En está historia veremos a una joven, dispuesta hacer lo que sea para salvar la vida de su mamá, pero, ¿Qué pasará con ella, si en el proceso se enamora? Los invito a leer.
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Cap. 1
Él era más que un simple fotógrafo. Exclusivo de las revistas más prestigiosas, era el copropietario de la agencia de publicidad más influyente del país, un imperio que compartía con su padre. Su nombre, Eykel Cáceres, era sinónimo de éxito, de poder: su fama, sus millones y su imponente apariencia física lo convertían en el soltero de oro, objeto de deseo de incontables mujeres.
Su vida privada era cuestionada constantemente en periódicos, redes sociales y programas de televisión. Se decía que era arrogante, altanero, y poseía un carácter de los mil demonios. Sin embargo, él se mantenía al margen; la prensa sensacionalista no merecía su tiempo ni su atención.
La realidad: Eykel Cáceres era un hombre frío e inasequible, un alma sin sentimentalismos. No creía en el amor verdadero. Si buscaba la compañía femenina, era solo por placer pasajero, una interacción vacía de cualquier implicación del corazón.
Esa tarde, estaba en su oficina, absorto en sus pensamientos, viendo la ciudad a través del ventanal, mientras se tomaba un trago de whisky. Tenía todo lo que un hombre necesitaba para ser feliz, aun así, sentía un vacío latente en su pecho.
El sonido de la puerta lo hizo volver en sí, recordándole que él eligió su destino.
— Eykel, ¿quieres que le diga a uno de los choferes que venga por ti? — le preguntó Edwin, su amigo y asistente personal.
Eykel se giró hacia él y mostró una leve sonrisa. — Anúnciate antes de entrar, cabrón.
— No necesito esas formalidades. ¿Qué me dijiste?
— Que vengan por mí. Parece que va a llover.
Mientras, en la misma ciudad, pero en un escenario diferente, se encontraba Sorimar.
El cielo se tiñó de negro, ocultando el sol por completo, y presagiando la furia de la naturaleza. Las gotas empezaban a caer estrepitosamente, el olor a tierra mojada perfumaba el aire, los truenos resonaban graves y los relámpagos iluminaban ocasionalmente, haciendo grietas blancas, azuladas.
Sorimar miraba a través de la ventana a los transeúntes que se movilizaban apresurados. Se imaginó a sí misma corriendo para escapar de la situación que la atormentaba.
Era una joven hermosa de veintiún años, simpática, inteligente y de gran corazón, pero un sufrimiento la mantenía cautiva, incapaz de disfrutar a plenitud.
Se graduó de la secundaria con la esperanza de continuar su sueño, que era estudiar medicina en la universidad, pero la falta de recursos económicos era un gran obstáculo.
Vivía con su mamá y su hermana en una pequeña casa de alquiler.
En su infancia fue feliz, a pesar de no tener juguetes ni ropa como otros niños.
Sin embargo, a partir de los trece años, su alegría se empezó a opacar. Comenzó a notar una dolencia persistente en su madre, Leticia. Escuchaba sus quejidos a medianoche, la veía ponerse de pie con dificultad y su rostro se mostraba cansado.
El tiempo pasó y la salud de la señora no mejoraba; al contrario, sus dolores se volvían más intensos.
Una mañana, cuando Sorimar tenía diecisiete años, acompañó a su madre al hospital. Los estudios revelaron una noticia devastadora: leucemia. Los médicos explicaron que la enfermedad podía curarse con quimioterapias y trasplantes de médula ósea. La señora Leticia lloró desconsoladamente, no tanto por su enfermedad, sino porque tenía dos hijas que dependían de ella.
Sorimar, por su parte, intentaba calmarla, mostrándose fuerte para no preocupar a su madre, aunque por dentro sentía que su mundo se desmoronaba. Era una adolescente fuerte, no se permitía una derrota sin antes luchar.
Se arrodilló ante su madre, con los ojos llorosos, pero aferrándose a la esperanza.
— Mamá, no te preocupes, te vas a poner bien. Te vas a recuperar porque yo te necesito conmigo. Cuidaré de ti. ¡Lo juro! Estamos juntas en esto. ¡Juntas! — dijo con seguridad, jurando que haría hasta lo imposible para salvarle la vida.
Los años pasaron y Leticia fue sometida a varios tratamientos, pero ninguno dio buenos resultados.
Cuatro años después, Sorimar era el pilar económico de la casa. Su madre ya no podía trabajar, y su hermana Inés, de veinticinco años, era una vaga que solo salía de fiesta con sus amigas y no contribuía en nada.
Sorimar trabajaba como mesera en un restaurante y había pedido a la dueña trabajar doble turno, desesperada por conseguir el dinero para la quimioterapia de su mamá, las cuales ya no se podían seguir posponiendo.
Esa madrugada, ella llegó a la casa y encontró a su madre mirando por una pequeña ventana, con una expresión preocupada.
— Mamá, ¿qué haces ahí parada? ¿Por qué no estás descansando? — preguntó Sorimar, angustiada por el semblante de la señora.
Ayudó a su madre a sentarse en el sofá y se acomodó a su lado.
— Hija, estoy bien. Pronto tendré el descanso eterno. No te preocupes por mí, tesoro. — Leticia se había resignado, no tenía fuerzas para seguir luchando.
— ¡Dios! No seas pesimista. Deja de hablar así, sabes que no me gusta. Eres lo más importante en mi vida. — La abrazó fuerte, con ternura, sintiendo el temor de perderla calándole los huesos. Un miedo que día tras día trataba de ocultar con una sonrisa fingida.
— Es muy tarde y tu hermana Inés salió temprano, y aún no llega — expresó su madre, preocupada.
— ¡No lo puedo creer, mamá! Te preocupas más por ella que por tu salud. Conoces a Inés, debe de estar con sus amigas. Ahora, ven conmigo, debes descansar.
La sujetó por los hombros y caminaron juntas hacia la habitación.
— Soy una carga para ti.
— Bueno, tú me tuviste nueve meses en tu vientre, y aunque te pateaba fuerte, me diste la vida, y eso no tengo cómo pagártelo. Te quiero, mamá.
En ese momento, se escuchó el sonido de la puerta. Inés llegaba de una de sus salidas nocturnas.
Sorimar acomodó a su madre, le dejó un beso en la mejilla y salió de la habitación. Se encontró con su hermana, y suspiró profundamente conteniendo su frustración.
— ¿Por qué dejaste a mamá sola? — le reprochó.
— Bájale a tu tono, soy mayor que tú. No tengo que darte explicaciones. Me voy a dormir. ¡Qué fastidio! — siguió al dormitorio desprovista de cualquier mortificación.
Sorimar la miró disgustada. Inés estaba muy ebria y era imposible razonar con ella en ese estado. Cansada por su largo día de trabajo, decidió darse una ducha y descansar.