Traicionada por quienes más amaba y reducida a la nada, Angie huye de su vida anterior con el corazón roto y sin un centavo. La única mano extendida es la de Roberta, su amiga de toda la vida, que la acoge en su hogar sin hacer preguntas. Allí, Angie conoce al padre de su amiga: Lucian, un hombre imponente, millonario, de mirada profunda y carácter inquebrantable.
Entre ellos surge algo imposible de callar: un deseo abrasador, una conexión que quema cada encuentro, aunque el secreto los condene. Cuando la verdad sale a la luz, la culpa y el miedo la empujan a huir. Pero Lucian no está dispuesto a dejarla ir: la retiene, no como prisionera, sino como la mujer que posee su alma. Ahora Angie deberá elegir: ¿la lealtad que le debe a su amiga, o el deseo que la consume junto al hombre prohibido?
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Una mirada que lo dice todo
Ocurrió en un instante, sin aviso, sin que nadie pudiera detenerlo.
Estábamos en el salón principal. Lucian estaba de pie junto a mí, hablando en voz baja, y yo lo miraba. No dije nada. No hizo nada. Pero en esa mirada había todo lo que no se puede ocultar: el anhelo, la ternura, el fuego que nos consumía. Él me devolvió la mirada, y en sus ojos vi lo mismo: un amor que no sabía esconderse, que desbordaba cualquier prudencia.
Y entonces la vi.
Roberta estaba en el umbral. No se había movido. No había hecho ruido. Solo nos miraba.
Su rostro perdió todo color. Los labios se le entreabrieron, como si fuera a hablar, pero ninguna palabra salió. No necesitaba escuchar nada. Lo vio todo en esa sola mirada: la forma en que él me miraba, la forma en que yo lo miraba, la conexión invisible que nos ataba y que ella no había visto hasta ese momento.
—Roberta… —susurré, dando un paso hacia ella, con el corazón detenido en el pecho.
Ella retrocedió. Solo un paso, pero fue como si se alejara para siempre.
—No… —murmuró, negando con la cabeza—. No puede ser…
Lucian dio un paso adelante, serio, pero su voz no tenía la firmeza de siempre.
—Hija, déjanos explicarte…
—¿Explicar qué? —lo cortó ella, con la voz quebrada—. ¿Qué hay que explicar? Lo vi. Lo vi en sus ojos. En los tuyos. ¡Esa forma de mirarla… como si fuera todo lo que tienes!
Las lágrimas empezaron a brotarle sin que pudiera detenerlas. Se llevó una mano a la boca, como si de repente le diera asco, como si le doliera respirar.
—Tú eres mi padre —dijo, mirándolo con desesperación—. Y ella… ella es mi hermana. Le dije que siempre podría confiar en mí. Le dije que la apoyaría… sin saber que era a ti a quien me la estaba robando.
—No es así —traté de decir, con la garganta cerrada—. Roberta, por favor… escúchanos.
Ella me miró entonces, y ese mirada me atravesó el alma. Ya no había confianza, ni ternura, ni amistad. Solo había dolor. Dolor puro, profundo, el que solo se siente cuando te traicionan las dos personas que más amas en el mundo.
—¿Desde cuándo? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Desde cuándo me mienten así en la cara?
—No fue de la forma que crees —dijo Lucian, acercándose un poco más—. No lo planeamos. Sucedió. No quisimos hacerte daño.
—¿No quisieron? —soltó una risa amarga, llena de lágrimas—. ¿Y qué creen que están haciendo? Me rompieron por dentro. Los dos.
El silencio que siguió fue insoportable. Pesaba más que cualquier grito, más que cualquier reproche. Yo me quedé allí, inmóvil, sintiendo cómo el mundo que había construido se derrumbaba a mis pies. Todo lo que había temido, todo lo que había intentado evitar… estaba pasando. Y era mi culpa.
—Pensé que éramos inseparables —me dijo, mirándome directamente a los ojos—. Te di mi casa, mi cariño, mi confianza… y tú te llevaste lo que más quería.
—No te lo llevé —supliqué, las lágrimas cayendo solas—. No fue así. Lo quiero, Roberta. Lo amo. Pero no quería lastimarte. Jamás.
—¿Amarlo? —repitió ella, como si la palabra le quemara los labios—. Es mi padre, Angie. Mi padre. ¿Cómo pudiste?
Se giró hacia la puerta, sin esperar respuesta, sin querer escuchar nada más.
—Roberta —la llamó Lucian, dando un paso para seguirla.
Ella se detuvo un instante, sin volver la cabeza.
—No se acerquen a mí —dijo, con voz fría y rota a la vez—. No quiero verlos. A ninguno de los dos.
Salió corriendo. La puerta se cerró detrás de ella con un golpe seco que resonó en toda la casa.
Me quedé sola con Lucian en medio del silencio. Me sentí vacía, rota, sin aire. Él me tomó de la mano, pero esta vez no me consoló. Sentí su tacto como una carga.
—La perdimos —susurré, mirando la puerta por donde ella se había ido—. La perdimos para siempre.
Lucian me abrazó, pero yo no pude corresponderle. Me quedé rígida, sintiendo que no merecía su abrazo, que no merecía nada. Todo lo que temía había ocurrido. La verdad estaba al descubierto, y la amistad más pura que tenía se había hecho pedazos.