Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor
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Capítulo 2: Línea de Fuego
Durante las tres semanas siguientes a la fiesta del hangar, Dante Cruz descubrió lo que era convertirse en un fantasma.
Acostumbrado a que Sienna apareciera en el porche de la residencia Keller cada vez que él aparcaba su camioneta —fingiendo leer un libro o trayendo jarras de limonada con hielo al gimnasio del sótano—, el silencio repentino le sentó como un disparo en seco. Cuando Dante cruzaba la puerta principal junto a Liam, ella simplemente no estaba. Y si coincidían en el vestíbulo, Sienna ni siquiera levantaba los ojos de su tableta: pasaba a su lado con la indiferencia glacial con la que se sortea una columna de cemento.
—¿Qué demonios le pasa a tu hermana? —le había soltado Dante a Liam un martes, apoyado contra el saco de boxeo del sótano con los nudillos vendados y la respiración agitada—. Lleva un mes mirándome como si fuera basura pegada a su bota.
Liam soltó una carcajada mientras se quitaba las vendas:
—Cumplió dieciocho, hermano. Mi madre la llevó a Nueva York a ver desfiles y ahora cree que el resto de los mortales no estamos a su nivel estético. Déjala. Se le pasará cuando necesite que le cambiemos una rueda del coche.
Pero Dante no lo creía. Recordaba con una punzada incómoda en el estómago el vestido de satén negro, la espalda descubierta y, sobre todo, esos ojos castaños convertidos en hielo puro en el piso superior del club de oficiales. Había intentado acorralarla dos veces en la cocina:
«¿Sigues muda, Cristalito?», le había dicho con su habitual sonrisa ladeada, esperando el sonrojo furioso o el insulto infantil de siempre.
Sienna ni siquiera pestañeó. Lo miró de arriba abajo con un desdén tan absoluto que le heló la sangre, dejó su taza de café en la encimera y respondió con una voz que no tembló un solo milímetro:
«Teniente Cruz. En esta casa los subordinados de mi padre usan el rango. Y quítese de mi camino antes de que le recuerde que este metro cuadrado es propiedad privada».
Esa había sido su última interacción.
En el ático de su dormitorio, a espaldas del resto de la mansión, el mundo de Sienna operaba en otra frecuencia.
Rodeada por tres monitores curvos con código en cascada y una terminal encriptada conectada a una red satelital independiente, Sienna cerraba el último cortafuegos. A través de la llamada grupal segura en su auricular inalámbrico, sus dos únicas confidentes contenían la respiración.
—Dime que ya cayó la confirmación —exigió la voz de Chloe desde la pantalla inferior, mordiéndose una uña—. Llevo tres días sin dormir esperando que el servidor federal responda.
—Si no te aceptaron a ti después de hackear la red de suministros de la base de Norfolk sin dejar un solo rastro, el gobierno merece que los rusos le apaguen la red eléctrica —añadió Valeria, su otra amiga, desde un estudio en Boston.
Sienna no respondió con palabras. Presionó la tecla de retorno.
La pantalla central parpadeó en rojo antes de estabilizarse en un negro azabache sobre el que se desplegó el sello en relieve del águila bicéfala y las siglas clasificadas:
DIVISIÓN DE OPERACIONES ESPECIALES Y CIBERINTELIGENCIA NEGRA (SOCID)
CANDIDATO 0-774: ACEPTADA.
DESTINO: COMPLEJO DE ENTRENAMIENTO "BLACK SITE FOUR", VIRGINIA OCCIDENTAL.
PRESENTACIÓN OBLIGATORIA: VIERNES 0600 HORAS.
—Entré —susurró Sienna. Una sonrisa fría, afilada y llena de pólvora se dibujó en sus labios—. Con la calificación de ingreso más alta en ciberanálisis y puntería de la promoción.
—¡Santa madre de Dios! —gritó Chloe al otro lado—. Vas a meterte en la boca del lobo. ¿Cuándo se lo dices a la patrulla de simios con uniforme que tienes por familia?
Sienna miró el reloj digital en la esquina del monitor. Faltaban veinticuatro horas para el plazo de presentación.
—Hoy. En la cena. Y me aseguré de que sea a puerta cerrada.
El mensaje en el grupo familiar de mensajería cifrada había sido breve, quirúrgico y tajante:
> De: Sienna
> Cena obligatoria hoy a las 20:00. Salón principal.
> Requisito operativo: SOLO familia directa. Papá, mamá y los cuatro. Ni amigos, ni novias, ni agregados.
