junto a un arroyo de aguas cristalinas. Alexander encendió un fuego pequeño, lo suficientemente grande para calentarnos pero lo suficientemente discreto para no llamar la atención. Cenamos en silencio, compartiendo un trozo de pan, queso y carne seca.
—¿Tienes miedo? —Preguntó Alexander, mirándome a través de las llamas.
—Sí —admití—. Pero no por mí.
—¿Por quién, entonces? —Preguntó.
—Por ti —dije, con sinceridad—. Por nuestro hijo. Por la manada. Por todo lo que podría perderse si fallamos.
Alexander dejó su comida y se acercó a mí. Se sentó a mi lado, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma profundo de su feromona.
—No vamos a fallar —dijo, tomando mi mano—. Lo sé.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —Pregunté, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
—Porque te tengo a ti —dijo, mirándome a los ojos—. Y porque, por primera vez en mi vida, sé exactamente por qué estoy luchando.
—¿Por qué? —Pregunté, con la voz quebrada.
—Por ti —dijo Alexander—. Por nuestro hijo. Por un futuro donde no tengamos que escondernos. Donde nuestras manadas puedan vivir en paz. Donde nadie tenga que morir por el color de su sangre.
Me incliné hacia él y lo besé. Un beso lento, profundo, lleno de todas las palabras que no podíamos decir.
Al quinto día, llegamos a las faldas de las Montañas Nubladas.
Eran enormes. Colosales. Picos nevados que se alzaban hacia el cielo como catedrales de piedra y hielo, envueltos en una niebla perpetua que les daba su nombre. El aire era frío, cortante, y olía a nieve y a algo más. Algo antiguo. Algo peligroso.
—El Valle de las Sombras está al otro lado —dijo Alexander, señalando un paso estrecho entre dos montañas—. Tenemos que cruzarlo antes del anochecer. De lo contrario...
—¿De lo contrario qué? —Pregunté.
—De lo contrario, tendremos que enfrentarnos a lo que vive aquí después de que oscurezca —dijo—. Y no quiero hacer eso.
Cruzamos el paso con la mayor rapidez que nos permitieron las mulas. El camino era estrecho, bordeado de precipicios que caían hacia abismos sin fondo. La nieve crujía bajo los cascos de los caballos, y el viento aullaba entre las rocas como un lobo hambriento.
Al llegar al otro lado, el paisaje cambió drásticamente.
El Valle de las Sombras era un lugar que parecía sacado de una pesadilla. El cielo estaba permanentemente nublado, con una luz gris y enfermiza que no parecía venir de ningún sol. El suelo era de tierra negra, estéril, sin una sola brizna de hierba. Y en el centro del valle, sobre una colina de piedra, se alzaba el círculo de piedras que había visto en mis sueños.
—Es idéntico —susurré, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda—. Lo vi en mis sueños. Exactamente así.
—Entonces el sueño era una visión —dijo Alexander—. Una señal.
—¿De qué? —Pregunté.
—De que estamos en el camino correcto —dijo—. Y de que el tiempo se acaba.
Avanzamos hacia el círculo de piedras, con los sentidos en alerta máxima. El aire se volvía más denso a medida que nos acercábamos, más pesado, como si algo invisible nos presionara contra el suelo. Mi loba se removía inquieta, y podía sentir el poder del Sello pulsando bajo mi piel como un segundo latido.
—Ahí está —dijo Alexander, deteniendo su caballo—. La puerta.
Frente a nosotros, en el centro del círculo, se alzaba una puerta de piedra. Era enorme, tres veces más alta que un hombre, con runas de fuego grabadas en la superficie y cadenas de plata que la cruzaban de arriba abajo. Las cadenas brillaban con una luz tenue, pulsante, como si estuvieran vivas.
—Dios mío —susurré—. Es real. Todo es real.
—¿Esperabas otra cosa? —Preguntó Alexander, desmontando.
—No lo sé —admití, bajando de mi yegua—. Creo que una parte de mí esperaba que todo esto fuera un sueño. Una pesadilla de la que despertaría en cualquier momento.
—No es un sueño —dijo Alexander, tomando mi mano—. Pero tampoco es una pesadilla. Es nuestro destino.
Caminamos hacia la puerta, con el corazón latiéndome desbocado. A medida que nos acercábamos, las runas brillaban con más intensidad, y las cadenas vibraban con una energía que podía sentir en los huesos.
