el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.
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El ascenso a la montaña del Dios Elfo
Mientras abandonábamos las escalinatas del palacio real, los pasos pesados del monarca enano apresuraron el ritmo hasta alcanzarnos en el patio de armas.
—¡Joven Adamas, escúchame bien! —advirtió el Rey Gurkas IV con el rostro desencajado por la gravedad—. Te han tendido una trampa mortal. Viajar a esa cumbre es una sentencia de muerte segura. Nadie... ¡absolutamente nadie, ni siquiera ese arrogante Rey Elfo, ha logrado regresar victorioso de ese lugar!
—Está bien, Gran Rey —respondí con una inclinación respetuosa, ajustando la empuñadura de mi espada—. Le estoy sumamente agradecido por haber venido junto a su corte a intervenir por nosotros. Esta misión será absurdamente difícil, lo sé, pero es el único camino que me queda para limpiar mi honor, el de mi madre y la memoria de mi padre.
—Bueno... si vas a agradecer a alguien, dáselas a la elfa —añadió el rey enano, señalando con la barbilla a Armia—. Ella envió la carta mediante su halcón mensajero y por eso puse en marcha a mi guardia personal.
Armia desvióa la mirada al instante, cruzándose de brazos con un bufido y las orejas rojas.
—¡Bah! Deja eso de lado... ¿Quién te crees que eres para andar peleando mis batallas, mocoso? Yo pienso resolver esta situación con ese viejo asqueroso por mis propios medios. ¡No necesitaba tu ayuda!
—Sí, elfa, lo que tú digas —sonreí levemente, mirándola con serenidad—. Eres mi compañera de escuadra y quería ayudarte. Además... odiaría ver tu joven rostro atada de por vida a ese viejo vejestorio.
—¡I-Idiota! —masculló Armia, ruborizándose por completo y dando la vuelta para ocultar su rostro.
Ania se acercó a mi costado, tomándome de la mano con fuerza. Sus pupilas doradas temblaban con una preocupación contenida.
—Esposo... temo por ti. Si ese lugar es tan nefasto como dicen para que vayas completamente solo... de verdad, ¿me das tu palabra de que regresarás con vida a mi lado?
La atraje hacia mí y le deposité un beso en la frente.
—Sí, mujer. Te doy mi palabra de honor: regresarás a verte. Y cuando limpie nuestro nombre ante este reino, podremos volver a las cordilleras enanas y al fin establecernos en paz.
El viaje hacia las estribaciones de la montaña sagrada me tomó apenas un día y medio de marcha ininterrumpida. El sendero serpenteante dio paso a colosales escalinatas de piedra labradas directamente en la roca de la cumbre. Conforme ascendía, el viento helado comenzó a cortar el aire y la escarcha empezó a congelarme las jubas y la capa.
Al alcanzar la meseta superior, la niebla se abrió para revelar la estructura: el Castillo del Divino Don era gigantesco, colosal, una fortaleza de proporciones titánicas erigida con un extraño mineral de tono dorado resplandeciente, pero carcomido por el paso de eones y la erosión de los vientos ancestrales.
—Bien... —murmuré, desenvainando la Espada de las Cinco Voluntades, cuya hoja reaccionó al ambiente emitiendo un zumbido tibio—. Veamos qué hay aquí que resulta tan aterrador y difícil para los reyes.
Mientras tanto, en una de las galerías privadas del palacio real de Antiqua, Armia caminaba con paso firme hasta encarar directamente al Mago Real.
—Oye, tú... —llamó la maga con voz gélida.
Durkman se dio la vuelta, dibujando una sonrisa autosuficiente en su rostro gastado.
—Ah... mi bella prometida. ¿Lo has pensado bien y al fin decides quedarte a mi lado?
El Mago Real extendió la mano con intención de posarla sobre la cabeza de la joven, pero Armia le apartó el brazo de un manotazo lleno de desprecio.
—¡No me toques!... No te atrevas a ponerme una mano encima jamás.
