Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.
Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.
Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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La verdad detrás de la daga.
—No. Fui yo.
Las palabras de Lucien atravesaron la habitación como una sentencia.
Evelyn sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
El hombre de cabello plateado permanecía frente a ella, sosteniendo una daga antigua cuya hoja reflejaba la luz temblorosa de las velas. Sus ojos claros, tan distintos de los de Adrian, no mostraban orgullo ni satisfacción. Solo una tristeza tan profunda que parecía haber envejecido durante siglos.
Detrás de él estaba Adrian.
Su rostro se encontraba cubierto de sangre.
—¡Adrian!
Evelyn intentó correr hacia su prometido, pero Lucien levantó una mano para detenerla.
—No te acerques todavía.
—¡Apártate de mi camino! —exclamó ella—. ¡No vuelvas a darme órdenes!
Por primera vez, Lucien pareció sorprendido.
Evelyn no esperó su respuesta. Lo esquivó y corrió hacia Adrian, que se apoyaba contra el marco de la puerta. Tenía una mano presionada contra el costado y respiraba con dificultad.
Ella llegó hasta él y le sostuvo el rostro entre las manos.
—Mírame. Adrian, por favor, mírame.
Los ojos grises del duque encontraron los suyos.
—Estoy aquí —murmuró.
—Estás cubierto de sangre.
—No toda es mía.
Evelyn bajó la mirada hacia su ropa. La camisa blanca estaba manchada de rojo desde el pecho hasta la cintura. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿De quién es?
Adrian tardó demasiado en responder.
—De Lucien.
El silencio se volvió insoportable.
Evelyn giró lentamente la cabeza.
Lucien seguía en la puerta. Una línea de sangre descendía desde su antebrazo hasta la punta de sus dedos. La daga temblaba ligeramente en su mano.
—¿Qué hiciste? —preguntó ella.
—Intenté impedir que terminara lo que empezó hace tanto tiempo.
—¿Y para eso lo heriste?
—Él me atacó primero.
—¡Basta! —gritó Evelyn—. Estoy cansada de los secretos, de los hombres que deciden por mí y de las verdades que solo aparecen cuando alguien está a punto de morir. Si quieren que los escuche, van a decirme todo. Ahora.
Adrian le sujetó la muñeca con suavidad.
—Evelyn, hay algo que debes saber.
Ella volvió a mirarlo.
—Dímelo.
—Cuando llegué, Lucien tenía la daga en la mano y tú estabas junto a Elara. Él dijo que ya había llegado el momento de pagar la deuda. Intenté quitarle el arma.
—¿Y después?
Adrian cerró los ojos un instante.
—Vi lo que ocurrió la primera vez.
El corazón de Evelyn comenzó a latir con violencia.
—¿Qué viste?
—Tu muerte.
La habitación pareció enfriarse.
I. La primera sangre
Lucien dejó la daga sobre una mesa, aunque mantuvo una mano cerca de ella.
—No fue como lo estás imaginando —dijo.
Evelyn se incorporó lentamente, sin apartarse de Adrian.
—¿Quieres decir que no me mataste?
Lucien bajó la cabeza.
—Quiero decir que no comprendes todavía qué significa la palabra primera.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando, Evelyn. Ojalá pudiera hacerlo. Ojalá todo esto fuera una mentira que pudiera deshacer con una simple disculpa.
Se volvió hacia una de las paredes. Allí colgaba un retrato antiguo que Evelyn no había visto antes. Mostraba a una mujer con su mismo rostro, vestida con un traje color marfil, junto a un hombre de cabello plateado.
Lucien.
La mujer sonreía, pero tenía una mano apoyada sobre el vientre.
Evelyn se acercó un paso.
—¿Quién es ella?
—Tú.
—No.
—Sí.
—Yo nunca usé ese vestido. Nunca tuve ese cabello. Nunca viví en una época como esa.
—No recuerdas esa vida.
—¡Porque no es mía!
La voz de Evelyn se quebró al final.
Lucien la observó con una expresión dolorida.
