Valentina fue criada como hija de la casa Vargas, hasta que una copa rota, una mentira y el silencio de todos la condenaron a tres años de servidumbre en la manada Oscura.
Allí lavó ropa con las manos abiertas por el hielo, limpió establos, cargó leña, durmió sobre paja y aprendió que nadie iba a ir por ella. Cuando el plazo termina, Rodrigo Vargas, el Alfa que alguna vez significó hogar, aparece para llevarla de regreso.
Pero la Valentina que vuelve no busca abrazos, explicaciones ni perdón.
En la casa que la entregó, Isabela ocupa su lugar, Don Alejandro intenta arreglar su futuro como si fuera un problema familiar, Elena llora demasiado tarde y Rodrigo empieza a entender que la culpa no repara nada.
Solo Abuela Consuelo sigue llamándola "mi niña".
Cuando las cicatrices salen a la luz y las mentiras comienzan a romperse, Valentina decide algo simple: nunca más volverá a vivir como una Omega que otros pueden vender, esconder o nombrar a su antojo.
Y mientras la verdad de Isabela se pudre bajo perfumes falsos, un Beta llamado Diego aparece con una bondad tranquila que Valentina ya no creía posible.
Pero en un mundo de Alfas, manadas y destinos marcados por la luna, sobrevivir no será suficiente.
Valentina tendrá que elegir si quedarse entre las ruinas de la familia que la enterró... o caminar hacia una vida donde nadie vuelva a apagar su nombre.
NovelToon tiene autorización de ReWorld para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Capítulo 15
La reunión de manadas se celebró en el patio grande.
Don Alejandro mandó limpiar las piedras desde temprano. Colgaron estandartes en los balcones, pusieron bancos para los Alfas invitados y encendieron braseros en las esquinas. La casa Vargas sabía mostrarse fuerte cuando quería. Desde lejos, nadie habría visto las grietas.
Valentina ayudó a llevar mantas para Consuelo hasta media mañana. Después una criada le dijo que Don Alejandro quería a todas las Omegas disponibles en el servicio del patio.
—No tienes que ir —dijo Consuelo desde la cama.
Valentina dobló una manta.
—Si no voy, dirán que me escondo.
—Que digan.
—Hoy no.
Consuelo la miró con atención.
—¿Vas a hacer algo?
Valentina tardó en responder.
—Si hace falta.
La abuela no sonrió.
—Entonces párate derecha.
El patio estaba lleno cuando Valentina llegó.
Representantes de cuatro manadas ocupaban los bancos. Había Alfas con capas de piel, Betas con tablillas de cuentas, mujeres de vestido grueso hablando alrededor de los braseros. Isabela estaba junto a Elena, vestida de blanco, con un aceite floral más fuerte que de costumbre. Su aroma dulce viajaba antes que ella.
—La hija recuperada de los Vargas —murmuró alguien.
No hablaban de Valentina.
Isabela inclinaba la cabeza con modestia. Rodrigo permanecía cerca. Cada vez que un Alfa miraba demasiado, él daba medio paso hacia ella. El gesto era viejo. Valentina lo conocía bien.
Ella tomó una jarra de vino caliente y empezó a servir.
Al principio nadie la reconoció. Eso también era una forma de respuesta. Pasaba junto a personas que habían comido en esa casa cuando ella era niña, y sus ojos se deslizaban sobre ella como si fuera parte del servicio.
Hasta que una mujer de la manada del Roble la miró dos veces.
—¿Esa no es la otra muchacha Vargas?
El silencio cercano se volvió atento.
Un primo de Don Alejandro respondió con rapidez:
—Estuvo fuera. Aprendiendo disciplina en otra manada.
Algunos rieron.
Valentina dejó la jarra sobre la mesa de servicio.
—No.
La palabra fue baja. Aun así, cortó la risa.
Don Alejandro, desde el banco principal, giró la cabeza.
—Valentina.
Ella dio un paso al frente.
No buscó a Rodrigo. No buscó a Elena. No miró a Isabela.
—Fui a servir como Omega esclava a la manada Oscura.
El patio se quedó quieto.
Un leño tronó dentro de un brasero.
Valentina continuó:
—Lavé ropa. Limpié establos. Cargué leña. Dormí sobre paja el primer año. Comí lo que sobraba cuando sobraba algo. Eso no fue disciplina.
Nadie respondió.
La mujer de la manada del Roble bajó la copa.
—No sabíamos.
—Yo sí.
La respuesta fue simple. No acusaba a la mujer. Acusaba a todos los que sí habían sabido lo suficiente para no preguntar más.
Isabela se acercó con el rostro preocupado.
—Valentina, este no es el momento...
Valentina la miró.
—Este lugar tiene oídos.
Isabela se detuvo.
Don Alejandro se puso de pie.
—Basta.
—Durante tres años dijeron lo que quisieron de mí —dijo Valentina—. Que pagaba una deuda. Que aprendía humildad. Que estaba protegida por un acuerdo. Hoy lo digo yo.
Rodrigo bajó los ojos.
Valentina levantó las mangas hasta donde las vendas lo permitían. No tanto como en el patio el primer día. Suficiente para que los más cercanos vieran las marcas.
Un murmullo cruzó el lugar.
—Estas no son marcas de disciplina.
Elena empezó a llorar.
Carmen, entre las mujeres de la familia, tenía la cara rígida.
Alguien preguntó:
—¿La casa Vargas autorizó eso?
Don Alejandro no contestó.
Su silencio hizo más daño que una respuesta.
Valentina bajó las mangas.
—Sigan con su reunión.
Tomó la jarra y la puso de nuevo sobre la mesa, exactamente donde debía estar. Luego caminó hacia el corredor sin apresurarse.
Nadie la detuvo.
La reunión continuó, pero ya no tuvo el mismo sonido. Las voces bajaron. Los Alfas dejaron de mirar a Isabela con la misma comodidad. Rodrigo dio un paso como si quisiera seguir a Valentina, pero Don Alejandro lo llamó.
Desde la galería lateral, Diego la vio cruzar.
No fue tras ella.
Solo bajó la mirada un momento y volvió a quedarse en silencio.
Pero me fascina la narrativa... Dura, blanco o negro, no hay floritorios en los romances., que casi no hay o no se perciben... cómo ese que "día a día crece" y no descubris si es un romance normal o personas que coinciden en tiempo y espacio.
Es rara y está muy buena