—¿Qué hacemos ahora? —Pregunté.
—Según Seraphina, tenemos que tocar la puerta juntos —dijo Alexander—. Y canalizar nuestro poder a través del vínculo.
—¿Y cómo se supone que hagamos eso? —Pregunté.
—No lo sé —admitió Alexander—. Pero creo que... —Hizo una pausa—. Creo que tenemos que confiar el uno en el otro. Completamente.
—Confío en ti —dije, sin dudar.
—Y yo en ti —respondió Alexander.
Extendimos nuestras manos y tocamos la puerta al mismo tiempo.
El efecto fue inmediato.
Una oleada de energía me recorrió el cuerpo, como si un rayo me hubiera atravesado de arriba abajo. Sentí el poder de Alexander fluyendo a través del vínculo, uniéndose al mío, multiplicándose. Las runas de la puerta brillaron con una luz cegadora, y las cadenas de plata comenzaron a vibrar con una intensidad ensordecedora.
Y entonces, la puerta habló.
No con palabras, sino con imágenes. Con emociones. Con recuerdos que no eran míos.
Vi a los primeros Alfas de la Luna Plateada, criaturas de plata y luz, creando el Sello con su propia sangre. Vi a los primeros Alfas de la Sombra Nocturna, monstruos de oscuridad y fuego, siendo encerrados tras la puerta. Vi la guerra que había dividido a los lobos, la traición que había destruido a mi familia, el sufrimiento que había marcado mi vida.
Y vi el futuro. Un futuro de paz. Un futuro donde las manadas vivían juntas. Un futuro donde mi hijo crecía libre, sin miedo, sin dolor.
Elena... —dijo una voz en mi mente. Una voz antigua. Una voz que reconocí de inmediato. La voz de mi padre.
Padre —respondí, con lágrimas ardiendo en mis ojos.
Has venido. Como sabía que lo harías.
No sé qué hacer —admití—. No sé cómo cerrar el Sello.
No tienes que saberlo —dijo la voz—. Solo tienes que recordar. Recordar quién eres. De dónde vienes. Y por qué luchas.
Lucho por mi familia —dije—. Por mi manada. Por mi hijo.
Entonces cierra el Sello —dijo la voz—. Con tu sangre. Con tu poder. Con tu amor.
Abrí los ojos y me encontré de nuevo en el valle, frente a la puerta. Alexander estaba a mi lado, con los ojos brillando con una luz plateada.
—¿Lo has visto? —Preguntó.
—Sí —dije—. A mi padre. Me ha hablado.
—A mí también —dijo Alexander—. Mi madre. Me ha dicho que me perdona.
—¿Y ahora qué? —Pregunté.
—Ahora —dijo Alexander—. Cerramos el Sello.
Extendí mi mano y me mordí la palma. La sangre brotó, roja y caliente, y la presioné contra la puerta. Alexander hizo lo mismo, y su sangre se mezcló con la mía, brillando con una luz que no era roja ni plateada, sino dorada.
—Por la Luna Plateada —dije.
—Por la Sangre de Acero —dijo Alexander.
—Por nosotros —dijimos al unísono.
La puerta rugió. Las cadenas de plata se tensaron, brillaron, y luego se rompieron, cayendo al suelo con un estruendo que hizo temblar la tierra. Las runas de fuego se apagaron, una por una, hasta que solo quedó la piedra desnuda.
Y entonces, la puerta se abrió.
No hacia afuera, sino hacia adentro. Hacia la oscuridad. Hacia el vacío. Hacia algo que no debería existir.
—No —susurré, retrocediendo—. No. Esto no es lo que debía pasar.
—Elena —dijo Alexander, con una voz tensa—. ¿Qué has hecho?
—No lo sé —admití, con el corazón latiéndome desbocado—. Creí que la cerraríamos. Creí que...
Antes de que pudiera terminar, algo emergió de la oscuridad.
Era enorme. Bestial. Antiguo. Una criatura de sombra y fuego, con ojos como soles moribundos y garras como cuchillas. Su presencia llenó el valle, sofocando la luz, sofocando el aire, sofocando toda esperanza.
—Al fin —dijo la criatura, con una voz que resonó en mis huesos—. Después de mil años. Al fin libre.
