Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.
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Una verdad a medias
—¿Quién te aseguró que no volvería a hacerlo? —preguntó Isolde.
Lucien apretó la mandíbula.
—No puedo explicártelo aquí.
—Parece que nunca puedes explicarme nada.
—¡Intento protegerte!
—¡Entonces empieza por decirme la verdad!
El silencio cayó entre ambos.
Kael apareció en la puerta, alertado por las voces. Detrás de él, Rowan sujetaba al mensajero que habían detenido.
—¿Interrumpo algo? —preguntó el rey.
—Mi primo acaba de admitir que alguien está detrás de los documentos desaparecidos, pero parece incapaz de decirme quién —respondió Isolde.
Kael miró a Lucien.
—Será mejor que empieces a hablar.
—No recibo órdenes tuyas, rey de Draven.
—Perfecto. Entonces considéralo una sugerencia antes de que tu prima pierda la paciencia.
Isolde le lanzó una mirada a Kael.
—No necesito que me defiendas.
—No lo hacía por ti. Me estaba divirtiendo.
Ella puso los ojos en blanco.
Por primera vez en toda la mañana, Lucien pareció desconcertado al verlos discutir como si la situación no fuera grave.
Pero la expresión de Isolde volvió a endurecerse enseguida.
—Quiero ver esa carta.
Rowan se la entregó.
El sobre llevaba el sello de una casa noble de Valenne, aunque la firma del remitente había sido raspada.
Isolde rompió el sello y leyó el contenido.
Solo había una frase.
Los documentos deben desaparecer antes de la boda. No podemos permitir que la princesa descubra lo que ocurrió en la frontera.
Isolde levantó la mirada lentamente.
—¿Qué ocurrió en la frontera?
Nadie respondió.
Entonces comprendió algo todavía peor.
La boda no era únicamente una alianza política.
Había alguien que temía lo que pudiera descubrir antes de que se celebrara.
—Rowan, interrogue al mensajero —ordenó Kael—. Quiero saber quién le entregó la carta.
Isolde lo miró con desaprobación.
—En mi reino, las órdenes las doy yo.
Kael sostuvo su mirada y, sin discutir, se volvió hacia ella.
—Por supuesto, alteza. ¿Desea ordenar que lo interroguen?
Rowan ocultó una sonrisa.
—Sí —respondió Isolde, satisfecha—. Y quiero estar presente.
Una hora después, el mensajero seguía negándose a revelar el nombre de quien lo había contratado.
Sin embargo, había cometido un error.
Reconoció el anillo que Isolde le mostró: pertenecía a la casa Beaumont.
—No significa que lord Beaumont le haya entregado la carta —advirtió Kael cuando quedaron solos en el pasillo—. Alguien podría haber utilizado su sello.
—Lo sé.
—Entonces no lo acuse sin pruebas.
Isolde se volvió hacia él.
—¿Siempre es tan cuidadoso cuando se trata de sus propios nobles?
La pregunta lo sorprendió.
—Sí.
—¿Incluso si sospecha que uno de ellos está traicionándolo?
—Especialmente entonces. Un rey que castiga sin pruebas termina gobernando mediante el miedo.
Isolde guardó silencio.
Era la primera vez que escuchaba a Kael hablar de su poder sin arrogancia.
—Quizá no sea tan insoportable como pensaba —admitió.
—No se preocupe. Haré un esfuerzo por recuperar mi reputación.
Ella sonrió apenas.
Entonces Kael reparó en que Isolde estaba apretando su colgante.
—¿Qué ocurre?
—Mi padre desconfiaba de Beaumont. Recuerdo haberlos escuchado discutir unos días antes de su muerte.
Kael dejó de sonreír.
—¿Sobre qué?
—No lo recuerdo. Era una conversación privada y mi padre me pidió que me marchara.
Isolde bajó la mirada.
—Debí haber prestado más atención.
—No puede culparse por no haber conocido secretos que nadie quiso compartir con usted.
Ella lo observó, sorprendida por la seriedad de sus palabras.
Por un instante, estuvo a punto de contarle cuánto extrañaba a su familia.
Pero todavía no confiaba lo suficiente en él.
—Gracias, majestad.
Kael inclinó ligeramente la cabeza.
—No se acostumbre, princesa.
Esa noche, Isolde recibió una nota anónima.
La encontró sobre su escritorio, junto al colgante que se había quitado para cambiarse de vestido.
La abrió con cuidado.
Si quiere saber quién ordenó la muerte de su padre, busque bajo la capilla antigua. Vaya sola.
Isolde leyó el mensaje dos veces.
Podía ser una trampa.
Probablemente lo era.
Pero también podía ser la primera oportunidad real de descubrir la verdad.
Guardó la nota y volvió a ponerse el colgante.
Después se acercó a la ventana.
En el patio, Kael conversaba con Rowan antes de retirarse a sus aposentos.
Isolde dudó.
Había prometido no ocultarle información que afectara a ambos reinos. Sin embargo, si le mostraba la nota, él intentaría impedir que fuera sola.
Y esta vez necesitaba tomar su propia decisión.
No sabía que, desde el otro extremo del pasillo, una figura había observado cómo guardaba el mensaje.
Alguien que conocía perfectamente el camino hacia la capilla antigua.
Y que estaba dispuesto a asegurarse de que Isolde jamás regresara de allí.