una ciudad controlada por dos grandes mafiosos que se odian pero en el camino encontrarán enemigos en común será que los haran unirse?
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El archivo negro
La lluvia golpeaba el techo del almacén donde Antonio Romano, Víctor Moretti, Sofía Navarro, Gabriel Torres y Verónica Salazar examinaban los documentos encontrados en el camión blindado.
Miles de carpetas cubrían las mesas.
Fotografías.
Contratos.
Registros bancarios.
Informes secretos.
Aquello parecía el archivo personal de alguien que había pasado décadas vigilando a todo el mundo.
Gabriel abrió una carpeta al azar.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Miren esto.
Los demás se acercaron.
Dentro había información detallada sobre un senador.
Movimientos financieros.
Conversaciones privadas.
Fotografías tomadas en secreto.
Todo perfectamente organizado.
—Esto podría destruirlo políticamente —dijo Sofía.
—Y eso es solo una carpeta —respondió Gabriel.
Antonio abrió otra.
Encontró información sobre un juez.
Víctor revisó una tercera.
Un empresario.
Verónica observó los documentos en silencio.
Finalmente habló.
—Ahora entiendo.
—¿Qué entiendes? —preguntó Antonio.
—El verdadero poder de Mauricio.
Todos la miraron.
—No necesita controlar a las personas.
Solo necesita conocer sus secretos.
El silencio llenó el almacén.
Porque todos comprendían que tenía razón.
Mientras tanto, al otro lado de la frontera, una caravana de camiones avanzaba por una carretera desierta.
Estaban fuertemente escoltados.
Vehículos blindados.
Hombres armados.
Equipos de comunicación.
Aquello era lo que realmente le importaba a Mauricio.
No el convoy perdido.
No los documentos.
Aquella carga era mucho más valiosa.
Y nadie en Ciudad Oscura sabía de su existencia.
A la mañana siguiente, Gabriel pasó horas revisando archivos.
Cada carpeta revelaba algo nuevo.
Corrupción.
Sobornos.
Traiciones.
Negocios ilegales.
Parecía que Mauricio había estado recopilando información sobre toda persona importante relacionada con Ciudad Oscura.
Entonces encontró algo inesperado.
Una carpeta con el nombre de Antonio Romano.
—Antonio.
—¿Qué?
—Creo que deberías ver esto.
Antonio se acercó.
Gabriel le entregó el archivo.
A medida que avanzaba en la lectura, su expresión se endurecía.
—¿Qué ocurre? —preguntó Víctor.
Antonio cerró la carpeta lentamente.
—Sabe cosas sobre mi familia.
El silencio se hizo pesado.
—¿Qué clase de cosas? —preguntó Sofía.
—Cosas que nunca debió descubrir.
Verónica comprendió inmediatamente el problema.
—Está usando información personal.
—Sí.
—Siempre lo hizo.
Antonio observó nuevamente los documentos.
Por primera vez parecía preocupado.
Realmente preocupado.
Horas después, Víctor encontró una carpeta con su propio nombre.
Y el resultado fue similar.
Mauricio conocía operaciones secretas.
Cuentas ocultas.
Contactos antiguos.
Información que muy pocas personas habían conocido.
—Esto es imposible —murmuró.
—No —respondió Verónica.
—¿Cómo consiguió todo esto?
La mujer permaneció pensativa.
—Porque lleva observándonos más tiempo del que imaginamos.
Ese mismo día, Ciudad Oscura recibió otro golpe.
Varios periódicos publicaron escándalos relacionados con jueces y políticos importantes.
Las noticias se propagaron rápidamente.
Arrestos.
Investigaciones.
Renuncias.
El caos aumentó.
Gabriel observó las pantallas.
—Mauricio está usando la información.
—Pero nosotros tenemos parte de ella —dijo Sofía.
—Solo una parte.
Y probablemente no la más importante.
Mientras tanto, en el puerto, nuevos hombres continuaban llegando.
Algunas familias mafiosas menores ya se habían unido oficialmente a Mauricio.
Otras permanecían indecisas.
Pero la tendencia era clara.
Cada semana ganaba más aliados.
Más recursos.
Más territorio.
Más poder.
Uno de sus principales lugartenientes entró en la oficina.
—Señor.
—Habla.
—Tres familias más aceptaron nuestra propuesta.
Mauricio sonrió.
—Perfecto.
—También hay rumores.
—¿Qué clase de rumores?
—Antonio Romano y Víctor Moretti están trabajando juntos.
Por primera vez apareció diversión en el rostro de Mauricio.
—Eso nunca dura mucho.
—¿No le preocupa?
—No.
Se acercó a la ventana.
—Porque sé exactamente cómo romper esa alianza.
Esa noche ocurrió algo inesperado.
Antonio recibió una llamada anónima.
—¿Quién habla?
