Romance en Playa Varadero ( Cuba)
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El regreso.
El avión aterrizó en el aeropuerto Juan Gualberto Gómez de Varadero una tarde de sábado, tres meses después de que Álix se hubiera marchado. Tres meses de cartas, de videollamadas, de noches en vela y de sueños compartidos a través de una pantalla. Tres meses que se le habían hecho eternos y que, ahora, al tocar de nuevo tierra cubana, se desvanecían como la niebla al amanecer.
Esta vez no era un turista. Llegaba con un contrato de trabajo de seis meses, prorrogables, como documentalista del programa Vínculos Marinos. Su misión: documentar fotográficamente los proyectos de conservación marina de la costa norte de Cuba, con sede en el centro de conservación del Meliá Internacional de Varadero.
El mismo hotel. El mismo centro. La misma mujer.
Cuando atravesó las puertas automáticas del aeropuerto, el aire cálido y húmedo del Caribe lo envolvió como un abrazo. La luz del atardecer teñía el cielo de tonos dorados y rosados, y en la distancia, el mar —su mar, el mar turquesa que tanto había añorado— brillaba como una promesa cumplida.
Pero no fue el mar lo primero que vio. Fue a Marina.
Estaba allí, apoyada contra el guardabarros de su bicicleta, vestida con un sencillo vestido azul que hacía juego con sus ojos. Tenía el cabello más largo que la última vez, y la piel más bronceada, y cuando lo vio salir por las puertas del aeropuerto, su rostro se iluminó con una sonrisa que a Álix le hizo olvidar todas las penurias del viaje.
—Hola, francés —dijo ella, con una voz que apenas le salía, quebrada por la emoción.
—Hola, sirena.
Él dejó caer la maleta al suelo y ella soltó la bicicleta. Recorrieron la distancia que los separaba en cuatro zancadas, y se fundieron en un abrazo tan intenso, tan apretado, tan lleno de significados, que los transeúntes del aeropuerto se giraron para mirarlos.
—Has vuelto —susurró Marina, con el rostro hundido en el cuello de él.
—Te dije que volvería.
—Y yo te dije que te esperaría. Y aquí estoy.
Se besaron. Un beso largo, profundo, salado por las lágrimas de alegría que resbalaban por las mejillas de ambos. Un beso que sabía a reencuentro, a promesa cumplida, a futuro que por fin empezaba.
—Te quiero —dijo Álix, cuando finalmente se separaron.
—Te quiero —respondió Marina, con los ojos brillantes—. Bienvenido a casa.
Salieron del aeropuerto cogidos de la mano, con la maleta de Álix en una mano y la bicicleta de Marina en la otra. Esta vez no había un taxi esperándolo, ni un conductor que hablaba de béisbol y de ron. Esta vez, quien lo llevaba era ella. Su bicicleta, sus calles, su mundo.
—¿Adónde vamos? —preguntó Álix.
—A casa —dijo Marina.
—¿Qué casa?
—La mía. He pensado que, ya que vas a quedarte seis meses, podrías vivir conmigo. Si quieres, claro. No es un bungalow de lujo, pero tiene su encanto.
—¿Tiene vista al mar?
—Tiene vista al mar.
—Entonces es perfecta.
La casa de Marina era una pequeña construcción de madera pintada de blanco y azul, situada en un pueblo de pescadores a pocos kilómetros del hotel. Tenía un porche con mecedoras, un jardín lleno de buganvilias y un limonero que daba sombra al patio trasero. Y desde la ventana de la habitación principal, sí, se veía el mar.
—Es modesta —dijo Marina, casi disculpándose, mientras abría la puerta.
—Es maravillosa.
—No estás acostumbrado a esto. Tú vives en un apartamento en el Barrio Latino, con suelos de parqué y lámparas de diseño.
—Mi apartamento en el Barrio Latino es una jaula de oro. Esto... —Álix abarcó con un gesto el porche, el jardín, el mar—. Esto es libertad.
Marina le enseñó la casa. La cocina, con sus azulejos artesanales y su cafetera siempre humeante. El salón, con una estantería llena de libros de biología marina y novelas de García Márquez. La habitación, con una cama grande cubierta por un mosquitero blanco y una ventana que daba al océano.
—He preparado un espacio para tus cosas —dijo ella, señalando un armario vacío y un escritorio junto a la ventana—. Para que puedas escribir. Para que puedas trabajar.
—¿Has hecho esto por mí?
—Lo he hecho por nosotros.
Álix la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí.
—Eres la mujer más increíble que he conocido en mi vida, Marina. ¿Lo sabes?
—Me lo dices muy a menudo. Pero nunca me canso de oírlo.
—Pues pienso decírtelo todos los días durante los próximos seis meses. Como mínimo.
—¿Y después?
—Después ya veremos. Pero sea lo que sea, será juntos.
Aquella noche, después de una cena improvisada con arroz y frijoles que Marina cocinó mientras Álix la observaba embelesado, se sentaron en el porche a contemplar las estrellas. El caracol de Álix colgaba de su cuello, junto a una fotografía que él le había enviado desde París —la misma que le había hecho el primer día, ahora ampliada y enmarcada—. La fotografía de Marina colgaba de un clavo en la pared del salón, presidiendo la estancia como un icono.
—¿Estás nervioso por el trabajo? —preguntó ella.
—Un poco. Quiero hacerlo bien. No quiero defraudar a nadie.
—No vas a defraudar a nadie. Eres un gran fotógrafo, Álix. Y un gran escritor. Y, sobre todo, eres una buena persona. Eso es lo que importa.
—Contigo a mi lado, siento que puedo hacer cualquier cosa.
—Porque puedes. Los dos juntos podemos hacer cualquier cosa.
Se besaron bajo el cielo estrellado, mecidos por el susurro del mar y el canto lejano de un grillo. Y por primera vez en tres meses, Álix sintió que estaba exactamente donde debía estar.
Había vuelto a casa.