es de terror, una creepypasta
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El Rey del Bosque
La muñeca movió lentamente la cabeza.
Sus ojos ya no eran de porcelana.
Eran completamente humanos.
De un color café cálido, llenos de tristeza.
Samuel sintió un vuelco en el corazón.
Era la primera vez que veía a Isabela sin la influencia evidente de Azael.
La pequeña figura lo observó en silencio.
Luego habló con una voz suave.
—Samuel...
Gracias por no destruirme.
Nadie respondió.
Gabriel cayó de rodillas.
Las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro.
—Después de tantos años...
Sigues aquí...
La muñeca sonrió apenas.
—Solo por un momento.
Samuel se acercó despacio.
—¿Qué está pasando?
Isabela bajó la mirada.
—Mi prisión se está rompiendo.
—¿Eso no era lo que queríamos?
Ella negó lentamente.
—No.
Nunca entendieron qué significaba realmente.
El viento golpeó las paredes de la cabaña.
La campana volvió a sonar.
¡Dong...!
La muñeca cerró los ojos por un instante.
Parecía escuchar algo muy lejano.
Cuando volvió a abrirlos, había miedo en ellos.
Un miedo que Samuel jamás le había visto.
—Él despertó.
Samuel respiró hondo.
—¿Quién?
La respuesta llegó en un susurro.
—El Rey del Bosque.
Elías dio un paso adelante.
Su rostro había perdido todo color.
—Pensé que era una leyenda.
Isabela lo miró.
—Eso mismo pensó Azael hace trescientos años.
Samuel frunció el ceño.
—¿Azael no es el dueño de este lugar?
La muñeca soltó una risa triste.
—No.
Él solo fue el primero en entrar.
El silencio fue absoluto.
Gabriel habló casi sin voz.
—¿Entrar... a dónde?
Isabela levantó lentamente uno de sus pequeños brazos y señaló hacia el bosque.
—Debajo de esas montañas existe un lugar que no pertenece a nuestro mundo.
Samuel sintió un escalofrío.
—¿Una cueva?
—No.
Una puerta.
La muñeca comenzó a hablar con dificultad.
Cada palabra parecía costarle un enorme esfuerzo.
—Mucho antes de que existiera San Rafael...
Mucho antes de que llegaran los españoles...
Los pueblos indígenas evitaban este bosque.
No porque estuviera embrujado.
Sino porque sabían que allí dormía algo antiguo.
Muy antiguo.
Elías escuchaba en silencio.
Era evidente que nunca había oído aquella historia.
Isabela continuó.
—Lo llamaban el Rey del Bosque.
No era un dios.
No era un demonio.
Era...
La primera criatura que cruzó la puerta.
Samuel sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Y qué ocurrió?
—Los hombres intentaron adorarlo.
Después intentaron controlarlo.
Finalmente intentaron encerrarlo.
Nunca funcionó.
Gabriel cerró los ojos.
—Entonces...
¿Dónde entra Azael en toda esta historia?
La muñeca respondió sin apartar la vista de Samuel.
—Hace más de tres siglos...
El culto abrió accidentalmente la puerta.
Pero no despertaron al Rey.
Despertaron a uno de sus sirvientes.
Samuel sintió que la sangre se congelaba.
—¿Azael...?
Isabela asintió.
—Él huyó.
Y para impedir que el Rey también escapara...
Acepté convertirme en el sello.
El silencio fue absoluto.
Samuel recordó todas las historias.
Todos los diarios.
Todos los rituales.
Habían estado equivocados.
Azael nunca había sido el verdadero enemigo.
Era solo una parte del horror.
Un fuerte estruendo sacudió la montaña.
La cabaña tembló.
Las tazas cayeron al suelo.
Afuera, los árboles comenzaron a inclinarse como si un viento gigantesco atravesara el bosque.
Pero no había viento.
Era otra cosa.
La tierra vibraba con un ritmo constante.
Como pasos.
Pasos enormes.
Lejanos.
Pero cada vez más cercanos.
...BUM...
Silencio.
...BUM...
Silencio.
...BUM...
Samuel sintió cada golpe en el pecho.
Como si el corazón del bosque estuviera despertando.
De repente, alguien comenzó a aplaudir afuera.
Clap...
Clap...
Clap...
Era el líder del culto.
Su voz sonó divertida.
—Muy bien, Isabela.
Después de tres siglos...
Al fin dijiste la verdad.
Elías abrió la puerta de golpe.
El hombre seguía allí.
Solo.
Sin las demás figuras.
Con la misma túnica negra.
Y la misma capucha ocultando su rostro.
—¿Qué quieres? —preguntó Samuel.
El desconocido levantó lentamente las manos.
—Terminar lo que empezamos.
—¿Liberar al Rey?
El hombre soltó una carcajada.
—¿Liberarlo?
No.
Samuel frunció el ceño.
—Entonces no entiendo.
La respuesta fue tan inesperada que ninguno supo qué decir.
—Quiero matarlo.
Todos quedaron inmóviles.
Incluso Isabela.
El líder continuó.
—Durante siglos todos creyeron que éramos adoradores.
Qué ironía.
Nunca adoramos al Rey.
Siempre fuimos sus cazadores.
Samuel sintió que el mundo volvía a desmoronarse.
Otra verdad.
Otra mentira.
Otro secreto.
El hombre dio un paso hacia la cabaña.
—Pero para matar a una criatura nacida antes que el tiempo...
Necesitamos abrir completamente la puerta.
Samuel negó lentamente.
—Eso destruiría todo.
—Sí.
El líder sonrió bajo la capucha.
—Miles morirán.
Quizá millones.
Pero el Rey también.
Gabriel respondió con firmeza.
—Eso es una locura.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Toda guerra exige sacrificios.
La muñeca comenzó a temblar.
Pequeñas grietas aparecieron en su rostro de porcelana.
Samuel la tomó con cuidado.
—¡Isabela!
Ella levantó lentamente la vista.
Había lágrimas en sus ojos.
—Ya viene...
Samuel escuchó entonces algo que jamás olvidaría.
No provenía del bosque.
No provenía de la montaña.
Venía del subsuelo.
Era una respiración.
Lenta.
Profunda.
Como la de una criatura dormida que acababa de abrir los ojos después de siglos.
La tierra comenzó a agrietarse alrededor de la cabaña.
Las grietas avanzaban en todas direcciones.
Y desde una de ellas emergió una mano gigantesca.
No era de carne.
No era de piedra.
Estaba hecha de raíces negras entrelazadas, cubiertas de musgo y tierra húmeda.
Tenía el tamaño de una casa.
Los cuatro retrocedieron horrorizados.
La mano se aferró al borde de la grieta.
Luego otra apareció.
Y una voz tan antigua que parecía provenir del origen del mundo resonó bajo sus pies.
No habló en español.
Ni en latín.
Ni en ninguna lengua conocida.
Pero todos entendieron su significado.
"¿Quién se atreve... a despertar mi bosque?"
Y por primera vez, incluso Azael gritó de terror.