⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.
Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.
Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.
Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.
Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.
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Cicatrices y refugio
El trayecto desde la columna hasta su auto fue una marcha forzada contra los elementos. Liam no me soltó el codo ni un segundo; su agarre era tan firme que sabía que me dejaría los dedos marcados en la piel, pero con la adrenalina corriendo a borbotones por mis venas, el dolor físico era lo último que me importaba. El aguacero caía con furia sobre el asfalto del estacionamiento de la universidad, convirtiendo las farolas en manchas borrosas y ahogando cualquier sonido del mundo exterior.
Apenas llegamos a su auto, Audi RS 7 con vidrios Polarizados, Liam abrió la puerta del copiloto con brusquedad, me empujó hacia adentro sin ceremonias y cerró de un golpe seco que resonó como un trueno. Dio la vuelta al vehículo a zancadas, se metió al asiento del conductor y echó el seguro de las puertas con un clic metálico.
La atmósfera dentro del habitáculo cambió de inmediato. El aire se volvió denso, pesado, cargado con el olor a humedad de nuestras chaquetas y la furia contenida que llevábamos arrastrando desde el pasillo de servicio. Ninguno de los dos encendió el motor.
-¿Te divertiste jugando con fuego hoy, Zoé? -me espetó Liam de golpe, girándose en su asiento para invadir mi espacio, con los ojos oscuros fijos en los míos y la mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse.
-Más de lo que imaginas, Black -le respondí con una sonrisa desafiante, ladeando la cabeza y sabiendo perfectamente cómo encender la mecha que le quedaba de paciencia.
No dijo una sola palabra más. Se desabrochó el cinturón con una violencia sorda, se inclinó por encima de la consola central y me agarró de la nuca con ambas manos, tirando de mí hacia él con tanta fuerza que mis labios chocaron contra los suyos en un beso desesperado, hambriento y rabioso.
El cristal del parabrisas comenzó a empañarse casi al instante con el calor de nuestras respiraciones. La frustración acumulada por la interrupción del conserje se transformó en una necesidad urgente, salvaje. Liam me devoró la boca sin dar tregua, mordiéndome el labio inferior hasta arrancarme un gemido que se perdió directamente en su garganta, mientras sus manos bajaban con rudeza por mi cuello, desgarrando los botones superiores de mi blusa.
-Te lo advertí... -me gruñó contra la piel del escote, dejando una marca húmeda y ardiente que me hizo arquear la espalda contra el respaldo del asiento-. Te vas a tragar cada segundo que pasé sin tocarte.
Sin apartar las manos de mis caderas, me levantó del asiento del copiloto y me arrastró por encima de la consola central, acomodándome a horcajadas sobre su regazo. Mis piernas quedaron abiertas, aprisionadas entre las puertas y su cuerpo duro como el acero. El peso de su cadera encajada perfectamente contra mi centro me hizo perder el aliento por completo.
-Hazlo de una vez, entonces... -le reté en un susurro áspero, clavándole las uñas en los hombros y frotándome contra su erección a través de la tela con una desesperación que rozaba la locura.
Liam soltó un rugido gutural y, con manos frenéticas, bajó la cremallera de mi falda y apartó la ropa interior de un solo tirón. No hubo caricias previas ni falsas gentilezas; me empaló de un solo golpe seco, profundo y devastador.
El impacto me arrancó un grito ahogado que empañó aún más la ventanilla lateral. La sensación de tenerlo tan dentro, llenándome por completo en la penumbra del auto mientras la lluvia tamborileaba furiosa contra el techo, fue una descarga eléctrica directa al cerebro.
-Mírame, carajo -me exigió con la voz rota, mientras comenzaba un ritmo brutal, implacable, embistiéndome con una fuerza que hacía que el auto entero se estremeciera sobre los amortiguadores.
Alcé la vista, encontrándome con sus pupilas dilatadas y oscuras, reflejando el mismo abismo de obsesión y locura que me consumía a mí. Las manos de Liam se aferraron a mis muslos con una firmeza brutal, guiando cada estocada con una precisión sádica y perfecta.
-Mírame y dime de quién eres, Zoé -me ordenó entre jadeos pesados, acelerando el paso hasta volvernos completamente locos.
- Tuya... ¡maldita sea, soy tuya! -le grité al borde del precipicio, arqueando la columna y rindiéndome por completo al castigo.
Eso fue lo único que necesitó para romper el último dique de contención. Liam embistió tres veces más con una fuerza demoledora que me empujó directo al orgasmo; mi cuerpo se contrajo en un espasmo violento mientras gemía su nombre contra su hombro. Al mismo tiempo, él se rindió al abismo, soltando un rugido ahogado mientras se vaciaba dentro de mí en una descarga caliente que nos dejó a ambos temblando, aferrados el uno al otro en la oscuridad del auto, con el mundo exterior completamente olvidado.
