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Un Amor Posesivo

Un Amor Posesivo

Status: En proceso
Genre:Yaoi / Mafia
Popularitas:777
Nilai: 5
nombre de autor: Kioko kento

un romance entre un mafioso y un femboy

NovelToon tiene autorización de Kioko kento para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CELOS

Lucian comenzó a jugar con Dante de unaforma mucho más peligrosa que cualquier amenaza directa. No enviaba amenazas de muerte, ni explosivos, ni órdenes de rendición. En su lugar, enviaba información. Fotografías tomadas a escondidas desde ángulos que distorsionaban la realidad, mensajes breves y cuidadosamente redactados para sembrar la inseguridad, y fragmentos de un pasado que Dante creía haber dejado atrás para siempre.

Una tarde, el correo electrónico de Dante recibió una imagen que le heló la sangre. En ella, Adrián aparecía de pie junto a la entrada de la cafetería, conversando animadamente con un hombre de su edad. Se reían juntos. El hombre le entregaba un pequeño paquete, y Adrián lo tomaba sin dudarlo. A primera vista, parecía una escena inocente, pero en manos de alguien que sabía exactamente dónde golpear, se convirtió en una trampa.

Dante sintió cómo la vieja y familiar sensación de celos le subía por el pecho, ardiente y posesiva. Durante años, esa emoción había sido su brújula: si algo le molestaba, lo apartaba. Si alguien se acercaba demasiado, desaparecía. Pero esta vez, se obligó a detenerse. Apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos, respiró hondo tres veces, y esperó. No iba a caer en la trampa. No cuando tanto estaba en juego.

Cuando Adrián llegó a casa esa tarde, olía a café y a lluvia, con esa sonrisa suave que siempre dedicaba a Dante al cruzar la puerta. Pero esa sonrisa se suavizó un poco al notar la expresión seria de Dante, que lo esperaba de pie junto a la mesa del salón, con la tableta en la mano.

—¿Ocurre algo? —preguntó Adrián, dejando su mochila en una silla y acercándose lentamente.

Dante le mostró la pantalla, donde la fotografía seguía ahí, inmóvil y silenciosa.

—¿Quién es? —preguntó Dante. Su voz no era dura, pero tampoco relajada. Era la voz de alguien que estaba haciendo un esfuerzo inmenso por no romper todo a su alrededor.

Adrián miró la imagen y sus ojos se iluminaron con un reconocimiento inmediato.

—Ah, es Javier. Un amigo de la época en que estudiaba cocina. Pasaba por la zona y se detuvo a saludar. Me trajo unas especias que me prometió hace semanas —explicó con naturalidad.

Dante asintió lentamente. La explicación tenía sentido. Encajaba con todo lo que sabía de Adrián, de su amabilidad, de cómo conservaba a las personas que le importaban.

—¿Confías en él? —preguntó Dante, y se sorprendió a sí mismo por lo mucho que le costó pronunciar esas palabras.

Adrián lo miró directamente a los ojos, sin rastro de duda en su rostro.

—Sí. Mucho. Es una buena persona.

Dante apartó la mirada un instante, miró hacia la ventana donde la noche comenzaba a caer sobre la ciudad, y luego volvió a mirarlo.

—Entonces está bien.

Adrián parpadeó, visiblemente sorprendido.

—¿Eso fue todo? ¿No vas a preguntarme qué le dije, cuánto tiempo estuvimos hablando, por qué no me mencionaste que lo conocías?

Dante negó con la cabeza, y por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa genuina, aunque un poco cansada, le curvó los labios.

—Estoy aprendiendo. Estoy intentando confiar en ti, en lugar de confiar solo en lo que mi miedo me dice que debería temer. No es fácil. Pero lo estoy intentando.

Adrián soltó una pequeña risa de alivio y dio un paso más, acercándose lo suficiente como para tomarle la mano y entrelazar sus dedos con los de él.

—Estoy orgulloso de ti, Dante. De verdad. Sé cuánto te cuesta.

—No tienes ni idea de lo difícil que fue no salir corriendo a buscarlo para interrogarlo antes de que llegaras tú —admitió Dante en un susurro, apretando suavemente su mano.

—Lo sé. Pero lo estás haciendo bien. Vamos bien, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Aquella calma, sin embargo, duró solo unas horas.

Esa noche, cuando Adrián ya dormía en la habitación de al lado, el teléfono de Dante vibró sobre la mesa de noche. No tenía número identificador. Sabía exactamente de quién era antes de leerlo.

"Puedes controlar tus celos, Dante. Has aprendido a contenerse como un perro bien entrenado. Pero no puedes controlar el pasado de Adrián. No puedes controlar lo que él fue antes de que tú aparecieras en su vida. Hay cosas que ni siquiera él sabe todavía. Y hay verdades que cuando salen a la luz, destruyen incluso al amor más fuerte."

Dante apretó el teléfono con tanta fuerza que pensó que podría romperse. La respiración se le aceleró. Lucian conocía sus debilidades. Sabía que el miedo a perder a Adrián era el único punto débil que realmente importaba. Y estaba golpeando allí, una y otra vez, con precisión quirúrgica.

Casi sin darse cuenta, Adrián apareció en el umbral de la puerta, con una manta sobre los hombros y el cabello revuelto por el sueño.

—¿Qué ocurre? Te escuché moverte... —se calló al ver la expresión de Dante—. ¿Otro mensaje?

Dante asintió y le mostró el texto. Adrián lo leyó con el ceño fruncido.

—Quiere que pierda el control —dijo Dante con voz tensa—. Quiere que desconfíe de ti, que me convierta en el hombre que era antes, que destruyamos nosotros mismos lo que hemos construido. Es un juego mental, y lo está haciendo muy bien.

—Entonces no le des lo que quiere —dijo Adrián con firmeza, acercándose para poner una mano sobre su hombro—. No dejes que gane. No somos su juego.

Dante asintió, pero no pudo evitar sentir un nudo en el estómago.

—No lo haré. No voy a dejar que nos destruya.

Pero justo cuando iba a guardar el teléfono, la pantalla se iluminó de nuevo. Había una segunda línea, oculta al final del mensaje anterior:

"Mañana conocerás la verdad sobre él. Y desearás no haberlo conocido nunca."

Dante miró esas palabras largamente. Luego levantó la vista y encontró los ojos de Adrián, que lo observaban con preocupación y confianza absoluta. Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué esperar. No sabía qué clase de "verdad" Lucian tenía preparada. No sabía si podría soportarla. Y lo que era peor: no sabía si, cuando llegara el momento, sus propios demonios serían lo suficientemente fuertes como para no romper todo lo que tanto le había costado construir.

1
Brisa Romero
/Curse/
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