—Vamos, no seas tan amargada —se burló Durkman, acomodándose las vestiduras—. Antes te complacía que lo hiciera; desde que eras una niña pequeña éramos tan unidos en la corte...
—¡Cállate ya! —lo cortó la maga, apretando los puños con repugnancia—. No quiero tocar ese tema; se me revuelve el estómago de solo recordarlo. Estoy aquí por una sola pregunta y me la vas a responder ahora mismo: ¿qué es lo que hay realmente en esa montaña? Solo sé que tú y el Rey Elfo ascendieron juntos una vez y salieron de allí con la cola entre las patas. Lo que sea que habite en esa cumbre fue demasiado para ustedes dos... Y si enviaron a ese tonto muchacho allá arriba es porque saben perfectamente que no regresará. ¡Habla de una vez! ¿Qué es lo que se esconde en el Castillo del Divino Don, ese sitio donde dicen que entran los cobardes y salen los héroes?
Durkman dejó escapar una risita grave, apoyándose en su báculo de madera negra.
—Bueno... en parte tienes razón. No esperamos que el muchacho regrese con vida; solo estamos haciendo tiempo para enviar a los guardias a recoger la espada fuera de la puerta. Así que te lo diré: la criatura que resguarda los tesoros sagrados de ese castillo no es nada más ni nada menos que un Dragón de Nivel Divino.
Armia se congeló en su sitio. Su báculo mágico resbaló de sus manos, chocando ruidosamente contra el suelo de mármol.
—¿Qué...? Eso... eso es imposible. Es una falacia, una mentira. Esas criaturas pertenecen únicamente a los cuentos de fantasía que se les narran a los infantes. El rango más alto registrado para una bestia en los anales del gremio son los Dragones Nivel Emperador...
—Siento decirte, mi bella prometida, que estás profundamente equivocada —explicó Durkman, dando un paso alrededor de ella—. Los Dragones Divinos existen desde el origen de los tiempos, nacidos durante la gran Guerra Celestial donde el Dios Elfo, el Dios de los Hombres, el Dios Enano, la Diosa Hada y el Dios de los Gigantes unieron sus fuerzas para derrotar al Dios Demonio y a sus aberraciones cósmicas. Esas entidades eran guardianes primordiales. Algunos consideraron absurdo aquel conflicto y se aislaron; este dragón en particular quedó fascinado por la arquitectura de los dioses y estableció su nido allí. Se rumora que entabló una gran amistad con el Dios Elfo, razón por la cual le erigió esa fortaleza. Sin embargo, ya no recibe visitas de nadie: los pocos imprudentes que se atreven a subir mueren o apenas logran escapar con vida... como nos ocurrió al Gran Rey y a mí.
—Hablas de él como si fuera una entidad consciente... como si se tratara de un ser superior —murmuró Armia, sintiendo un sudor frío en la nuca.
—Es que lo es —afirmó el Mago Real—. Desafortunadamente, cuando nos enfrentamos a él, ni mi magia divina ni la esgrima del Rey Dumnen pudieron hacerle el menor rasguño, a pesar de que el monarca blandía en ese entonces la mismísima Espada de las Cinco Voluntades. La criatura ni siquiera se molestó en hablar con nosotros. Así que lo siento por tu joven amigo: dudo francamente que salga con vida de esa cumbre. Y en cuanto fracase... tú serás mía por completo, en mi corte y en mi cama.
—¡Cállate, maldito asqueroso! —gritó Armia, recuperando su bastón del suelo y clavándole una mirada llena de odio—. ¡Jamás te perteneceré! ¡Antes de ceder ante ti, me quitaré la vida!
Sin decir una palabra más, la joven elfa dio la vuelta y se retiró a paso veloz hacia los aposentos de la embajada enana. Allí, sentada sobre un muro de piedra mirando fijamente hacia la cumbre nevada de la montaña del Dios Elfo, se encontraba Ania, esperando pacientemente el regreso de su amado.