Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.
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Capítulo 6
Capítulo 6: La Elegida de la Diosa Luna
La luz cayó sobre Aitana como si la luna hubiera decidido tocar la tierra con sus propias manos.
No fue suave.
Le entró por la piel, por la boca, por la herida de la rodilla, por cada lugar donde alguna vez le habían dicho que no valía nada. Aitana quiso respirar y no pudo. El calor no quemaba, pero era demasiado grande para su cuerpo. Sintió que algo se abría dentro de ella, algo antiguo, profundo, escondido detrás de años de hambre, miedo y silencio.
El patio entero desapareció.
Por un instante solo hubo luz.
Y una voz.
"Hija mía."
Aitana no supo si la escuchó con los oídos o en la sangre.
Sus manos temblaron sobre la piedra. Bajo sus dedos, las vetas del altar brillaron como ríos de plata. El aire olía a copal, lluvia y algo dulce que no venía de ninguna planta conocida.
Luego el sonido regresó de golpe.
Gritos.
Rodillas cayendo al suelo.
El bastón de Don Romualdo golpeando la piedra.
—¡Silencio!
Nadie obedeció del todo.
Aitana abrió los ojos. La luz seguía alrededor de ella, girando en espirales doradas y plateadas. En sus brazos aparecieron líneas finas, primero como hilos de luna bajo la piel, después como marcas vivas que subían desde sus muñecas hasta sus hombros. No eran las marcas suaves de una beta. No eran señales de una hembra común.
Abuela Remedios estaba pálida.
Esa fue la primera cosa que Aitana entendió con claridad.
La curandera que nunca se sorprendía la miraba como si estuviera viendo una historia prohibida despertar frente a sus ojos.
—No puede ser —susurró una mujer.
—La quinta marca...
—Eso es imposible.
Bruna seguía de pie junto al círculo de espera, inmóvil. Toda la elegancia de su rostro se había quebrado. Fausto ya no sonreía. Roque, en cambio, miraba la luz con una mezcla de codicia y miedo que le revolvió el estómago a Aitana.
Paloma tenía ambas manos sobre la boca. Lloraba.
Leandro no estaba de rodillas.
Seguía al borde del círculo, rígido, con los ojos dorados fijos en ella. Pero su expresión había cambiado. No parecía sorprendido como los demás. Parecía golpeado por una verdad que había temido y esperado al mismo tiempo.
La luz se recogió lentamente hacia el pecho de Aitana.
Allí, sobre la piel bajo la clavícula, apareció una marca nueva: una luna abierta, rodeada por cinco trazos curvos como garras, alas, escamas, colmillos y una ola. El símbolo brilló una vez, tan fuerte que todos retrocedieron.
Abuela Remedios cayó de rodillas.
El gesto hizo que el patio se congelara.
Si la curandera se arrodillaba, los demás no podían seguir de pie.
Don Romualdo bajó la cabeza.
Uno tras otro, los miembros de la manada hicieron lo mismo. Visitantes, cazadores, hembras, jóvenes, ancianos. Incluso algunos leones doblaron la rodilla con expresión amarga.
Roque tardó demasiado, pero también se arrodilló.
Bruna fue una de las últimas.
Fausto no lo hizo hasta que Leandro giró apenas la cabeza hacia él.
Entonces el león bajó una rodilla, con los dientes apretados.
Aitana no entendía.
El corazón le latía tan fuerte que sentía el pulso en las manos, en los labios, en la marca nueva que ardía bajo la tela. Se levantó con dificultad. La luz ya no la sostenía, y de pronto sus piernas eran solo piernas otra vez.
—Abuela Remedios —dijo, con la voz rota—. ¿Qué... qué significa?
La curandera levantó el rostro. Tenía lágrimas en los ojos.
—La Luna te ha elegido.
Un murmullo recorrió el patio.
—No —dijo Aitana.
La palabra salió sola.
No porque rechazara la luz. Porque era demasiado. Porque hacía apenas unos minutos Fausto se reía de ella, Bruna la miraba con lástima falsa y Roque pensaba venderla por grano si la ceremonia salía mal.
La curandera bajó más la cabeza.
—Luna Sagrada.
El título cayó sobre la manada como un trueno.
Paloma soltó un sollozo.
—Aitana...
Don Romualdo se puso de pie despacio, pero mantuvo la cabeza inclinada.
—La Elegida de la Diosa Luna —dijo con voz grave—. Nacida bajo nuestra manada.
La frase encendió otra ola de murmullos.
"La Elegida."
"Una Luna Sagrada."
"En el Clan Ratón."
"Pero si era..."
Nadie terminó la frase.
Omega desechada.
Todos la habían pensado. Todos la habían dicho. Ahora las palabras parecían pudrirse en sus bocas.
Aitana miró sus manos. Eran las mismas manos de siempre: pequeñas, con marcas de trabajo, con polvo todavía bajo una uña. No se sentían sagradas. No se sentían poderosas. Pero la marca en su pecho seguía latiendo, y cada latido respondía a la luna.
Bruna dio un paso al frente.
—Debe haber un error.
El patio volvió a tensarse.
Don Romualdo la miró con severidad.
—Bruna.
Ella bajó la cabeza enseguida, pero ya había hablado.