El calor denso y sofocante del habitáculo comenzó a enfriarse lentamente a medida que nuestras respiraciones, poco a poco, intentaban recuperar un ritmo normal. El parabrisas y las ventanillas seguían completamente empañados por la condensación, aislándonos por completo de las farolas del estacionamiento y de la lluvia que seguía golpeando sin tregua el techo del auto.
Estaba sentada a horcajadas sobre su regazo, con la cabeza apoyada pesadamente en su hombro y el cuerpo adolorido de la manera más deliciosa posible. Las manos de Liam ya no me apretaban con furia; en su lugar, se habían deslizado con una posesividad silenciosa para acariciar lentamente la curva de mi espalda, trazo por trazo, como si quisiera asegurarse de que seguía ahí y de que no iba a desvanecerme.
-Eres un peligro constante, Zoé -murmuró su voz ronca contra mi cabello, en un tono inusualmente suave que contrastaba con la brutalidad de lo que acabábamos de hacer.
Levanté la cabeza para mirarlo, encontrando sus ojos oscuros fijos en los míos en la penumbra. Las facciones duras de su rostro se veían extrañamente calmadas, aunque la intensidad de su mirada seguía siendo la misma de siempre: un recordatorio constante de que éramos un vicio del que ninguno de los dos pensaba curarse.
-Tú empezaste esto, Black -le recordé con una media sonrisa cansada, acomodándome un mechón de pelo mojado que se me había pegado a la frente.
Liam soltó una exhalación que sonó a medio camino entre una risa y un suspiro, antes de inclinar el rostro para dejar un beso lento, casi posesivo, en la comisura de mis labios.
-Lo sé -admitió sin pizca de arrepentimiento-. Y lo volvería a hacer exactamente igual.
Nos quedamos en silencio unos minutos más, disfrutando de la tregua improvisada en medio del caos. Pero el mundo real seguía girando allá afuera, y tarde o temprano tendríamos que volver a enfrentar las reglas del juego que tanto nos gustaba romper.
El motor del auto cobró vida con un ronroneo bajo y sordo que rompió el silencio de la cabina. Liam encendió la calefacción al máximo, y una corriente de aire tibio comenzó a disipar la condensación empañada en las ventanillas, permitiendo que las luces borrosas del estacionamiento de la universidad volvieran a colarse en el interior.
Todavía estaba sentada sobre su regazo, acomodando los restos de mi ropa rota y sintiendo su pulso aún acelerado contra mi piel, cuando él apagó las luces automáticas del tablero dejándonos en una penumbra discreta.
-No te vas a ir a tu casa en autobús con ese clima, y mucho menos así -me dijo con una autoridad inapelable, mientras con una mano me apartaba el cabello de la cara con una delicadeza extraña, casi posesiva-. Nos vamos a mi departamento. Tengo ropa limpia, puedes darte una ducha y nadie nos va a interrumpir.
Quise replicar, recordándole que mi madre esperaba que regresara temprano después de las clases, pero la verdad es que la idea de volver a la monotonía de mi habitación en ese preciso instante me supo a poco. Asenté con la cabeza en silencio, dejándome llevar por el impulso destructivo de alargar nuestra burbuja un poco más.
El trayecto duró apenas veinte minutos. La lluvia seguía azotando los cristales mientras Liam conducía con una mano al volante y la otra firmemente apoyada en mi muslo, como si temiera que en cualquier semáforo en rojo decidiera abrir la puerta y huir. No lo haría. Estaba tan atada a su órbita como él a la mía.
Cuando llegamos al edificio de apartamentos donde vivía -un complejo moderno y minimalista cerca de la zona norte de la ciudad-, aparcó en el subterráneo privado. En cuanto subimos al piso superior y la puerta se cerró a nuestras espaldas con un cerrojo automático, la tensión acumulada volvió a estallar de golpe.
Liam ni siquiera se molestó en quitarse la chaqueta mojada. Me arrastró con él hacia el recibidor, me empujó contra la pared del pasillo y me devoró la boca con una urgencia renovada, una que ya no tenía rabia, sino la desesperación fría de saber que, por mucho que intentáramos ponernos límites, éramos incapaces de separarnos.
-Eres mi perdición, Zoé -me susurró en la boca, con la respiración pesada, mientras sus manos volvían a desabrochar lo poco que quedaba intacto de mi ropa-. Y me importa una mierda si el mundo se entera.
Esa noche, las paredes de su departamento fueron testigos de nuestra tregua más oscura: una mezcla de piel, susurros al borde del abismo y la certeza absoluta de que nuestra historia no iba a terminar bien, pero que ninguno de los dos estaba dispuesto a detener el tren antes del impacto final.