—Eso mismo dijiste la última vez que despertaste.
Evelyn sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Qué significa eso?
—Que ya habías regresado antes de conocer a Adrian. Mucho antes de nacer como Evelyn Ashbourne. Tu alma, tus recuerdos y tus deseos han atravesado más vidas de las que el registro puede contar.
—¿Y tú eres el responsable?
Lucien no respondió de inmediato.
Sus ojos se dirigieron a la daga.
—Yo fui quien pidió que regresaras.
Evelyn apretó los puños.
—¿Por qué?
—Porque te perdí.
—Todos me pierden. Todos dicen amarme y luego convierten mi vida en una prisión. ¿Eso es lo que significa para ustedes amar? ¿Tenerme de vuelta aunque yo nunca lo haya pedido?
Lucien recibió aquellas palabras sin defenderse.
—Al principio, creí que sí.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que fui un cobarde.
Evelyn sintió una punzada en el pecho. No por compasión, sino por el peso de comprender que aquel hombre había construido una eternidad entera alrededor de su incapacidad para aceptar una despedida.
—Cuéntame cómo morí —ordenó.
Lucien levantó los ojos.
—La primera vez que te perdí, no había ningún pacto. No existían los registros, ni los rituales, ni las familias que ahora intentan controlar el destino. Éramos simplemente dos personas que se amaban.
—¿Y qué ocurrió?
—Nuestra hija murió.
Evelyn se quedó inmóvil.
A su espalda, Adrian levantó la cabeza.
—¿Una hija? —preguntó él.
Lucien asintió.
—Era pequeña. Tenía los ojos grises y solía llevar una cinta azul en el cabello. Le gustaban las rosas blancas, aunque siempre terminaba arrancándoles los pétalos.
Evelyn sintió que algo se movía dentro de su memoria.
Una niña corriendo por un jardín.
Una risa delicada.
Unas manos pequeñas sosteniendo una flor.
Y una voz.
Mamá, no llores.
Evelyn se llevó una mano a la boca.
—Elara…
—No —susurró Lucien—. Su nombre todavía no era Elara.
Desde el otro lado de la habitación, una voz infantil respondió:
—Pero yo era ella.
Todos se volvieron.
La niña estaba junto a la puerta interior, con su vestido azul y la cinta del mismo color sujetándole el cabello. Sus ojos grises se encontraban llenos de lágrimas.
Evelyn sintió que el corazón se le partía.
—Mi pequeña estrella…
Elara corrió hacia ella.
Evelyn cayó de rodillas y la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cabello.
—Creí que te habías ido otra vez.
—No me fui, mamá.
—Te busqué en todas partes.
—Lo sé.
La niña le acarició la mejilla.
—Pero tienes que escuchar lo que va a decir. Si no recuerdas cómo empezó todo, volverá a suceder.
Evelyn cerró los ojos y abrazó a su hija aún más fuerte.
—No voy a dejar que te hagan daño.
—No puedes protegerme de todo —respondió Elara con una tristeza impropia de su edad—. Esta vez tienes que protegerte también a ti.
II. El hombre que quiso desafiar a la muerte
Lucien esperó hasta que Evelyn volvió a ponerse de pie.
—Después de la muerte de nuestra hija, tú dejaste de hablarme —continuó—. No comías. No dormías. Pasabas las noches junto a su cama, convencida de que despertaría si permanecías allí el tiempo suficiente.
—¿Y tú qué hiciste?
—Intenté salvarte.
Evelyn soltó una risa amarga.
—Qué conveniente.
—No te pido que me creas. Solo que me permitas terminar.
Adrian dio un paso hacia ellos, pero tuvo que apoyarse en la pared. Evelyn se volvió inmediatamente hacia él.
—Debes sentarte.
—Estoy bien.
—Adrian.
El duque apretó la mandíbula y obedeció, sentándose en una silla cercana.
Aquel pequeño gesto, tan cotidiano en medio de una historia imposible, le dolió a Evelyn más de lo que esperaba. Adrian podía ser orgulloso, temido y obstinado, pero ahora estaba herido y aun así intentaba mantenerse cerca de ella.