> Especialmente sin Cruz.
>
En el cuartel general de la brigada, Liam, Gael, Bruno y Mateo se habían pasado la captura de pantalla entre risas mientras limpiaban sus armas reglamentarias.
—La princesa convocó un gabinete de crisis —se burló Bruno, el tercero de los hermanos, un gigante de noventa kilos de músculo—. Seguro quiere anunciar que la aceptaron en el Instituto Marangoni de Milán y necesita que papá le financie el apartamento con vista a la catedral.
—O necesita que le compremos otro juego de maletas rosas porque las de mamá no combinan con sus zapatos —añadió Gael, negando con la cabeza—. Y el veto a Dante es un clásico. Sigue con la pataleta de la fiesta. Debe estar rogando por un poco de atención.
A las ocho en punto, el comedor de la mansión Keller olía a asado de ternera, vino tinto de reserva y cera de velas caras.
En la cabecera presidía el General Marcus Keller: cincuenta y cinco años de condecoraciones, mandíbula de granito, cabello cano cortado al milímetro y una presencia que silenciaba cuarteles enteros. A su derecha se sentaban Liam, Gael, Bruno y Mateo, todos con la complexión imponente de los soldados de primera línea. En el otro extremo, Vivienne Keller vestía una blusa de seda esmeralda y pantalones de sastre, impecable, con esa elegancia afilada que construyó un imperio internacional de la moda sin pedirle un centavo a su marido militar.
Sienna fue la última en bajar.
No llevaba ropa de diseño. Vestía unos vaqueros oscuros, botas tácticas de suela baja y una camiseta negra de manga larga ajustada que delineaba su complexión delgada pero fibrosa. Llevaba el pelo recogido en una trenza militar tirante que dejaba al descubierto su cuello y la línea severa de su mandíbula.
Se detuvo al pie de la mesa de caoba.
—Buenas noches —dijo, sin sentarse.
Liam rodó los ojos con una sonrisa burlona:
—Vaya uniforme para anunciar tu mudanza a Milán, enana. Esperábamos un desfile de modas, no que vinieras vestida como si fueras a cambiarle el aceite al camión de papá.
Los otros tres hermanos soltaron carcajadas bajas.
—Siéntate, Sienna —ordenó el General Keller con su tono de mando habitual, cortando la carne sin levantar la vista del plato—. Tu madre ya reservó tu vuelo para París el mes que viene. Tienes las pruebas de admisión de diseño en dos semanas y no quiero distracciones infantiles. ¿Cuál era la urgencia de esta reunión?
Sienna no pestañeó. Sacó un sobre manila sellado con lacre negro del bolsillo trasero de sus pantalones y lo arrojó con un golpe seco sobre el centro de la mesa, justo al lado de la botella de vino.
El expediente se abrió lo suficiente para dejar ver el código de barras clasificado y el membrete del Departamento de Defensa.
—No me voy a París —declaró Sienna con una voz tan clara, tan desprovista de vacilación que las risas de sus hermanos se cortaron en seco—. Ni voy a diseñar vestidos para la alta sociedad.
Liam frunció el ceño, estirando el brazo para tomar el documento. Sus ojos escanearon la primera página y el color se le drenó de la cara en dos segundos.
—¿Qué mierda es esto? —soltó el mayor, poniéndose de pie de golpe, empujando la silla de caoba con un chirrido violento—. ¿SOCID? ¿Ciberinteligencia Negra? ¡Papá, esto es una broma!
Gael y Bruno se inclinaron sobre la mesa para arrebatarle las hojas.
—¡Es imposible! —exclamó Gael, con los ojos desorbitados—. ¡El filtro físico de esa división quiebra a los Rangers en la primera semana! ¡No hay civiles ahí dentro! ¡Mucho menos una niña que...
—Aprobé el examen teórico con cien sobre cien —lo interrumpió Sienna, clavando sus ojos en Gael sin retroceder un milímetro—. Hackeé el servidor de prueba en cuarenta minutos cuando el límite eran cuatro horas. Y superé las marcas de tiro y resistencia que ustedes cuatro registraron cuando entraron a la academia militar.
Miró a sus cuatro hermanos uno por uno, con una frialdad que los paralizó:
—Gracias por el entrenamiento que me dieron en el sótano a puerta cerrada. Creían que me estaban enseñando a no ser una carga para ustedes. Resulta que solo me estaban ahorrando el curso de inducción.
