Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 7. segundo cambio parte 2.
Isabella tardó dos largas horas en regresar a la mansión. Todas las luces estaban apagadas; sabía que no había nada que pudiera decir que no tomaran como una excusa más. Dejó con mucho cuidado al animal herido sobre el sillón, encendió una luz tenue y, mientras limpiaba y vendaba sus heridas, le hablaba con una suavidad que jamás había usado con nadie:
—Aquí estarás a salvo… podrás descansar tranquilo. ¿Tienes hambre, pequeño?... O con tu tamaño no eres pequeño sino un gran gato enorme.
Al terminar de curarlo, fue a la cocina y volvió con leche tibia y un trozo de carne bien cocida. Se sentó en el suelo junto a él y lo miró con los ojos llenos de lágrimas que ya no se molestaba en contener.
—Sabes, gatito… —murmuró con voz quebrada— no sé qué más hacer. De verdad quiero recuperar su cariño, quería tanto que mi vínculo con Mateo fuera distinto, más fuerte… pero creo que lo he vuelto a arruinar todo.
El animal la observó en silencio, con esos ojos grandes y brillantes que parecían ver más allá de sus palabras. Se acercó despacio, olfateó la comida y, al ver que ella no se movía ni intentaba tocarlo a la fuerza, empezó a comer con lentitud. El leopardo terminó de comer y se arrastró despacio hasta ella, apoyando su cabeza sobre sus rodillas. Ella pasó la mano por su pelaje suave y manchado de sangre, y sintió que, alguien le daba cariño sin pedir nada a cambio.
—No sé quién eres —susurró acariciando sus orejas redondas—, pero gracias por quedarte conmigo. Prometo que mientras estés aquí, nadie te hará daño. Ni yo misma.
Y en la oscuridad de esa sala, mientras afuera seguía habiendo odio y desconfianza, se tejió un lazo nuevo: el de dos seres heridos que, por casualidad o por destino, habían encontrado en el otro el valor para volver a intentarlo.
Isabella lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, no se sintió juzgada.
—Gracias —susurró—. Gracias por no darme la espalda como hicieron ellos.
En ese momento, un leve ruido en la escalera la hizo tensarse de golpe, apareció Damián. No llevaba arma en la mano, pero su mirada seguía siendo tan afilada y fría como siempre. Se detuvo en el umbral, mirando primero al animal y luego a ella, con una expresión que no revelaba nada.
—¿Así que volviste? —dijo con voz baja, sin acercarse—. Pensé que te habrías ido con él.
—No me fui a ningún lado —respondió ella poniéndose de pie despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos—. Solo no podía dejarlo allí, herido y solo.
Damián escaneó el sillón, vio las vendas limpias, la comida a medio comer y la vio a ella, con el vestido manchado de barro y sangre ajena, y los ojos hinchados de llorar. Algo en su interior se removió, pero se negó a darle paso.
—¿Y se supone que debemos creer que hiciste todo eso sin un motivo oculto? —preguntó acercándose un paso—. Antes ni siquiera te acercabas a un animal si no era para ordenar que se lo llevaran. Ahora juegas a ser la salvadora.
—No juego —replicó ella con voz temblorosa pero firme—. Solo estoy intentando ser mejor.
En ese instante aparecieron los demás. Kael bajo, con furia contenida, seguido de Luca y, al final, Mateo, que no levantaba la vista del suelo. Al ver al animal en el sillón, Kael apretó los puños.
—¿De verdad trajiste a una bestia a nuestra casa? —bramó—. ¿No tienes suficiente con lo que nos has hecho?
—No es una bestia —defendió ella, poniéndose delante del leopardo instintivamente— Es solo un gato. Está herido y asustado.
—¿Y qué sabes tú de estar asustada? —soltó él con amargura—. Tú eres la que siempre nos ha tenido asustados a nosotros.
Mateo dio un paso adelante, como si quisiera decir algo, pero se detuvo al encontrar la mirada de ella. Vio la tristeza en sus ojos, vio que no había arrogancia y un sentimiento lo invadió … pero el recuerdo de tantos dolores fue más fuerte.
—¿Lo trajiste para reemplazarnos? —preguntó con voz que apenas se escuchaba—. ¿Ahora que no nos necesitas… prefieres a una criatura que no sabe hablar?
Isabella sintió que el corazón se le partía en mil pedazos.
—Nadie puede reemplazarlos —susurró con lágrimas cayendo libremente—. Nadie. Solo… solo quería hacer algo bueno por una vez.
El leopardo soltó un gruñido suave, como si quisiera protegerla de ellos, y se acurrucó contra su pierna. Los cuatro se quedaron mirando esa escena: ella, que siempre había sido dura y fría, ahora defendiendo a quien nadie defendería, y esa criatura respondiendo a su ternura con lealtad.
El silencio volvió a llenar la sala, pesado y doloroso, pero esta vez, en medio de la desconfianza, quedó una pequeña duda que se formaba en sus corazones: "¿Y si esta vez, por fin, la frialdad se había roto para siempre? ¿Y si de verdad cambió?"
Nadie pronunció una sola palabra más. La recorrieron con la mirada de pies a cabeza; al no ver rastro de heridas ni amenaza, soltaron un suspiro pesado, mezcla de alivio y decepción. Sin dedicarle ni una sola frase, dieron media vuelta y se retiraron a sus habitaciones, dejándola de nuevo en silencio.
Isabella ya no pudo contenerse más: se desplomó de rodillas en el suelo, rompiendo a llorar con desconsuelo. Sentía que nada de lo que hiciera serviría, que por más que se esforzara, todo seguía igual de roto.
Mientras ella lloraba en la soledad de la sala, Damián, Luca, Mateo y Kael se habían encerrado en sus habitaciones, cada uno luchando con un dolor que les apretaba el pecho. Los cuatro llevaban el peso del arrepentimiento por haberla dejado sola en aquel camino: cada minuto que pasaba sin saber si estaba bien o si le había ocurrido algo se convertía en una tortura silenciosa para todos ellos.