Ella regresó la atención a Lucien.
—Continúa.
—Encontré un libro en la antigua propiedad de los Whitmore. Hablaba de una fuerza capaz de responder a los deseos que nacen del dolor más profundo. No prometía devolver a los muertos. Prometía algo peor: permitir que el tiempo se doblara hasta que una pérdida pudiera corregirse.
—El pacto.
—Todavía no tenía ese nombre. Era apenas una promesa escrita en un libro sin autor.
—¿Y qué pediste?
Lucien tragó saliva.
—Pedí que volvieras a vivir.
Evelyn no dijo nada.
—No pedí que me amaras. No pedí que te casaras conmigo. Solo quería que existieras de nuevo. Creí que, si regresabas, podría encontrar una manera de evitar que nuestra hija muriera.
—Pero el precio…
—No lo conocía.
Elara bajó la mirada.
—Siempre dicen eso.
Lucien la miró con tristeza.
—Porque es verdad. El pacto nunca muestra el precio completo al principio. Te entrega aquello que más deseas y espera hasta que ya no puedas renunciar a ello.
Adrian habló desde su silla:
—¿Y qué te pidió a cambio?
Lucien tardó en responder.
—Una elección.
—¿Qué elección?
—La primera vez que Evelyn regresó, tenía que elegir entre conservar la vida que le había sido devuelta o impedir que yo muriera.
Evelyn frunció el ceño.
—No recuerdo haberte salvado.
—Porque no llegaste a hacerlo.
Lucien se acercó al retrato.
—El pacto necesitaba que una de las dos vidas quedara ligada a la otra. Si tú morías, yo permanecería. Si yo moría, tú continuarías. Pero ninguno de los dos podía marcharse sin dejar algo atrás.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé. El pacto tampoco entiende el amor como lo entendemos nosotros. Para él, amar significa estar atado. Perder significa deber. Y regresar significa pagar.
Evelyn sintió un escalofrío.
—Entonces, ¿por qué me mataste?
Lucien cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, tenía lágrimas en las pestañas.
—Porque creí que, si te mataba yo mismo, podría impedir que el pacto te utilizara.
—¿Qué?
—Habías descubierto que nuestra hija volvería a morir en cada vida que compartiéramos. Querías romper el ciclo. Yo quería conservarte. Discutimos. Tú intentaste marcharte y yo…
Se detuvo.
La daga sobre la mesa pareció absorber toda la luz de la habitación.
—Yo te herí —confesó—. Pensé que podría detenerte antes de que cruzaras la puerta. No comprendí lo que había hecho hasta que caíste en mis brazos.
Evelyn sintió que sus piernas perdían fuerza.
—Me mataste por miedo a perderme.
—Sí.
—Y después pediste que regresara.
—Sí.
—¿Y creíste que eso arreglaría algo?
Lucien no respondió.
No hacía falta.
Evelyn lo miró con una mezcla de horror y compasión por la mujer que había sido.
—No querías devolverme la vida —susurró—. Querías deshacer el momento en que dejaste de tenerme.
—Al principio, no sabía distinguir ambas cosas.
—Pero ahora sí.
Lucien inclinó la cabeza.
—Ahora sí.
III. La sangre de Adrian
Un ruido seco interrumpió el silencio.
Adrian se había levantado.
—Hay algo que no encaja —dijo.
Evelyn se volvió hacia él.
—¿Qué sucede?
—Si Lucien te mató en aquella vida y el pacto te hizo regresar, ¿por qué yo recuerdo haberte matado también?
Lucien lo miró con gravedad.
—Porque no fuiste el primer hombre al que el pacto utilizó para repetir mi error.
Adrian palideció.
—Explícate.
—El pacto no puede devolver una vida sin dejar una huella. Cada vez que Evelyn regresó, buscó un modo de recrear la pérdida original. Cambió los nombres, los rostros, las familias y las circunstancias. Pero siempre necesitó una persona que tomara una decisión por ella.