—¿Quién eres? —Pregunté, con la voz temblando.
—Soy el Primero —dijo la criatura—. El Padre de las Sombras. El Rey de la Noche Eterna. Y tú... —Sus ojos se posaron en mí, y sentí cómo mi alma se encogía—. Tú eres la que me ha liberado.
—No —dije, negando con la cabeza—. No quería liberarte. Quería cerrar el Sello.
—El Sello no se cierra con sangre —dijo el Primero, con una sonrisa cruel—. Se abre. Siempre se ha abierto. La profecía no era sobre cerrarlo. Era sobre liberarme.
—Mientes —dije, con una firmeza que no sentía.
—No miento —dijo el Primero—. Pregúntale a tu madre. Pregúntale a Seraphina. Ella lo sabía. Siempre lo supo.
El mundo se detuvo.
—¿Qué? —Susurré.
—Seraphina no te envió aquí para cerrar el Sello —dijo el Primero—. Te envió aquí para abrirlo. Porque ella es mi sierva. Mi más leal seguidora. Y tú... —Su sonrisa se ensanchó—. Tú eres mi arma.
Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies. Cómo todo lo que creía, todo lo que amaba, se desmoronaba a mi alrededor.
—No —dije, con lágrimas ardiendo en mis ojos—. No es verdad. Mi madre me ama. Ella me protegería.
—Tu madre te usó —dijo el Primero—. Como te usaron todos. Como te usará Alexander. Como te usará cualquiera que sepa lo que eres.
—No —dije, más fuerte esta vez—. No te creo.
—Entonces pregúntale —dijo el Primero, señalando hacia atrás.
Me giré, y allí, de pie en el borde del círculo de piedras, estaba Seraphina.
—Madre —susurré, con el corazón destrozado—. Dime que no es verdad.
Seraphina me miró, y en sus ojos vi algo que nunca había visto antes. Algo oscuro. Algo frío. Algo que no era amor.
—Lo siento, Elena —dijo, con una voz que no reconocí—. Pero es verdad.
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Me quedé paralizada, con el corazón destrozado y la mente negándose a procesar lo que acababa de oír. Mi madre —mi verdadera madre, la mujer que me había dado la vida, la que había llorado conmigo, la que me había dicho que estaba orgullosa de mí— estaba de pie al borde del círculo de piedras, con una expresión que no reconocí.
—¿Qué has dicho? —Pregunté, con una voz que apenas era un susurro.
—Lo siento, Elena —repitió Seraphina, dando un paso hacia mí—. Pero es la verdad. Siempre lo ha sido.
—¿La verdad? —Repetí, sintiendo cómo la rabia comenzaba a arder en mi pecho—. ¿Me has mentido todo este tiempo? ¿Todo ha sido una mentira?
—No todo —dijo Seraphina, con una calma que me heló la sangre—. Te amo, Elena. Eso nunca fue mentira. Pero hay cosas más grandes que el amor. Cosas más importantes.
—¿Qué cosa? —Pregunté, con lágrimas ardiendo en mis ojos—. ¿Qué puede ser más importante que tu propia hija?
—La libertad —dijo Seraphina, y por primera vez, vi algo en sus ojos que no era amor maternal. Era fanatismo. Devoción.—La libertad de nuestro pueblo. La libertad de los lobos que han sido oprimidos durante milenios. La libertad que solo el Primero puede darnos.
—Estás loca —dije, retrocediendo—. Completamente loca.
—No estoy loca —respondió Seraphina, con una sonrisa triste—. Estoy despierta. Despierta a la verdad que tú aún no puedes ver. Los Alfas de la Luna Plateada nos han mentido durante generaciones. Nos han dicho que el Sello debía cerrarse, que el Primero era un monstruo, que la oscuridad debía ser contenida. Pero eso es falso. El Primero no es un monstruo. Es un libertador. Y tú... —Me señaló con un dedo tembloroso—. Tú eres la llave que lo liberará.
—No —dije, negando con la cabeza—. No voy a ser parte de esto. No voy a liberar a esa cosa.
—Ya lo has hecho —dijo Seraphina, y su sonrisa se ensanchó—. La puerta está abierta. El Sello está roto. No hay vuelta atrás.
Me giré hacia Alexander, buscando consuelo, buscando apoyo, buscando algo que me anclara a la realidad. Pero lo que vi me heló la sangre.
