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Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Suspenso
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.

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Capítulo 15: El mapa de Lucía

La bombilla de alpaca brillaba sobre la mesa del quirófano como un objeto recién nacido. Las cuatro mujeres la miraron en silencio, como si esperaran que hiciera algo. Pero no hizo nada. Era sólo una bombilla, vacía, sin el mate que la había acompañado durante treinta años.

—¿Esto sirve para algo? —preguntó Valentina, tocando el metal frío con la punta del dedo.

—Más de lo que creés —respondió Nora, tomando la bombilla con delicadeza—. Esto no es un objeto común. Estuvo en el centro de un cierre de grieta. Absorbió energía. Ahora es como una llave maestra.

—¿Llave maestra para qué?

—Para encontrar a tu abuela —dijo Elena—. Lucía no está en cualquier parte del tiempo. Está en un lugar específico, protegido por capas y capas de protección temporal. Sin una llave, es imposible entrar. Con esta bombilla... tal vez.

Las otras tres se acercaron. La piloto tocó la bombilla con el bisturí, haciendo un pequeño sonido metálico.

—¿Cómo funciona? —preguntó.

—Igual que el espejo roto —explicó Nora—. Pero en lugar de reflejar, señala. Si la sostenemos sobre el mapa del piso, debería indicarnos hacia dónde está Lucía. Como una brújula, pero del tiempo.

Valentina tomó la bombilla. El metal ya no estaba frío. Se había calentado ligeramente, como si reconociera su mano.

—Hagámoslo —dijo.

Se arrodillaron alrededor del mapa de carbón. El circuito de nombres seguía ahí, con el de Lucía en el centro. Valentina sostuvo la bombilla sobre el nombre de su abuela, a unos centímetros del piso. Al principio no pasó nada. Luego, la bombilla comenzó a vibrar.

Un zumbido bajo, casi inaudible, llenó el quirófano. Las líneas de carbón en el piso empezaron a moverse, reordenándose alrededor de la bombilla como si fueran imanes. Los nombres se desplazaron. El de Lucía se agrandó, se volvió más oscuro, y de él surgió una flecha que apuntaba hacia la pared del fondo.

—Ahí —dijo Nora—. La flecha señala hacia 1923.

—¿1923? —preguntó Clara enfermera—. ¿El año de Marta?

—Sí —respondió Elena con voz grave—. Lucía está en el mismo año en que Marta murió. No es coincidencia. Marta fue la primera de nosotras en quedar atrapada. Su muerte creó un eco que resonó durante décadas. Tu abuela fue a buscarla.

—¿Mi abuela conocía a Marta? —preguntó Valentina, atónita.

—No en vida. Pero después de muerta, cuando quedó desplazada, pudo ver todas las versiones. Supo que Marta estaba sola en 1923, atrapada en un sanatorio, esperando. Y fue a acompañarla.

—¿Acompañarla? ¿O a rescatarla?

—Las dos cosas —dijo la piloto—. Tu abuela era así. No podía ver a alguien sufrir sin hacer algo. Aunque ella misma estuviera sufriendo.

Valentina sintió un nudo en la garganta. Recordó todas las veces que su abuela había ayudado a vecinos, a desconocidos, a gente que ni siquiera le caía bien. Lucía tenía una urgencia por reparar el mundo que la rodeaba. Tal vez porque sabía que el mundo del tiempo también necesitaba reparación.

—Vamos a 1923 —dijo Valentina—. Todas juntas.

—No es seguro —objetó la piloto—. 1923 es un año frágil. Hay muchas grietas abiertas por la guerra reciente. Si vamos todas, podríamos romper algo.

—Entonces vamos de a dos —propuso Clara enfermera—. Dos entran, dos se quedan. Se turnan.

—¿Quiénes van primero? —preguntó Nora.

El silencio se instaló. Valentina sabía que ella tenía que ir. Era su abuela. Su sangre. Pero también sabía que no podía ir sola.

—Voy yo —dijo Elena—. Conozco 1923. Estuve ahí, antes de quedar atrapada en la habitación blanca. Puedo guiarla.

—¿Estás segura? —preguntó Valentina—. Acabo de salir del encierro. ¿Querés volver a viajar tan pronto?

—No es volver a encierro. Es volver a la vida. La vida es movimiento. Si me quedo quieta, me pudro otra vez. Prefiero viajar.

La piloto asintió. Parecía aprobar la decisión de Elena.

—Está bien. Van Valentina y Elena. Nosotras tres nos quedamos acá, cuidando el mapa y la bombilla. Pero tienen tres horas. Si no vuelven en tres horas, vamos a buscarlas.

—¿Cómo medimos el tiempo acá? —preguntó Nora—. No hay relojes.

