Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 2: En la Sombra del Tirano
El acero de su daga rozó el peto de hierro del guardia, sacando chispas. Melany giró sobre sus talones, buscando una vía de escape, pero los soldados eran veteranos curtidos en mil batallas. Uno de ellos le barrió las piernas con un movimiento rápido de su lanza, haciéndola perder el equilibrio. Caída en el suelo de mármol, intentó levantarse, pero una mano enguantada en metal pesado aplastó su muñeca contra el piso frío. El dolor la hizo ahogar un grito y la daga de plata salió rodando, resonando en la inmensidad del pasillo.
—Sujétenla. Aseguren la zona —ordenó el capitán de la guardia.
—¡Suélteme, tiranos! ¡Asesinos! —forcejeó Melany con rabia, pateando y retorciéndose mientras dos guardias la obligaban a ponerse de rodillas, sujetándole los brazos a la espalda.
En ese instante, la pesada puerta de caoba se abrió lentamente desde el interior. Las antorchas del pasillo parecieron parpadear cuando una figura de proporciones descomunales cruzó el umbral.
El silencio cayó de inmediato sobre la galería. Los seis guardias inclinaron la cabeza en una reverencia profunda y ensayada.
Antonio emergió de la penumbra.
La respiración de Melany se cortó bruscamente en su garganta. Las crónicas de guerra y los relatos de los bardos lo retrataban como un ser grotesco, un monstruo deformado por la sed de sangre. La realidad, sin embargo, paralizó a la princesa. Antonio era un coloso que superaba con frecuencia el metro noventa de estatura, con espaldas anchas que llenaban la puerta y una postura erguida que denotaba una autoridad absoluta. Vestía una túnica de gala de terciopelo azul oscuro, abierta en el cuello, sobre la cual llevaba hombreras de acero grabado y una capa gris que rozaba el suelo.
Pero fue su rostro lo que dejó a Melany sin aliento. Tenía una mandíbula firmemente esculpida, marcada por una sombra de barba de varios días, piel tez morena por el sol de las campañas militares y una cabellera oscura y rebelde que caía sobre una frente ancha. Sus ojos, de un dorado intenso y penetrante como el de una ave de rapiña, brillaban con una inteligencia felina. Poseía una atracción oscura, aterradora y abrumadoramente magnética.
Antonio caminó despacio. El choque de sus botas sobre el piso resonaba como una sentencia. Se detuvo a dos pasos de Melany, mirando primero la daga tirada en el suelo y luego fijando sus deslumbrantes ojos dorados en el rostro de la joven cautiva.
—Una asesina solitaria en el corazón de mi palacio —su voz era una vibración grave, profunda y rasposa que retumbó en las paredes y pareció resonar dentro del propio pecho de Melany—. Y por el bordado de tus botas y la insignia de la daga... no es una mercenaria cualquiera, ademas casualmente tengo un libro de la grandes familias de tu pais, y casualmente tu retrato esta justo al lado del retrato del rey — dijo tomando un libro que le dio uno de los guardias el cual tiro a sus pies en la pagina con su retrato —Eres la princesa Melany de Aethelgard.