El silencio en el comedor cayó como una losa de plomo.
Entonces, el General Marcus Keller soltó los cubiertos. El tintineo de la plata contra la porcelana sonó como un disparo.
El General se puso de pie en toda su estatura de metro noventa, con el rostro enrojecido por una furia que nació del pánico más visceral que había sentido en treinta años de carrera militar.
—¡¡SOBRE MI MALDITO CADÁVER!! —rugió el General, y el grito hizo temblar los apliques de cristal de la pared—. ¡No vas a pisar ese agujero negro, Sienna! ¿Tienes idea de lo que hacen con los agentes de esa unidad si caen en manos enemigas? ¡No existen! ¡No tienen rescate, no tienen placas, no tienen tregua!
—Lo sé perfectamente, General —respondió ella, usando el rango con una distancia que le clavó un puñal en el orgullo a su padre—. Y acepté las condiciones.
—¡No aceptaste nada porque no tienes ni la menor idea de lo que es la guerra real! —gritó Marcus, cegado por el terror de perder a su única hija, escupiendo palabras con la brutalidad de quien intenta derribar una pared a cañonazos—. ¡Eres una ilusa! ¡Crees que porque tus hermanos te enseñaron cuatro llaves de judo en una colchoneta ya puedes jugar a los soldados! ¡Te van a destrozar, Sienna! ¡En setenta y dos horas vas a estar llorando de rodillas para que use mis estrellas y te saque de ahí! ¡No tienes la madera para esto! ¡Naciste mujer en una casa de guerreros, y tu lugar está a salvo, lejos del fuego!
Las palabras cayeron con la violencia de una granada de fragmentación en el comedor.
Liam, Gael, Bruno y Mateo bajaron la vista, tensos. Sabían que su padre había cruzado una línea atroz, pero el pánico en los ojos del viejo soldado era real.
Sienna no lloró. No apretó los labios ni desvió la mirada. Sintió cómo la última gota de calidez familiar se congelaba en su torrente sanguíneo, cerrando para siempre la puerta de la niña que alguna vez buscó la aprobación de los hombres de esa mesa.
Iba a responder, pero el sonido de una copa de cristal estrellándose contra el suelo de parqué paralizó la habitación.
Vivienne Keller se puso de pie despacio.
La exmodelo y empresaria internacional, que rara vez alzaba la voz por encima de un susurro educado, miró a su marido con un fuego gélido que hizo que el General de cuatro estrellas diera un paso involuntario hacia atrás.
—Cállate la boca, Marcus —dijo Vivienne, con una voz baja, sibilina y letal—. Cállate antes de que te desconozca como el hombre con el que me casé.
Vivienne recorrió con la mirada a sus cuatro hijos varones, que se quedaron petrificados en sus asientos:
—Durante diez años los vi encerrarla a oscuras, romperle los nudillos, hacerla correr con mochilas pesadas en la nieve mientras ustedes se felicitaban por 'endurecerla'. La usaron como saco de entrenamiento para calmar sus paranoias militares. Y ahora que mi hija demuestra que tiene el cerebro que a ustedes les falta y la puntería para pasar la prueba más implacable del país... ¿tienen el descaro de llamarla débil?
Vivienne caminó hacia Sienna, colocándose a su lado con una elegancia implacable. Apoyó una mano firme y tibia sobre el hombro de su hija:
—Ella no se va porque tú le des permiso, Marcus. Se va porque tiene la sangre de su madre: la sangre de una mujer que no le agacha la cabeza a ningún uniforme.
Sienna miró a su madre, sintiendo por primera vez en semanas un ancla real en esa casa.
Luego, miró a su padre y a sus cuatro hermanos con una calma mortífera:
—Mi presentación en Virginia estaba programada para el viernes por la mañana. Pero no pienso pasar una sola noche más bajo este techo. Mi taxi a la base aérea sale en diez minutos. Mis maletas ya están en el maletero.
Liam dio un paso al frente, con la voz rota por la culpa:
—Sienna, espera... no puedes irte así. Dante vendrá mañana y...
Sienna clavó sus ojos en su hermano mayor, y la risa que soltó fue tan cortante que Liam se detuvo en seco.
—Dile a tu amigo Cruz que la muñequita de trapo le manda saludos —susurró ella, dando media vuelta hacia el vestíbulo—. Y que rece para no cruzarse en mi camino cuando yo lleve un arma de verdad.
La puerta principal de la mansión Keller se cerró con un chasquido sordo y definitivo en la noche de Maryland.