—Con el corazón —dijo Clara enfermera—. Cuando sientan que pasaron tres horas, van a saberlo. El tiempo interno es más confiable que el de los relojes.

Valentina guardó la bombilla en el bolsillo. Elena se paró a su lado. Las dos se miraron. Por un segundo, Valentina vio más allá del vestido negro y las mejillas hundidas. Vio a la mujer joven que había sido Elena en 1916, antes de que el dolor la partiera al medio.

—¿Lista? —preguntó Valentina.

—Nunca —respondió Elena con una sonrisa triste—. Pero voy igual.

Cerraron los ojos. Valentina pensó en 1923. En sanatorios. En olor a éter y a sábanas hervidas. En Marta, la mujer envuelta en sábanas que habían velado en el quirófano durante días, sin saber que su historia seguía abierta.

El salto fue diferente esta vez. Más suave. Como si el tiempo ya las conociera y no quisiera lastimarlas.

Cuando abrieron los ojos, estaban en un pasillo largo y angosto. Las paredes eran de un azul pálido, descascarado. El piso, de madera gastada, crujía bajo sus pies. Del techo colgaban lámparas de gas que parpadeaban con una luz amarillenta.

—Sanatorio Santa María —susurró Elena—. 1923. Aquí es donde murió Marta.

—¿Y mi abuela? —preguntó Valentina.

Elena señaló el final del pasillo. Allí había una puerta entreabierta, de madera oscura, con un número pintado: 7.

Del otro lado, se escuchaba una voz. Una voz vieja, cansada, pero inconfundible. La voz de Lucía.

—Pasen, nenas —decía—. Las estaba esperando.

Valentina sintió que las piernas se le aflojaban. Su abuela estaba ahí. No muerta. No desplazada. Ahí, en 1923, en un sanatorio abandonado, esperándola.

Caminó hacia la puerta con pasos temblorosos. Empujó la madera.

Y la vio.

Lucía estaba sentada en una cama de hierro, con su vestido de flores favorito, el que usaba los domingos para ir a misa. Su pelo canoso estaba atado en un rodete perfecto. Sus manos, arrugadas pero firmes, sostenían las de otra mujer: Marta, la misma que habían envuelto en sábanas en el quirófano. Pero Marta no estaba muerta. Estaba viva, pálida, con los ojos cerrados, respirando apenas.

—No te acerques mucho —dijo Lucía sin dejar de mirar a Marta—. Está frágil. La he estado sosteniendo durante décadas, pero cada día cuesta más.

—¿Décadas? —preguntó Valentina—. Abuela, vos moriste hace una semana.

—Morí en tu tiempo, nena. Pero acá, en 1923, no he muerto nunca. Porque nunca nací en este año. El tiempo no es lineal para las desplazadas. Yo puedo estar en 1923 y en 2026 al mismo tiempo. O mejor dicho, en ninguno.

—¿Por qué no nos dijiste nada? —preguntó Valentina, con lágrimas rodando por sus mejillas—. ¿Por qué nos dejaste buscar tanto?

—Porque necesitaban aprender —dijo Lucía con dulzura—. Si les hubiera dado todas las respuestas, nunca habrían encontrado sus propias preguntas. Y las preguntas, nena, son más importantes que las respuestas. Las preguntas te mueven. Las respuestas te estancan.

Elena dio un paso adelante.

—¿Lucía? —dijo—. Me acuerdo de vos. En el entre, cuando estaba atrapada, a veces te veía. Caminabas por los bordes, dejando miguitas de pan para que no me perdiera del todo.

—Eras vos la que no quería perderse —respondió Lucía—. Yo sólo te recordaba que existías. El resto lo hiciste sola.

Valentina se arrodilló junto a la cama. Tocó la mano de su abuela. Estaba caliente. Real.

—Venimos a llevarte —dijo—. A casa. Al quirófano. Con las otras.

—No puedo irme sin Marta —respondió Lucía—. Si la dejo, se muere. Y esta vez de verdad. No va a haber otra oportunidad para ella.

—Entonces nos llevamos las dos —dijo Elena—. Esa es la regla nueva. Nadie se queda atrás.

Lucía la miró largo rato. Sonrió.

—Te parecés a mí cuando era joven —dijo—. Cabezona. Valiente. Un poco loca.

—Viene en la sangre —respondió Elena.

Valentina ayudó a su abuela a levantarse. Lucía no soltó la mano de Marta. Entre las cuatro —Valentina, Elena, Lucía y la Marta dormida— caminaron hacia el final del pasillo. Una grieta se abrió sola frente a ellas, no como una herida, sino como una puerta.

Del otro lado, el quirófano las esperaba.

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