ADVERTENCIA
Esta historia contiene escenas fuertes en algunas partes: crueldad emocional, celos posesivos, discusiones, furia, manipulación
un alfa y un omega
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Las dos inyección
A la mañana siguiente, el alfa despertó como de costumbre. Se levantó de la cama, se arregló la ropa y volvió a colocarse las vendas negras sobre los ojos.
Después de asegurarse de que todo estuviera en orden, salió de su habitación y se dirigió al comedor de la guarida.
Al llegar, tomó asiento en una de las mesas y comenzó a desayunar en silencio.
A su alrededor, algunos miembros conversaban sobre las misiones pendientes, mientras otros se preparaban para salir.
El alfa no prestaba atención a ninguno de ellos.
Sin embargo, por alguna razón, volvió a recordar al chico de cabello amarillo.
—Tch… —chasqueó la lengua, molesto consigo mismo—. Otra vez pensando en él.
Se llevó una cucharada de comida a la boca, intentando concentrarse en otra cosa.
Mientras tanto, en el cuartel militar, Eiden llevaba varias horas de vigilancia nocturna.
No había podido dormir ni un solo minuto.
Tenía unas ojeras bastante notorias y sus párpados comenzaban a cerrarse por el cansancio. Cada pocos segundos sacudía la cabeza para mantenerse despierto.
—Vamos, Eiden… aguanta un poco más —murmuró para sí mismo.
Se apoyó contra una pared y bostezó.
—¿Por qué tarda tanto el cambio de turno?
Un compañero pasó cerca de él y soltó una pequeña risa.
—¿No dormiste nada?
—¿Tú qué crees? —respondió Eiden, mirándolo con cansancio—. Llevo toda la noche vigilando.
—Pues tendrás que aguantar hasta que llegue el relevo.
—Sí, sí, ya lo sé…
Eiden suspiró y volvió a enderezarse.
Lo único que quería era llegar a su habitación, quitarse el uniforme y dormir durante varias horas.
Aun así, mientras vigilaba los alrededores, su mente regresó inesperadamente al desconocido del parque.
Recordó cómo había salido corriendo después de que ambos cayeran al césped.
—Qué chico tan raro… —murmuró con una pequeña sonrisa.
Sacudió la cabeza inmediatamente.
—¡No! Primero necesito dormir. Después puedo preocuparme por los desconocidos.
De vuelta en la guarida, el alfa continuaba sentado en el comedor cuando una mujer de cabello oscuro entró en la habitación.
Era amy, una de las responsables del laboratorio.
La mujer recorrió el comedor con la mirada hasta encontrarlo.
Sin decir una palabra, hizo una pequeña señal con la cabeza, indicándole que la siguiera.
El alfa dejó los cubiertos sobre la mesa.
Se levantó y obedeció sin hacer preguntas.
amy caminó por los pasillos hasta llegar a una puerta metálica. Introdujo su identificación y esperó a que el mecanismo de seguridad se desbloqueara.
Ambos entraron.
El laboratorio estaba iluminado por luces blancas. Había varios instrumentos médicos, pantallas encendidas y armarios donde se guardaban diferentes materiales.
Al fondo, Amy revisaba unos documentos.
—Llegas justo a tiempo, número 69 —dijo ella, levantando la mirada.
El alfa permaneció de pie frente a su escritorio.
Amy señaló una silla.
—Siéntate.
Él obedeció inmediatamente.
Amy se acercó a una mesa metálica y abrió una pequeña caja refrigerada. Después sacó dos jeringas preparadas y las colocó cuidadosamente sobre una bandeja.
El alfa giró ligeramente la cabeza al escuchar el sonido del metal.
—¿Qué es eso? —preguntó con su voz grave.
Amy cerró la carpeta que tenía delante.
—Un nuevo tratamiento que debemos administrarte.
—¿Tratamiento? —repitió él—. Nadie me informó de nada.
—No necesitas conocer todos los detalles. Tu trabajo consiste en seguir las instrucciones.
El alfa apretó la mandíbula, pero permaneció sentado.
Amy tomó la primera jeringa y se acercó a él.
—Extiende el brazo.
El alfa miró la inyección durante unos segundos antes de obedecer.
Amy realizó el procedimiento y después se apartó para preparar la segunda.
—¿También esa? —preguntó él, señalando la bandeja.
—Las dos son necesarias —respondió Valeria con tranquilidad.
El alfa no dijo nada más.
Aunque estaba acostumbrado a los procedimientos del laboratorio, aquella vez sentía una inquietud difícil de explicar.
Amy administró la segunda inyección y desechó el material utilizado de manera segura.
—Listo —anunció.
El alfa se levantó de la silla.
—¿Puedo irme?
Amy lo observó detenidamente antes de responder.
—Sí. Pero si experimentas algún cambio extraño, deberás informarnos inmediatamente.
El número 69 se detuvo junto a la puerta.
—¿Qué clase de cambio?
Amy intercambió una mirada breve con El.
—Cualquiera que no sea habitual.
Aquella respuesta no le gustó en absoluto.
Sin embargo, el alfa salió del laboratorio sin insistir.
Mientras caminaba por el pasillo, comenzó a sentir una ligera pesadez en los brazos. Se detuvo un instante y miró sus manos enguantadas.
—¿Qué demonios me acaban de administrar…?
Desde el interior del laboratorio, Amy observó cómo la puerta se cerraba.
—Esperemos que esta vez funcione —murmuró.
Vanessa dejó la bandeja sobre la mesa.
—¿Y si el experimento reacciona de manera diferente?
Amy volvió a abrir la carpeta.
—Entonces tendremos que averiguar por qué.