Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
#Contiene: #RomanceProhibido #DirectorYAlumna #DiferenciaDeEdad
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capitulo 16: mi chiquilla
Micaela entró a la oficina después de escuchar el “adelante” del director. Él estaba tan pendiente de su llegada que, apenas la vio, un revuelo de sentimientos lo agitó: sorpresa, deseo e incomodidad. El uniforme que llevaba le pareció demasiado corto; en su mente, incluso más de lo que realmente era para alguien como ella.
Por eso se levantó y caminó hacia ella sin apartar la mirada.
—Señorita Chávez se ve distinta —dijo, mirándola directamente a los ojos, notando su incomodidad.
Y en efecto lo estaba, sobre todo molesta por lo que él había insinuado antes.
—¿Qué quiere, señor director? ¿Por qué me hizo venir a su oficina? —preguntó Micaela, sintiéndose confundida por su comentario, pero sin dejar de lado la molestia que llevaba dentro.
—Quiero que me diga la verdad, señorita Chávez. ¿Por qué estaba encerrada en el baño con Diego? —preguntó, serio, sin disimular los celos.
Micaela se quedó unos segundos en silencio. No quería más problemas en su vida y mucho menos arriesgar su beca. Sabía que decir la verdad solo haría que todo empeorara, así que decidió medir sus palabras y contar solo una parte de lo ocurrido.
—Señor director, yo venía caminando cuando alguien me mojó el vestido por accidente. Entré al baño para limpiarme. Diego me vio y pensó que algo me había pasado. Entró para ayudarme, nada más. Creo que simplemente apareció en el momento equivocado—contestó tratando de sonar segura, esperando que él le creyera.
Al terminar ella de hablar, el director sintió que algo no cuadraba. Los celos no lo dejaban pensar con claridad y la duda en su voz solo reforzó esa sensación. Pensativo, empezó a caminar por la oficina.
—Señorita Chávez no sé por qué, pero lo que me dice no me convence. Necesito que me diga la verdad —dijo, deteniéndose frente a ella y mirándola con una intensidad que la puso nerviosa
—Es la verdad, señor director. Y si piensa que pasó algo entre Diego y yo, déjeme decirle que no fue así como usted cree —respondió Micaela, abrumada por todo lo que estaba viviendo.
—Mmm está bien, señorita Chávez —se limitó a decir.
Aunque aceptó sus palabras, no terminó de creerle. Su mirada se detuvo en el uniforme que llevaba puesto; verlo así lo llenó de celos y, al mismo tiempo, despertó algo más en él. Cuando Micaela alzó la vista y lo miró con esa dulzura que tanto lo afectaba, sintió un impulso difícil de contener. Se acercó y la besó.
Ella, aunque seguía molesta por lo ocurrido, no se apartó. Lo besó también. El enojo seguía ahí, pero el amor que sentía por él era más fuerte que cualquier discusión que hubieran tenido.
En una parte del país, exactamente en París, vivían doña Estela y Roberto, los padres de Nicolás.
Llevaban muchos años de casados y, a pesar del tiempo, su amor seguía firme.
Tenían mucho dinero, pero nunca dejaron que eso los cambiara. Eran personas amables, sencillas y siempre trataban bien a los demás.
Su único deseo era ver a su único hijo, Nicolás, casado y feliz.
Aquella tarde estaban sentados en la amplia sala de su casa, conversando con tranquilidad, mientras una vez más hablaban del futuro de su hijo.
—Ahora que iremos a visitar a Nico, tenemos que procurar que conozca a una buena mujer y piense en casarse; ya está en edad —comentó Estela mientras tomaba té.
—Sí, mujer, pero Nicolás ya es un hombre. Esa decisión le pertenece solo a él —contestó Roberto, hablándole con amor, pero manteniéndose firme.
—Pero entiende, Roberto. Nico ya debería estar pensando en casarse y formar una familia. No tenemos nietos, y el tiempo vuela —le dijo Estela con insistencia, deseando que su hijo le regalara esa alegría.
—Tranquila, mujer, yo también sueño con tener nietos —dijo Roberto, tomando suavemente la mano de Estela—. Estoy seguro de que Nicolás ya encontró a alguien que lo hace feliz y que, pronto, nos permitirá disfrutar de nuestros nietos.
Estela siguió tomando su té, con la ilusión de que aquello realmente sucediera.
En otro lugar, la oficial del director.
Micaela y el director seguían besándose, y poco a poco el beso se volvió más intenso. Él la tomó por la cintura con una mano y apoyó la otra suavemente sobre su nalga, movido por un instinto de posesión. Se acercaron a la silla del director, y ella se sentó sobre su regazo, sin dejar de besarlo con ternura, olvidando todo lo demás a su alrededor.
—Señorita Chávez —murmuró, interrumpiendo el beso, y ella bajó la mirada algo sonrojada.
—Lo siento, señor director es que cuando estoy cerca de usted no sé cómo controlarme—confesó, con un gesto de inocencia y vergüenza.
—Tranquila, mi chiquilla. Yo soy el que debería sentirme mal por insinuar eso de usted —dijo, con ganas de añadir un “lo siento”, pero no estaba acostumbrado a expresarlo, así que se limitó a pronunciar esas palabras.
—Señor director, debo ir a clases alguien podría sorprendernos aquí, y no quiero que eso suceda —dijo alterada, bajándose del regazo de él.
Él le sonrió y asintió, no porque le importara lo que pudieran ver, pues siendo dueño de la universidad no le preocupaba en lo más mínimo, pero sabía que debía mostrarse comedido. Micaela salió de la oficina, ajustando su falda, le lanzó una rápida sonrisa y sintió cómo sus mejillas se teñían de rojo sobre su piel blanca.
Al pasar frente a los estudiantes, comenzaron los piropos y los silbidos. El director, al oírlos, salió disparado de su asiento y se plantó en la puerta con mirada amenazante; los chicos se quedaron quietos como si los hubiera congelado.