—Thomas me obligó a matarla —dijo Adrian, casi para sí mismo—. El ritual tomó el control de mi cuerpo.
—En una de tus vidas, sí.
—Entonces, ¿yo nunca la maté por voluntad propia?
Lucien guardó silencio.
Evelyn sintió que Adrian estaba a punto de derrumbarse.
Se acercó a él y le tomó la mano.
—Mírame.
Adrian obedeció, aunque sus ojos parecían perdidos en recuerdos que todavía no podía ordenar.
—No sé qué hice en todas esas vidas —murmuró—. Recuerdo tu sangre en mis manos. Recuerdo tu voz. Recuerdo que te pedí que me perdonaras, pero no sé si estaba hablando antes o después de…
—Adrian, basta.
—¿Cómo puedes tocarme después de escuchar esto?
Evelyn le sostuvo el rostro.
—Porque no voy a condenarte por recuerdos que ni siquiera comprendes. Pero tampoco voy a permitir que uses esos recuerdos para decidir por mí lo que merezco.
Él cerró los ojos contra la palma de su mano.
—Tengo miedo de volver a hacerte daño.
—Yo también tengo miedo.
Adrian abrió los ojos.
—¿Lo tienes?
—Claro que sí. Te amo, y eso no me vuelve invulnerable. No significa que vaya a confiar ciegamente en todo lo que hagas. Significa que quiero conocer la verdad y elegir qué hacer con ella.
Una lágrima se deslizó por la mejilla del duque.
—En otra vida, te habría pedido que huyeras de mí.
—Y yo te habría respondido que no necesito que me apartes de tu lado para demostrarme que me amas.
Evelyn apoyó la frente contra la suya.
—No vuelvas a decidir por mí, Adrian. Ni siquiera cuando creas que lo haces para salvarme.
Él asintió lentamente.
—Te lo prometo.
Elara observaba la escena sin intervenir.
Por primera vez desde su aparición, una pequeña sonrisa iluminó su rostro.
Pero desapareció cuando miró la daga.
—Lucien —dijo la niña—, todavía no les contaste la otra parte.
El hombre de cabello plateado se puso rígido.
—Elara…
—No puedes ocultársela otra vez.
Evelyn se separó de Adrian.
—¿Qué otra parte?
La niña se acercó a la mesa y señaló el arma.
—Esa daga no fue la que usaste para matar a mamá.
Lucien bajó la mirada.
—No.
—Entonces, ¿por qué la tienes?
El silencio se volvió denso.
Adrian observó la hoja con atención. En la empuñadura había un pequeño símbolo: una rosa blanca atravesada por una línea negra.
El mismo símbolo que Evelyn había visto en las páginas finales del registro.
—¿De dónde sacaste esa daga? —preguntó Adrian.
Lucien no respondió.
—¡Contesta! —exigió el duque.
—La encontré en la capilla antigua.
Evelyn sintió un frío repentino.
—¿La capilla donde murió Eleanor?
—Sí.
—¿Cuándo?
Lucien levantó la mirada.
—Antes de que nacieras en esta vida.
Adrian se acercó un paso, olvidándose de su herida.
—Eso es imposible.
—Para ti, sí. Para el pacto, no.
Lucien señaló el símbolo grabado en la empuñadura.
—Esta daga perteneció a Arthur Blackthorne. Fue utilizada en el primer ritual que intentó separar a los dos hermanos. No es un arma corriente. Guarda la memoria de la sangre derramada durante aquel ritual.
Adrian se quedó inmóvil.
—Mi padre…
—Tu padre creyó que podía controlar el pacto. Pensó que, si ofrecía a Alexander, la deuda recaería sobre un solo hijo y el otro quedaría libre.
—Me dijo que mi hermano había muerto al nacer.
—Porque necesitaba que lo creyeras.
Adrian apretó los puños.
—¿Y qué tiene que ver esa daga con Evelyn?
Lucien miró a la joven.
—Cuando llegué a la capilla, la hoja estaba limpia. Pero al tocarla, vi algo que no había visto en siglos.