Alexander estaba de rodillas en el suelo, con las manos presionando las sienes y el rostro desencajado por el dolor.
—Alexander —grité, corriendo hacia él—. ¿Qué te pasa?
—Mi cabeza —jadeó, con los ojos apretados—. Los recuerdos... están volviendo. Todos a la vez.
—¿Qué recuerdos? —Pregunté, arrodillándome a su lado.
—Mi infancia —dijo, con la voz quebrada—. Mi madre. Mi padre. La noche de la masacre. —Abrió los ojos, y vi en ellos un horror que nunca había visto—. Yo estaba allí, Elena. Yo vi cómo destruían la Luna Plateada. Yo vi cómo moría tu padre.
—¿Qué? —Susurré, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba a mi alrededor—. ¿Tú... tú estuviste allí?
—Era un niño —dijo Alexander, con lágrimas cayendo por sus mejillas—. Tenía ocho años. Mi padre me llevó para que aprendiera. Para que viera cómo se trataba a los enemigos. —Tragó saliva—. Y yo... yo no hice nada. Me quedé paralizado. Vi cómo mataban a tu padre, cómo tu madre huía contigo, y no hice nada.
—Eras un niño —dije, tomando su rostro entre mis manos—. No podías hacer nada.
—Podía haber gritado —dijo Alexander, con una amargura que me partió el corazón—. Podía haber corrido. Podía haber hecho algo. Pero no lo hice. Me quedé allí, como un cobarde, y dejé que todo pasara.
—No eres un cobarde —dije, con firmeza—. Eras un niño. Un niño asustado en una situación imposible. No es tu culpa.
—Pero...
—No —lo interrumpí—. No es tu culpa. Y no vas a culparte por algo que hiciste cuando tenías ocho años. ¿Me oyes?
Alexander me miró, y en sus ojos vi algo que me rompió el corazón. Alivio. Como si hubiera estado esperando esas palabras durante toda su vida.
—Qué conmovedor —dijo el Primero, con una voz que destilaba sarcasmo—. Pero me temo que no tengo tiempo para vuestras pequeñas tragedias humanas.
Me giré hacia la criatura, con la rabia ardiendo en mi pecho.
—¿Qué quieres de mí? —Pregunté, con una voz que no reconocí como mía.
—Quiero lo que siempre he querido —dijo el Primero—. Quiero recuperar mi poder. Quiero recuperar mi trono. Quiero recuperar el mundo que me fue arrebatado.
—¿Y qué pasa conmigo? —Pregunté—. ¿Qué pasa con mi hijo?
—Tu hijo —dijo el Primero, y su sonrisa se volvió cruel—. Tu hijo será mi heredero. El próximo Rey de la Noche Eterna. Nacerá con mi poder, crecerá con mi fuerza, y un día... —Hizo una pausa—. Un día gobernará a todos los lobos. A todos los humanos. A todo el mundo.
—No —dije, con una firmeza que me sorprendió a mí misma—. No voy a permitir que mi hijo sea criado por un monstruo.
—No tienes elección —dijo el Primero—. El vínculo ya está establecido. La sangre ya ha sido derramada. El Sello ya está roto. No hay vuelta atrás.
—Siempre hay vuelta atrás —dije, y algo dentro de mí se encendió. Algo primigenio. Algo feroz. Mi loba, que había estado en silencio desde que la puerta se abrió, rugió con una fuerza que hizo temblar el suelo.
—¿Qué...? —El Primero retrocedió un paso, y por primera vez, vi algo en sus ojos que no era confianza. Era miedo.
—Eres poderoso —dije, dando un paso hacia él—. Eres antiguo. Eres temible. Pero hay algo que no entiendes.
—¿Y qué es eso? —Preguntó, con una voz que temblaba ligeramente.
—Que soy una madre —dije, con una voz que resonó en todo el valle—. Y una madre protege a su hijo. Cueste lo que cueste.
Cerré los ojos y busqué dentro de mí. Busqué el poder que había despertado con la Luna de Sangre. Busqué el vínculo con Alexander. Busqué la fuerza de mi manada. Y encontré algo más. Algo que no esperaba.
Encontré a mi padre.
