Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo XVI La sospecha
Punto de vista de Alexander
El sol de la mañana comenzó a filtrarse por las pesadas cortinas de la suite, golpeándome directamente en los ojos. Me desperté con una rigidez dolorosa en el cuello; pasar la noche de bodas en un sillón individual de cuero no era precisamente el plan que un Volkov tendría en mente.
Me incorporé con un gruñido, frotándome la nuca, y entonces la vi.
Isabella estaba profundamente dormida en la inmensa cama matrimonial. Se había envuelto en el edredón de tal manera que parecía querer desaparecer dentro de él. Su cabello castaño estaba esparcido sobre la almohada y su rostro, libre del maquillaje altivo del día anterior, se veía extrañamente joven. Casi infantil.
Me quedé observándola en silencio. Ya no estaba la mujer sarcástica que me lanzaba dardos con la mirada en la recepción, ni la "zorra" de la que Claudia me había advertido. Allí, bajo la luz suave del amanecer, solo había una figura frágil que respiraba de manera acompasada, aunque con rastros de las lágrimas de anoche aún marcados en sus mejillas.
Sentí una punzada extraña en el pecho, algo que se parecía peligrosamente a la culpa.
"¿Tanto asco te doy?", me había preguntado yo mismo anoche. Recordé el terror puro en sus ojos cuando la tomé por la fuerza de mi rabia. Alexander Volkov nunca había tenido que forzar a una mujer; siempre habían caído a mis pies por mi apellido, mi dinero o mi apariencia. Pero con ella, lo que buscaba no era placer, era castigo. Quería castigarla por ser quien era, por el contrato, por la humillación de mi abuelo.
Sin embargo, verla así, tan indefensa, me hizo cuestionar todo lo que creía saber. La Isabella de los tabloides habría aprovechado la situación para seducirme y asegurar su posición, o me habría abofeteado con una sonrisa burlona. Esta mujer, en cambio, se había roto en mis brazos.
Me levanté del sillón con cuidado de no hacer ruido. Me acerqué a la cama, impulsado por una curiosidad que no podía controlar. Me detuve a un paso de ella y noté algo: en su cuello, justo debajo de la línea de la mandíbula, había una pequeña marca que no recordaba haber visto en las fotos de alta resolución de la prensa. Era una pequeña mancha de nacimiento, casi imperceptible.
Algo en mi corazón se agitó. Un instinto protector, enterrado bajo años de cinismo, intentó salir a la superficie. Me reprendí de inmediato. Es una Castillo, Alexander. No lo olvides. Están hechos de mentiras y ambición.
Pero al ver un mechón de cabello tapándole la cara, mi mano se movió por instinto propio. Antes de que pudiera detenerme, aparté el mechón con infinita delicadeza. Su piel estaba caliente y era más suave de lo que cualquier seda podría imitar.
Ella se movió levemente en sueños, soltando un suspiro que sonó como un ruego, y yo retrocedí como si me hubiera quemado. No podía permitirme sentir esto. Si bajaba la guardia, ella me destruiría como su padre estaba destruyendo el legado de los Castillo.
Me dirigí al ventanal y miré el mar, apretando los dientes. El desayuno llegaría en media hora y la farsa debía continuar. Tenía que volver a ser el esposo frío y distante, pero la imagen de su fragilidad al despertar se había quedado grabada en mi mente, como una grieta en un cristal que, tarde o temprano, terminaría por romperse.
De pronto, escuché que empezaba a murmurar algo. Desde mi posición no podía distinguir sus palabras, así que me acerqué de nuevo para escuchar mejor. Susurros entrecortados escapaban de sus labios, cargados de una angustia que me heló la sangre.
—Isabella... Elena... ya déjenme en paz... ya no más, ya no más... —su voz subió de tono, volviéndose un lamento desesperado—. ¡Mamá! Lo hago por ti... no, por favor, no me toques...
Con ese último grito, abrió los ojos de golpe, sobresaltada. Su mirada tardó unos segundos en enfocarse, y cuando me vio allí, de pie junto a ella, el pánico la desbordó.
—¿Qué haces? ¡Aléjate! —gritó, aferrándose a las sábanas con nudillos blancos mientras retrocedía hasta chocar con el cabecero de la cama.
—Tranquila —dije, tratando de suavizar mi tono, aunque mi propia confusión me ponía tenso—. Tenías una pesadilla y solo me acerqué para asegurarme de que estuvieras bien.
—¡Aléjate! No me lastimes... —sus ojos estaban dilatados, llenos de un miedo que no parecía fingido.
Algo no andaba bien. Definitivamente, esta no era la Isabella que yo conocía. La verdadera Isabella me habría insultado o se habría burlado de mi preocupación; esta mujer me miraba como si yo fuera su verdugo.
—No te voy a hacer daño, solo quiero saber si estás bien —insistí, dando un paso más.
Noté que sus mejillas estaban demasiado encendidas. Estaba seguro de que tenía fiebre, pero su rechazo era absoluto. No tuve más opción que acercarme en contra de su voluntad para comprobarlo.
—¡No me toques! ¡Déjame! —su voz se quebró en un sollozo—. Déjame... eres un monstruo.
Sus palabras no me hirieron; sabía perfectamente lo que la gente pensaba de mí. Pero lo que importaba en ese momento era que su cuerpo temblaba sin control y el calor que desprendía era alarmante. La mujer que ayer me desafiaba con la mirada, hoy se deshacía frente a mí, llamándome por nombres que no eran el suyo y rogando por una piedad que yo, hasta anoche, no estaba seguro de poseer.
ojalá no bajen la Guardia