—¿Qué?
—El momento en que Arthur intentó repetir mi primer error.
Evelyn sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—¿Qué hizo?
Lucien tragó saliva.
—Intentó matar a la mujer que creyó ser la primera Evelyn.
La habitación quedó en completo silencio.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella.
—Arthur conocía la historia de mi muerte. Había descubierto que el pacto se originó a partir de mi deseo de devolverte la vida. Quería controlar ese poder. Para hacerlo, necesitaba encontrar a la primera mujer que había regresado.
—¿Y la encontró?
Lucien asintió.
—Pero cuando la vio, no encontró a una desconocida.
Evelyn sintió que el retrato a su espalda parecía observarla.
—¿A quién encontró?
Lucien la miró directamente a los ojos.
—A ti.
IV. La mujer que estaba antes de Evelyn
Evelyn retrocedió.
—No. Eso no puede ser cierto.
—Lo sé.
—Seraphine dijo que yo fui la primera en pedirle al tiempo que me devolviera a mi hija. Tú dices que fui tu esposa. Thomas afirma que mi segunda vida fue una deuda. ¿Cuántas versiones de mí existen?
—No son versiones —respondió Lucien—. Son vidas que se superponen.
—¡Eso no explica nada!
Elara se acercó a ella y le tomó la mano.
—Mamá, hay algo que todavía no recuerdas.
Evelyn se agachó para quedar a su altura.
—¿Qué cosa, mi pequeña estrella?
La niña miró a Adrian y después a Lucien.
—La primera vez que regresaste, no volviste sola.
Evelyn sintió que el aire se le atascaba en la garganta.
—¿Quién volvió conmigo?
Elara levantó una mano pequeña y tocó el pecho de su madre.
—La mujer que eras antes de tener un nombre.
Una punzada atravesó la cabeza de Evelyn.
De repente, la habitación desapareció.
Vio un paisaje cubierto de niebla. Un río oscuro serpenteaba entre árboles sin hojas. En la orilla había una mujer vestida de blanco, con el cabello suelto y las manos manchadas de tierra.
La mujer sostenía un bebé.
Evelyn quiso acercarse, pero sus pies no se movieron.
—No —susurró la mujer—. No esta vez.
Una voz masculina respondió desde la niebla:
—No puedes cambiar lo que ya ha sucedido.
—Puedo elegir.
—Ya elegiste una vez.
La mujer abrazó al bebé contra su pecho.
—Entonces elegiré de nuevo.
La imagen se quebró.
Evelyn volvió a la habitación con un grito ahogado.
Adrian la sostuvo antes de que cayera.
—¡Evelyn! ¿Qué viste?
Ella respiraba con dificultad.
—Una mujer…
—¿Quién?
—Tenía mi rostro, pero no era yo. Sostenía a una niña. Y dijo que podía elegir de nuevo.
Lucien se había quedado blanco.
—¿Qué sucede? —preguntó Adrian.
El hombre de cabello plateado retrocedió hasta la mesa.
—Esa mujer…
—¿Quién era? —insistió Evelyn.
Lucien la miró como si acabara de comprender una verdad que había pasado siglos evitando.
—Era la mujer que yo nunca pude recuperar.
—¿Seraphine?
—No.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Era la primera de todas. La que existió antes de que el pacto tuviera un nombre. La que perdió a una hija y le pidió al tiempo que se la devolviera.
Evelyn sintió que el corazón se le detenía.
—¿Estás diciendo que esa mujer era yo?
Lucien negó lentamente con la cabeza.
—Estoy diciendo que tú eres la consecuencia de su deseo.
La frase cayó entre ellos como una piedra en aguas profundas.
Evelyn quiso responder, pero no encontró palabras.
Toda su vida, incluso la que recordaba haber vivido hasta los setenta y seis años, se había sostenido sobre una certeza: había nacido, crecido, amado, sufrido y muerto. Había sido Evelyn Ashbourne. Había tenido una historia.
Pero ¿y si su historia no era el comienzo?