No su fantasma, no su recuerdo. Su poder. El poder de todos los Alfas de la Luna Plateada que habían venido antes que yo. La fuerza de mil generaciones de lobos que habían luchado, que habían muerto, que habían protegido.
Elena —dijo la voz de mi padre en mi mente—. Es hora.
¿Hora de qué? —Pregunté.
Hora de convertirte en lo que siempre estuviste destinada a ser.
Abrí los ojos, y el mundo era diferente. Más brillante. Más nítido. Más real.
—Alexander —dije, tendiéndole la mano—. Levántate.
Alexander tomó mi mano y se levantó. Sus ojos brillaban con una luz plateada, y por primera vez desde que llegamos al valle, parecía completo. Entero. Poderoso.
—¿Qué está pasando? —Preguntó, mirándome con asombro.
—Estamos despertando —dije—. Los dos. Juntos.
Extendí mi mano hacia el Primero, y el poder fluyó a través de mí como un río de fuego. No era mi poder. Era el poder de mi linaje. El poder de todos los Alfas que habían luchado por cerrar el Sello. El poder de la luna misma.
—No puedes detenerme —dijo el Primero, pero su voz temblaba—. Soy eterno. Soy infinito. Soy...
—Eres nada —dije, con una voz que no era mía. Era la voz de mi padre. De mi abuelo. De todos los Alfas que habían venido antes que yo—. Eres un error. Un error que vamos a corregir.
El poder explotó desde mí como una supernova. Una ola de luz plateada que barrió el valle, que iluminó las montañas, que hizo temblar la tierra. El Primero gritó, un grito de dolor y de rabia, y su forma comenzó a desintegrarse, a desmoronarse, a desvanecerse.
—¡No! —Gritó—. ¡No puedo ser derrotado! ¡Soy el Rey de la Noche Eterna!
—Eras —dije—. Ya no.
La luz se intensificó, y el Primero desapareció. Su forma, su poder, su presencia. Todo se desvaneció, como si nunca hubiera existido.
Y entonces, la puerta se cerró.
No con cadenas de plata, no con runas de fuego. Se cerró con luz. Con amor. Con sacrificio.
Cuando la luz se desvaneció, el valle estaba en silencio.
Me desplomé en el suelo, agotada, con el cuerpo temblando y el corazón latiéndome desbocado. Alexander cayó a mi lado, tan exhausto como yo.
—¿Lo hemos logrado? —Preguntó, con la voz ronca.
—Creo que sí —jadeé—. Creo que... creo que lo hemos logrado.
—Elena —dijo una voz desde atrás.
Me giré y vi a Seraphina, de pie al borde del círculo, con el rostro desencajado por el horror.
—Tú... —Empezó, pero no encontró palabras.
—Tú —dije, levantándome lentamente—. Tú me mentiste. Me usaste. Me traicionaste.
—Elena, por favor... —Suplicó Seraphina, dando un paso hacia mí—. Tienes que entender...
—¿Entender qué? —Pregunté, con una voz que helaba la sangre—. ¿Entender que vendiste a tu propia hija a un monstruo? ¿Entender que traicionaste a tu manada, a tu esposo, a todo lo que juraste proteger?
—Lo hice por nosotros —dijo Seraphina, con lágrimas cayendo por sus mejillas—. Por nuestro pueblo. Por los lobos que han sufrido durante milenios.
—No —dije, con una firmeza que no admitía réplica—. Lo hiciste por ti. Por tu poder. Por tu ambición. No por nadie más.
—Elena...
—No me llames así —dije, con una voz quebrada—. No tienes derecho. No eres mi madre. No eres nada.
Seraphina me miró, y por un momento, vi algo en sus ojos que podría haber sido remordimiento. Pero era demasiado tarde. Demasiado tarde para arrepentirse. Demasiado tarde para pedir perdón.
—Vete —dije—. Vete de aquí. Y no vuelvas jamás.
—¿Qué? —Preguntó, incrédula.
—Que te vayas —repetí—. Estás desterrada. De la Luna Plateada. De la Sangre de Acero. De cualquier manada que me sea leal. Si te vuelvo a ver... —Hice una pausa—. Si te vuelvo a ver, te mataré.
Seraphina me miró largamente. Luego, sin decir una palabra más, se giró y desapareció en la niebla.
Me quedé sola con Alexander, en el centro del círculo de piedras, con el corazón destrozado y el alma en pedazos.
