Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?
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La mentira de un rey
—¡Yo no le ordené cerrar el santuario! —repitió la voz de Eryndor desde las profundidades—. ¡Darian está ocultándote la verdadera razón por la que tu madre desapareció!
Náyrel sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Miró al soberano de las Sombras, esperando que negara las palabras de su padre o que, al menos, ofreciera una explicación. Darian permaneció inmóvil, con el rostro endurecido y los ojos fijos en el pedestal.
—Mírame cuando te hablo —exigió ella—. ¿Mi padre te ordenó cerrar el santuario o no?
—No de la manera en que te lo he contado.
—¿Qué significa eso?
Darian respiró profundamente.
—Eryndor me pidió que protegiera el sello. Me dijo que, si la fuerza encerrada despertaba, debía cerrar las puertas del santuario, sin importar quién permaneciera dentro. Yo acepté. Cuando llegué, tu madre estaba intentando impedir que el sello se rompiera.
—Entonces sabías que ella podía quedar atrapada.
—Sí.
Náyrel apartó la mirada. La respuesta le dolió más que cualquier excusa. Darian no había sido un simple testigo de la tragedia de su familia; había participado en una decisión cuyas consecuencias todavía la perseguían.
—¿Y después qué hiciste?
—Cerré el santuario. Cuando regresé, la entrada había desaparecido. No pude encontrar a tu madre ni a tu padre. Solo quedaban los restos de la magia y una señal de que el sello seguía activo.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque temía que me odiaras antes de conocer toda la historia.
—No necesitabas darme motivos para odiarte. Bastaba con que me dejaras decidir por mí misma.
Darian bajó la cabeza. Por una vez, no intentó imponer su autoridad ni exigirle que comprendiera sus razones.
La voz de Eryndor volvió a resonar.
—¡Náyrel, escucha! Darian sabía que tu madre estaba viva al otro lado del sello. Durante todos estos años, pudo haber intentado encontrarla.
Ella se volvió hacia él.
—¿Es verdad?
—Sabía que existía una posibilidad —respondió Darian—. Pero cada intento de alcanzar el santuario debilitaba el sello. Si lo destruía, podía liberar aquello que tu madre había encerrado.
—¿Y nunca pensaste que yo merecía saberlo?
—Sí. Cada día.
—Pero elegiste por mí.
—Sí.
La sencillez de aquella confesión la enfureció. Náyrel quería una explicación que hiciera menos dolorosa la verdad, pero Darian no se la ofrecía. Quizá porque no existía.
De pronto, las siete figuras del pedestal reaparecieron. La primera, cuya luz era blanca, extendió una mano hacia Náyrel.
—La heredera ha escuchado la confesión del guardián. El primer juramento se ha cumplido, pero la verdad permanece incompleta.
—¿Qué falta por saber? —preguntó Náyrel.
—Aquello que el rey de la Luna Blanca teme recordar.
Un destello atravesó la cámara. Por un instante, Náyrel vio una imagen: su madre frente a una puerta gigantesca, con la llave de plata entre las manos. Eryndor estaba detrás de ella, y Darian aparecía al otro lado de la sala, cubierto de sombras.
Pero había alguien más.
Una silueta alta, rodeada de una oscuridad distinta a la de Darian, observaba desde las profundidades. No tenía rostro, solo dos puntos de luz dorada.
La visión desapareció.
Náyrel se tambaleó y Darian la sujetó del brazo. Ella estuvo a punto de apartarse, pero la fuerza que recorría la cámara le impedía mantenerse firme. Él la sostuvo hasta que recuperó el equilibrio y después soltó su brazo sin que ella tuviera que pedírselo.
—¿Qué era eso? —preguntó.
—No lo sé —respondió él, aunque su expresión sugería que la imagen le resultaba familiar.
—No vuelvas a mentirme.
—No lo haré.
—No te he dicho que confíe en ti.
—Lo entiendo.
Náyrel se acercó al pedestal. En la piedra había aparecido una nueva inscripción:
El segundo juramento será cumplido cuando el padre confiese aquello que hizo para salvar a su hija.
Ella sintió que el pecho se le cerraba.
—Mi padre también tiene algo que confesar.
—Sí —dijo Darian—. Y creo que es mucho más importante de lo que imaginamos.
La voz de Eryndor se escuchó una última vez, esta vez con una desesperación que no había mostrado antes.
—¡Hija, no permitas que abra la puerta! ¡Si recuerdas quién eres, comprenderás que yo hice todo por salvarte!
Náyrel miró la oscuridad bajo el pedestal. Durante años había creído que su madre era la única persona que podía explicarle su origen. Ahora descubría que sus dos padres guardaban secretos y que Darian, el hombre al que más motivos tenía para desconfiar, quizá fuera también el único que podía conducirla hasta ellos.
Entonces, una pequeña puerta apareció en la pared.
Sobre ella había siete estrellas y, en el centro, una inscripción escrita con la letra de Aveline:
«Náyrel, si has llegado hasta aquí, significa que tu padre ya ha comenzado a despertar».
La joven acercó la mano a la puerta.
Desde el otro lado, alguien golpeó tres veces.
Y una voz femenina, débil pero inconfundible, susurró su nombre.
—Náyrel… hija mía. No dejes que entre.