—Alguien que quiere ayudarte.
Antonio frunció el ceño.
—Habla.
—Víctor Moretti te está ocultando información.
La llamada terminó inmediatamente.
Antonio permaneció inmóvil.
No sabía si creerlo.
Pero la semilla de la duda ya había sido plantada.
Apenas una hora después, Víctor recibió una llamada similar.
—Antonio Romano negoció con Mauricio.
—¿Qué?
—Pregúntale tú mismo.
La comunicación terminó.
Víctor observó el teléfono.
Y aunque sospechaba que podía tratarse de una manipulación, no pudo evitar sentirse incómodo.
Al día siguiente la tensión era evidente.
Gabriel fue el primero en notarlo.
Antonio y Víctor apenas se hablaban.
Las respuestas eran cortas.
Las miradas desconfiadas.
Los silencios demasiado largos.
Finalmente decidió intervenir.
—¿Qué está pasando?
Nadie respondió.
—Vamos.
Antonio observó a Víctor.
—Tal vez deberías explicarlo tú.
—¿Explicar qué?
—Tus conversaciones secretas.
Víctor se puso de pie.
—¿Mis conversaciones?
—Sí.
La discusión comenzó a escalar rápidamente.
Sofía intentó calmarlos.
Inútil.
Verónica observaba en silencio.
Y entonces comprendió exactamente lo que estaba ocurriendo.
—Mauricio.
Todos se detuvieron.
—¿Qué?
—Está manipulándolos.
Antonio y Víctor permanecieron en silencio.
—Siempre hace esto.
—¿Hacer qué? —preguntó Gabriel.
—Sembrar dudas.
Mentiras pequeñas.
Sospechas.
Rumores.
Nada grande.
Nada evidente.
Solo lo suficiente para que las personas comiencen a desconfiar entre sí.
La explicación tenía sentido.
Demasiado sentido.
Poco a poco la tensión disminuyó.
Pero el daño ya estaba hecho.
Esa noche, Gabriel revisó nuevamente los documentos.
Y encontró algo que había pasado por alto.
Un conjunto de mapas.
Marcaciones.
Coordenadas.
Movimientos de transporte.
Todo relacionado con el cargamento que había abandonado la ciudad.
Comenzó a analizarlos cuidadosamente.
Después de varias horas logró reconstruir parte de la ruta.
Lo que descubrió lo sorprendió.
—No puede ser...
Tomó el teléfono inmediatamente.
—Antonio, necesito que vengas.
—¿Qué pasó?
—Creo que sé qué estaba transportando realmente.
Una hora después todos estaban reunidos.
Gabriel colocó los mapas sobre la mesa.
—El convoy era una distracción.
—Eso ya lo sabemos —dijo Víctor.
—Sí.
Pero ahora creo saber qué protegía realmente.
Señaló varias rutas.
—Todo converge aquí.
Los demás observaron el mapa.
—¿Dónde es eso? —preguntó Sofía.
—Una antigua instalación militar abandonada.
Verónica se quedó inmóvil.
—No.
Todos la miraron.
—¿Qué ocurre?
La mujer parecía haber visto un fantasma.
—Conozco ese lugar.
—¿Cómo?
—Porque fue allí donde comenzó todo.
El silencio llenó la habitación.
—¿Qué significa eso? —preguntó Gabriel.
Verónica tardó unos segundos en responder.
—Hace treinta años Mauricio y yo utilizamos esa instalación para almacenar dinero, armas, documentos y recursos.
—¿Cuántos recursos?
La respuesta llegó lentamente.
—Suficientes para construir un imperio.
Nadie habló.
Porque todos comprendían la magnitud de aquello.
Si Mauricio había recuperado ese arsenal oculto, la situación era mucho peor de lo que imaginaban.
Al mismo tiempo, en la antigua instalación militar, cientos de hombres trabajaban sin descanso.
Camiones entraban y salían.
Cajas eran descargadas.
Equipos eran instalados.
La base parecía una ciudad en miniatura.
Mauricio recorría el lugar acompañado por varios guardaespaldas.
Todo avanzaba exactamente como había planeado.
Un hombre se acercó.
—Los preparativos están completos.
—Perfecto.
—¿Cuándo comenzamos?
Mauricio observó las enormes instalaciones.
Las luces.
Los vehículos.
Los hombres.
Décadas de trabajo finalmente estaban dando frutos.
—Muy pronto.
—¿Y Ciudad Oscura?
Mauricio sonrió.
—Ciudad Oscura todavía cree que esta guerra trata sobre territorio.
La sonrisa se amplió.
—Pero nunca se trató de eso.
El hombre pareció confundido.
—Entonces, ¿de qué se trata?
Mauricio observó la oscuridad del horizonte.
—De poder.
Del verdadero poder.
Y estaba a punto de demostrarlo.
Continuará en el Capítulo 18...