¿Y si ni siquiera era la primera persona que había llevado su rostro?
Adrian le rodeó los hombros con un brazo.
—No importa de dónde vengas —le susurró—. Sigues siendo tú.
Evelyn lo miró.
—¿Y si no lo soy?
—Entonces te conoceré de nuevo.
La sencillez de sus palabras le provocó lágrimas.
—¿Y si olvido todo? ¿Y si un día ya no recuerdo tu rostro?
Adrian le tomó la mano y besó sus nudillos.
—Te diré mi nombre. Te contaré cómo te reíste de mí la primera vez que intenté intimidarte. Te recordaré que odias que decidan por ti y que finges ser más valiente de lo que te sientes cuando tienes miedo.
Una sonrisa temblorosa apareció en los labios de Evelyn.
—No finjo tanto.
—Por supuesto que no, mi duquesa.
Ella apoyó la cabeza contra su pecho.
Durante unos segundos, el mundo dejó de exigirles respuestas.
Pero entonces Elara habló.
—Si siguen juntos, el pacto los encontrará.
Adrian levantó la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
La niña miró el registro negro que llevaba entre las manos.
—La última página cambió.
Evelyn se apartó de Adrian.
—¿Cambió cómo?
Elara abrió el libro.
La tinta parecía moverse sobre el papel, formando letras que no estaban allí antes.
Evelyn Ashbourne.
Adrian de Blackthorne.
Debajo de sus nombres había aparecido una nueva frase:
«La deuda no terminará cuando uno de los dos muera. Terminará cuando ambos recuerden a quién prometieron entregar».
Evelyn sintió que el cuerpo se le helaba.
—¿A quién entregamos?
Elara levantó la mirada.
Sus ojos grises estaban llenos de una tristeza antigua.
—A mí.
V. La promesa que nadie recordaba
—No —dijo Evelyn inmediatamente—. Eso no es posible.
Elara no respondió.
—Mi pequeña estrella, mírame. Tú no puedes haber sido el precio. Nunca habría aceptado perderte.
—Sí lo hiciste, mamá.
Las palabras fueron suaves.
Precisamente por eso dolieron tanto.
Evelyn se quedó sin aire.
—Yo…
—No lo hiciste porque no me amaras. Lo hiciste porque creíste que era la única forma de salvar a papá.
Adrian se puso de pie de golpe.
—¿Qué?
Elara se volvió hacia él.
—Tú también lo prometiste.
El duque palideció.
—¿Qué prometí?
La niña cerró el libro.
—Que, si yo volvía a morir, no intentarías traerme de regreso. Que dejarías que mamá viviera, aunque eso significara perderme para siempre.
Adrian retrocedió como si lo hubieran golpeado.
Una imagen cruzó su mente: un jardín cubierto de nieve, una niña dormida entre sus brazos y Evelyn llorando frente a una puerta abierta. Él estaba arrodillado, sosteniendo una pequeña caja de madera.
Una voz femenina le decía:
Prométeme que no volverás a hacerlo.
Y él respondía:
Lo prometo.
Adrian se llevó ambas manos a la cabeza.
—No…
Evelyn corrió hacia él.
—Adrian, ¿qué recuerdas?
Él la miró con desesperación.
—Yo la sostuve. Estaba muerta. Tú me pediste que no intentara traerla de vuelta.
Elara asintió lentamente.
—Y lo hiciste.
—Pero después…
Adrian dejó de hablar.
Sus ojos se abrieron con horror.
—Después rompí mi promesa.
Elara comenzó a llorar.
—Sí, papá.
Evelyn sintió que el corazón se le rompía al escucharla llamarlo así.
Adrian se arrodilló frente a la niña.
—Perdóname.
Elara le acarició el cabello.
—No vine a pedirte que te disculpes.
—Entonces, ¿qué quieres de mí?
—Que esta vez me dejes elegir.
La habitación pareció detenerse.
Evelyn miró a su hija, comprendiendo por primera vez que la niña no había regresado únicamente para que la rescataran.
Había vuelto para reclamar algo que nadie le había concedido jamás.