—¿Estás bien? —Preguntó Alexander, tomándome de la mano.
—No —admití—. Pero estaré bien. Con el tiempo.
Alexander me abrazó. No dijo nada. No hacía falta. A veces, el silencio era la única respuesta posible.
El viaje de vuelta fue más rápido.
Sin el peso de la misión, sin la amenaza del Primero, pudimos cabalgar sin prisa, disfrutando del paisaje, del silencio, de la compañía del otro. Hablamos de todo. De nuestros miedos, nuestros sueños, nuestro futuro. De la manada, de la guerra, de la paz que estaba por venir.
—¿Qué vas a hacer ahora? —Preguntó Alexander, mientras cabalgábamos por un bosque de pinos.
—No lo sé —admití—. Nunca pensé que llegaría tan lejos. Nunca pensé que sobreviviría.
—Yo sí —dijo Alexander, con una sonrisa—. Siempre supe que lo lograrías.
—¿Cómo? —Pregunté.
—Porque eres la mujer más fuerte que he conocido —dijo—. Y porque tengo ojos en la cara.
Me reí. Fue una risa genuina, cálida, que me llenó el pecho de algo que no era exactamente felicidad, pero se le parecía.
Llegamos a la mansión al atardecer del séptimo día.
Nos recibieron con gritos de alegría, con abrazos, con lágrimas. Kael corrió hacia mí y me levantó en el aire, riendo y llorando al mismo tiempo. Los guerreros formaron una línea y se inclinaron a nuestro paso. Los ancianos nos recibieron con palabras de bendición.
—Lo lograste —dijo Kael, con los ojos brillantes—. Lo lograste.
—Lo logramos —corregí—. Todos nosotros.
Esa noche, celebramos.
Hubo música, baile, comida. Las manadas se mezclaron, Sangre de Acero y Luna Plateada, unidas por primera vez en veinte años. Los niños jugaban entre las mesas, los ancianos contaban historias, los jóvenes bailaban bajo las estrellas.
Y yo, Elena Reed, la última Alfa de la Luna Plateada, me senté en lo alto de la escalinata y contemplé todo. Mi manada. Mi familia. Mi futuro.
Alexander se acercó y se sentó a mi lado.
—¿En qué piensas? —Preguntó.
—En todo —admití—. En lo que pasó. En lo que vendrá. En... —Hice una pausa—. En nuestro hijo.
—Será un niño afortunado —dijo Alexander—. Tendrá una madre increíble.
—Y un padre —dije, mirándolo—. ¿Qué clase de padre serás?
Alexander me miró a los ojos.
—El mejor que pueda —dijo—. No seré como mi padre. No criaré a nuestro hijo con odio y violencia. Le enseñaré a amar. A proteger. A luchar por lo que es justo.
—¿Y si es una niña? —Pregunté.
—Entonces será una Alfa —dijo Alexander—. Como su madre.
Me incliné hacia él y lo besé. Un beso lento, profundo, lleno de todo lo que no podía expresar con palabras.
Cuando finalmente me aparté, ambos estábamos sin aliento.
—La boda fue hace apenas unas semanas —dijo Alexander, con una sonrisa—. Y ya hemos vivido más que la mayoría de las parejas en toda una vida.
—Eso espero —respondí—. Porque no pienso conformarme con menos.
Esa noche, mientras dormíamos abrazados, algo cambió en mí. Algo profundo, primordial. Mi loba, que había estado inquieta durante meses, finalmente se calmó. Se sentía... en casa.
Y en lo más profundo de mi ser, donde antes solo había rabia y miedo, comenzó a crecer algo nuevo. Algo frágil pero poderoso.
Esperanza.
Pero mientras dormía, no pude evitar soñar. Y en el sueño, vi algo. Algo que no debería existir. Algo que venía del norte. Algo que estaba despertando.
Abrí los ojos de golpe.
Y entonces lo oí. Un aullido. Lejano. Pero inconfundible. Un aullido que no reconocí. Un aullido que no era de mi manada. Un aullido que helaba la sangre.
Alexander se despertó a mi lado.
—¿Qué pasa? —Preguntó.
—No lo sé —admití—. Pero algo ha cambiado. Algo ha despertado.
Y en algún lugar de las montañas, alguien abrió los ojos.