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Las Cuatro De La Medianoche.

Las Cuatro De La Medianoche.

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Mundo mágico / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.

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Capítulo 14 — La mano dorada

Cuando el espejo mostró una traición, la más dorada alzó la mano. Xylia Brook no dudó ni un segundo, aunque sentía que su corazón se contraía con cada latido, como si el mismo oro de su armadura estuviera intentando asfixiarla. Su mano derecha, protegida por un guantelete que antes simbolizaba el honor de su casa y ahora parecía una marca de esclavitud, se extendió hacia la superficie líquida del espejo. El contacto fue un choque de energías que hizo que todo el Vórtice de la Convergencia temblara desde sus cimientos más profundos.

—¡Xylia, detente! —gritó Ravenna, sintiendo cómo la presión mágica aumentaba hasta volver el aire casi irrespirable—. ¡Esa visión es demasiado fuerte! ¡Te va a consumir!

Pero Xylia no escuchaba. Sus dedos se hundieron en el cristal como si fuera agua tibia. Un gemido de agonía escapó de sus labios cuando el espejo comenzó a extraer no solo su magia, sino sus recuerdos más preciados. Vio imágenes de su infancia: el jardín de rosas solares donde jugaba, la voz de su madre cantándole canciones sobre la pureza de la luz, el momento en que recibió su primera espada. Todas esas imágenes fueron succionadas por el espejo, utilizadas como combustible para rasgar el velo de la traición.

—No me detendré —gruñó Xylia entre dientes, mientras finos hilos de energía dorada comenzaban a brotar de sus ojos—. He vivido una mentira. Prefiero morir viendo la verdad que vivir un segundo más como la marioneta de un rey traidor.

Lyraka se acercó, lista para tirar de Xylia si era necesario, pero la fuerza que emanaba del altar la mantuvo a raya. Las sombras de sus cuernos se alargaron, proyectándose contra las paredes del Vórtice como demonios danzantes.

—¡Está abriendo el núcleo! —exclamó Lyraka, cubriéndose el rostro con un brazo—. ¡El espejo está rompiendo el tiempo mismo!

Bajo el contacto de la mano dorada, el espejo dejó de mostrar la sala del trono y las conspiraciones políticas. La imagen se oscureció, volviéndose de un color rojo viscoso, como sangre vieja que se niega a secarse. El "velo" que cubría la realidad no era una metáfora; era una barrera mágica tejida con los nombres de aquellos que habían fundado el reino sobre un cimiento de sangre y engaño.

Xylia sintió cómo su mano tocaba algo sólido dentro del espejo. Eran pergaminos hechos de piel humana, flotando en el vacío del conocimiento prohibido. Con un rugido de esfuerzo, Xylia cerró el puño y tiró hacia atrás. La superficie del espejo se rasgó con un sonido de tela desgarrada, y una ráfaga de viento helado barrió el Vórtice, apagando casi todas las antorchas mágicas.

—¡Miren los nombres! —gritó Ravenna, señalando los fragmentos de luz que ahora flotaban en el aire, desprendidos del espejo por la acción de Xylia.

Los nombres no estaban escritos en tinta. Estaban escritos en una sustancia que pulsaba con una vida propia, un carmesí profundo que brillaba con una luz ancestral. Eran nombres que no pertenecían a la generación actual, sino a los fundadores de las Cuatro Casas, aquellos que supuestamente habían traído la civilización a las Tierras del Elfo.

—Aethelgard Brook... —leyó Xylia, con la voz temblando por el impacto—. Mi antepasado... el que escribió el Código de la Luz. Su nombre está aquí, sellando el contrato de la Gran Mentira.

—Y allí está el de mi clan —añadió Lyraka, con una expresión de asco puro—. Malakor Van’Thar. El "Libertador de las Sombras". Resulta que su libertad fue comprada con la sangre de sus propios guerreros en un ritual de intercambio.

Shapira se acercó a los nombres flotantes. Con una delicadeza que contrastaba con la violencia del momento, tocó uno de los nombres que brillaba con un tono plateado apagado. Sus cadenas emitieron un sonido de luto. Era el nombre de la Reina Silenciosa de su pueblo, aquella que había instaurado la ley del mudez para "proteger" los secretos sagrados. Ahora sabían que el silencio no era para proteger la magia, sino para ocultar la evidencia del pacto original que condenaba a las elfas de sombra a ser eternos parias.

—Es una genealogía de la infamia —sentenció Ravenna, mientras su libro comenzaba a absorber los nombres automáticamente, las páginas volviéndose rojas—. Este no es un pacto de salvación. Es un pacto de control. El mundo no iba a morir hace mil años; ellos simplemente decidieron dividirlo para que nadie pudiera tener el poder suficiente para desafiarlos. Crearon la luz y la sombra como enemigos para que nosotros, los peones, estuviéramos demasiado ocupados luchando entre nosotros como para mirar hacia arriba y ver quién sostenía las cuerdas.

Xylia retiró su mano del espejo. Su guantelete dorado estaba ahora manchado de ese rojo ancestral, y la marca en su palma ardía con un fuego frío. Se tambaleó, y Lyraka la sostuvo antes de que cayera al suelo. Por un momento, las dos antiguas enemigas compartieron un silencio de absoluta derrota y camaradería.

—Lo siento —susurró Lyraka al oído de Xylia—. Siento haberte odiado por ser de la luz. Ambas estábamos en la misma jaula, solo que la tuya estaba pintada de oro.

Xylia asintió débilmente, limpiándose una lágrima de sangre de la mejilla.

—Ya no hay luz, ni sombra, Lyraka. Solo hay este fango en el que nos han hundido. Pero ahora tenemos sus nombres. Ya no son leyendas intocables. Son traidores.

La mano dorada de Xylia seguía brillando, pero la luz que emitía era diferente. Ya no era la luz del sol que busca calentar, sino la luz de un rayo que busca destruir la oscuridad de la mentira. Al apartar el velo, Xylia no solo había revelado el pasado; había destruido el futuro que sus líderes habían planeado para ellas.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Shapira a través de sus cadenas, que formaron el símbolo de una espada rota en el aire.

—Hacemos lo único que podemos hacer —respondió Ravenna, cerrando el Tomo con un golpe que sonó como una sentencia—. Vamos a buscarlos. El pacto de la medianoche decía que debíamos proteger el equilibrio. Pues bien, el equilibrio comienza por eliminar a los que lo corrompieron desde el principio. Estos nombres en sangre ancestral son nuestra lista de ejecución.

El espejo comenzó a resquebrajarse, cumplida su misión. Los nombres flotantes se grabaron en la mente de cada una de ellas, una marca que no se borraría ni con la muerte. El aire en el Vórtice comenzó a aclararse, pero la sensación de paz se había ido para siempre. Ahora tenían una misión que superaba cualquier orden real o deber religioso.

Xylia miró su mano dorada una última vez antes de cerrar el puño, como si estuviera aplastando las gargantas de sus antepasados.

—La sangre ancestral llama a la sangre presente —dijo con una frialdad que asustó incluso a Ravenna—. Y mi sangre está muy, muy hambrienta.

El Vórtice se sumió en una penumbra roja, mientras los últimos fragmentos del espejo caían al suelo. La traición estaba expuesta, el velo estaba roto y las Guardianas ya no eran defensoras de un orden antiguo, sino las vengadoras de un mundo que había sido engañado durante eones.

La mano dorada apartó el velo y reveló nombres escritos en sangre ancestral.

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