Su propia voluntad.
—¿Qué quieres elegir? —preguntó Evelyn.
Elara respiró profundamente.
—Quiero que dejen de intentar traerme de vuelta.
Evelyn negó con la cabeza, con lágrimas en los ojos.
—No puedo…
—Mamá.
—No puedo perderte otra vez.
—Ya me perdiste muchas veces.
La niña le tomó las manos.
—Y yo también te perdí a ti.
Evelyn apretó los labios, incapaz de hablar.
—No quiero volver como una niña que todos intentan salvar —continuó Elara—. No quiero ser el precio de sus promesas. No quiero que papá muera por mí, ni que tú renuncies a tu vida para encontrarme.
—Pero eres mi hija.
—Siempre lo seré.
Elara apoyó la frente contra la de Evelyn.
—Incluso si no vuelvo a nacer.
Un sollozo escapó de la garganta de la joven.
Adrian las abrazó a ambas, cerrando los ojos con fuerza.
Por un instante, parecieron una familia normal. Una madre, un padre y una hija que se amaban.
Pero el libro negro comenzó a arder.
No con llamas, sino con una luz blanca que se filtró entre sus páginas.
Lucien se apartó de la mesa.
—¡Aléjense del registro!
La luz iluminó las paredes y el retrato antiguo se resquebrajó.
Debajo de la pintura apareció una inscripción que ninguno había visto antes:
«La primera deuda fue pagada con sangre. La segunda, con memoria. La última exigirá una elección libre».
Adrian tomó la mano de Evelyn.
—No vamos a entregar a nuestra hija.
—No —respondió ella, mirando a Elara—. Pero tampoco vamos a obligarla a quedarse.
La niña levantó los ojos hacia su madre.
Por primera vez, pareció aliviada.
Entonces Lucien pronunció unas palabras que hicieron que todos volvieran la cabeza.
—Hay una forma de terminarlo.
Evelyn lo miró con desconfianza.
—¿Cuál?
Lucien señaló la inscripción.
—El pacto nació de una elección que alguien hizo en nombre de otra persona. Para romperlo, deben encontrar el momento exacto en que esa elección fue robada y devolverle a esa persona el derecho a decidir.
—¿A quién? —preguntó Adrian.
Lucien miró a Elara.
—A la primera niña.
La luz del registro se apagó de golpe.
En la oscuridad, se oyó el sonido de una puerta abriéndose al final del corredor.
Después, una voz de mujer susurró:
—Llegan demasiado tarde.
Evelyn reconoció aquella voz.
Era la suya.
Pero no la de ahora.
Era la voz de la mujer del paisaje cubierto de niebla.
La primera mujer.
La que había existido antes de que el tiempo aprendiera a devolver a los muertos.
Y cuando las velas volvieron a encenderse, Lucien había desaparecido.
Sobre la mesa, junto a la daga, había quedado una hoja arrancada del registro.
Evelyn la tomó con manos temblorosas.
En ella había una fecha:
17 de octubre de 1816.
Y debajo, un nombre escrito con tinta roja:
ELEANOR DE BLACKTHORNE.
Adrian dejó de respirar por un instante.
—Mi madre…
Evelyn dio vuelta la hoja.
En el reverso había una última frase:
«Ella no murió intentando romper el pacto. Murió porque fue la única que consiguió hacerlo… y alguien tuvo que devolverlo a la vida».
Un golpe retumbó en la puerta.
Luego otro.
Adrian se colocó delante de Evelyn y Elara, dispuesto a protegerlas, aunque apenas podía mantenerse en pie.
—¿Quién está ahí? —exigió.
Desde el otro lado llegó una respuesta.
—Alguien que ustedes creían muerto.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Y Evelyn comprendió, con un terror helado, que la verdad sobre la primera muerte apenas acababa de empezar.
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Que abra pasado???
Quede en suspenso.
😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.
Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.
En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.
Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Oooooooo cielos.
En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.
😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Me encanta la Historia
👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Me volví masoquista.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Me encanta Margaret,.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