—Perdón, Alfa. Solo... la luz fue muy fuerte. Tal vez deberíamos llamar a otra curandera para confirmar. Aitana nunca ha mostrado señales de una sangre así.
La suavidad de su voz no alcanzó a esconder el veneno.
Aitana la miró.
Por primera vez, Bruna no pareció tranquila.
Abuela Remedios se levantó con ayuda de una de las curanderas visitantes.
—La quinta marca no se confunde.
—Pero...
—No se confunde —repitió la anciana.
Bruna cerró la boca.
Fausto soltó una risa seca, nerviosa, como si buscara una salida.
—¿La ratoncita? ¿Una Luna Sagrada? Eso no tiene sentido.
Leandro dio un paso hacia él.
Fausto se calló.
Aitana sintió la mirada de todos encima, esperando algo de ella. Una orden. Una señal. Una reacción digna de una figura que solo existía en historias. Pero por dentro seguía siendo la misma muchacha que había aprendido a contar las porciones de comida para no pedir de más.
Don Romualdo se volvió hacia Abuela Remedios.
—Según la ley antigua, si una Luna Sagrada despierta durante la ceremonia, debe ser protegida antes de que los clanes puedan reclamar alianza.
Aitana levantó la cabeza.
—¿Reclamar?
La curandera no la miró con lástima esta vez. La miró con gravedad.
—Tu poder acaba de cambiar el equilibrio de todos los clanes presentes. Cada Alfa querrá acercarse. Algunos por devoción. Otros por ambición.
Roque se puso de pie demasiado rápido.
—Como su tutor, yo debo...
—Usted no debe nada —lo cortó Don Romualdo.
El patio entero oyó la frase.
Roque palideció.
Don Romualdo continuó:
—Ningún tutor puede disponer de una Luna Sagrada como si fuera propiedad.
Algo en el pecho de Aitana se aflojó. No del todo. Pero lo suficiente para poder respirar.
Abuela Remedios dio un paso hacia el altar.
—La ley también dice que la Elegida debe nombrar un primer guardián de vínculo. Un compañero inicial. Alguien que proteja su cuerpo, su marca y su voluntad hasta que la Luna revele el camino completo.
Los murmullos estallaron.
Aitana sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Ahora?
—Antes de que termine la noche —dijo la curandera—. Si no lo haces, los Alfas visitantes tendrán derecho a presentar reclamos de alianza ante Don Romualdo.
Paloma se puso de pie de golpe.
—Eso es una locura.
—Es ley antigua —dijo Abuela Remedios—. Y las leyes antiguas rara vez fueron escritas para darle calma a una mujer.
Aitana miró alrededor.
Los hombres que antes se reían ahora la observaban de otra forma. Algunos con adoración. Otros con cálculo. Vio a un Alfa del Clan Coyote susurrarle algo a su beta. Vio a un zorro mayor inclinar la cabeza hacia Bruna. Vio a Roque recomponer el rostro, como si ya estuviera pensando cómo recuperar control.
El aire se volvió pesado.
Entonces, entre todos esos rostros, encontró uno que no pedía nada.
Leandro.
Seguía de pie al borde del círculo. No avanzó. No se arrodilló para ofrecerse. No levantó la voz. Solo la miró como la había mirado desde el primer día: sin burla, sin lástima, sin hambre.
Aitana recordó su brazo deteniendo la garra de Fausto.
Recordó su voz: "Caminaré a tu lado."
Recordó la pregunta: "Si mañana la Luna decide algo imposible, ¿te arrepentirías de haberme conocido?"
Ahora entendía.
No del todo. Pero lo suficiente.
Si elegía a un Alfa poderoso, tal vez todos aplaudirían. Tal vez Roque sonreiría por primera vez en años y fingiría que siempre la había protegido. Tal vez Bruna inclinaría la cabeza con esa dulzura falsa y buscaría otra forma de acercarse al poder. Tal vez la manada aceptaría a Aitana solo porque el hombre a su lado les resultaba conveniente.
La idea le revolvió el estómago.
Habían pasado años diciéndole que no tenía valor. Minutos antes la llamaban ratoncita. Ahora, porque la Luna había encendido una marca en su pecho, todos querían mirarla como si siempre hubieran sabido que era especial.
Pero Aitana sí recordaba.
Recordaba las sobras frías. Recordaba los baldes de agua. Recordaba las risas cuando su Cambio fallaba. Recordaba a Fausto levantando las garras y a todos mirando. Recordaba a Bruna hablando de dignidad mientras la tierra seguía pegada a su falda.
Y recordaba al único que se interpuso antes de saber que ella era algo más que una omega sin valor.
Paloma, desde el borde del círculo, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y le hizo un gesto pequeño. No le señaló a nadie. No intentó decidir por ella. Solo asintió, como si le dijera: "Elige por ti".
Aitana respiró.
La marca de la luna latió bajo su clavícula, una vez, dos veces, como si esperara su respuesta.
Abuela Remedios habló en voz baja:
—Aitana, hija de la Luna, mira a los presentes y elige.
El patio quedó muerto de silencio.
Todos los ojos fueron hacia ella.
Y la mirada de Aitana, lenta, inevitable, se movió hacia el hombre que todos despreciaban por ser serpiente.
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos