Una chica de ciudad, acostumbrada a la comodidad, la tecnología y el ritmo acelerado de la vida urbana, conoce por chat a un chico de campo. Con el paso del tiempo, las conversaciones se convierten en una hermosa historia de amor. Decidido a conocerla, él viaja para verla y ambos descubren que sus sentimientos son verdaderos. Cuando deciden construir un futuro juntos, ella debe adaptarse a una vida completamente diferente. Aprende las costumbres del campo, a cocinar en leña, a convivir con la naturaleza y a disfrutar de la tranquilidad que la rodea. Entre cambios, desafíos y nuevas experiencias, descubre una felicidad que jamás imaginó encontrar.
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Capítulo 22: El silencio de la mañana
Narra Hernán
Al otro día me levanté antes de que saliera el sol.
La verdad casi no había dormido.
Me había acostado tarde pensando en todo lo que había pasado el día anterior.
La conversación con la mamá de Lilibeth.
El viaje hasta la finca.
Las bromas de Felipe.
Y sobre todo la cara que puso Lilibeth cuando dije que dormiría con Melissa.
No sabía por qué seguía pensando tanto en eso.
Pero no podía sacármelo de la cabeza.
Me levanté despacio para no despertar a nadie.
Me puse el pantalón de trabajo.
Las botas pantaneras.
Y una camiseta vieja que utilizaba para las labores de la finca.
Cuando abrí la puerta de mi cuarto me encontré una sorpresa.
Lilibeth ya estaba despierta.
Estaba sentada en una silla del corredor.
El cabello le caía sobre los hombros y tenía una taza de café entre las manos.
Cuando me vio sonrió inmediatamente.
Una sonrisa bonita.
De esas que siempre me gustaban.
—Buenos días, amor.
Yo me quedé quieto unos segundos.
—Buenos días, Lile.
Nada más.
Nada de apodos.
Nada de bromas.
Nada de sonrisas.
Solo eso.
Buenos días, Lile.
Vi cómo su sonrisa disminuyó un poco.
No desapareció por completo.
Pero sí cambió.
En ese momento apareció mi mamá desde la cocina.
Y alcanzó a escuchar perfectamente mi respuesta.
—Darío.
Volteé.
—¿Sí, mamá?
—Esa no es manera de responder.
—¿Cómo así?
—La muchacha lo saludó toda contenta.
—Y yo le respondí.
—Pero todo seco.
Yo simplemente me acomodé la gorra.
No tenía ganas de discutir.
Ni de explicar lo que pasaba por mi cabeza.
La verdad ni yo mismo lo entendía.
—Voy a trabajar.
—Darío.
—Después hablamos.
Tomé un balde que estaba cerca de la puerta.
Y me fui.
Ni siquiera miré hacia atrás.
Mientras caminaba hacia los corrales sentía la mirada de mi mamá detrás de mí.
Y probablemente también la de Lilibeth.
Pero seguí caminando.
El aire de la mañana estaba frío.
Los pájaros comenzaban a cantar entre los árboles.
Y el sol apenas empezaba a iluminar las montañas.
Normalmente aquellas mañanas me gustaban.
Pero ese día me sentía extraño.
Llegué donde estaban las vacas.
Les puse comida.
Revisé los bebederos.
Después fui al gallinero.
Más tarde alimenté a los cerdos.
Y seguí con cada una de las labores que tenía pendientes.
Intentaba concentrarme.
Pero no podía.
Mi cabeza volvía una y otra vez a la misma imagen.
Lilibeth sentada en aquella silla.
Sonriéndome.
Y yo respondiendo como si fuera una desconocida.
—Qué bruto soy —murmuré.
Pero seguí trabajando.
Unas dos horas después apareció Felipe.
Venía con una taza de café en una mano.
Y con la otra se acomodaba la gorra.
—Buenos días.
—Buenos.
—¿Qué tiene?
—Nada.
—Mentira.
—No tengo nada.
Felipe soltó una risa.
—Lo conozco desde que nació.
—Y entonces.
—Y sé cuando algo le pasa.
Yo seguí acomodando una cerca.
—No me pasa nada.
—¿Y por qué anda con cara de funeral?
—Porque sí.
—¿Peleó con Lilibeth?
—No.
—Entonces.
—Nada.
Felipe tomó un sorbo de café.
—Hermano.
—¿Qué?
—La muchacha está triste.
Yo levanté la mirada.
—¿Cómo sabe?
—Porque la vi.
No respondí.
—Y también vi cómo le respondió esta mañana.
Seguí en silencio.
—La verdad sí estuvo feo.
—No fue para tanto.
—Para usted.
Yo suspiré.
—Déjeme trabajar.
—Como quiera.
Felipe se alejó caminando.
Y me dejó solo nuevamente.
El resto de la mañana pasó despacio.
Trabajé bajo el sol.
Moví unas herramientas.
Revisé unas cercas.
Y ayudé a organizar unas cosas que hacían falta.
Pero en ningún momento logré dejar de pensar.
Cuando por fin regresé a la casa ya era casi mediodía.
Desde lejos escuché risas.
Melissa estaba hablando con Lilibeth.
Y al parecer se estaban llevando muy bien.
Eso por lo menos me alegró.
Entré al patio.
Pero ninguna de las dos me vio.
Se encontraban conversando debajo de un árbol.
Melissa contaba algo moviendo mucho las manos.
Y Lilibeth se reía.
Por un momento me quedé observándolas.
Entonces pensé que tal vez yo era el único complicado de toda la finca.
Mi mamá apareció detrás de mí.
—Ya terminó por la mañana.
—Sí.
—Bueno.
—¿Qué?
—La muchacha sigue esperando que le hable.
Yo bajé la mirada.
—Lo sé.
—Entonces hágalo.
—Después.
—Darío.
—Después, mamá.
Ella negó con la cabeza.
—Usted cuando piensa demasiado se vuelve muy terco.
No respondí.
Porque sabía que tenía razón.
Miré nuevamente hacia donde estaba Lilibeth.
Ella seguía hablando con Melissa.
Sonriendo.
Intentando disfrutar el día.
Y yo seguía sin saber cómo explicarle todo lo que tenía en la cabeza.
Lo único que sabía era que tarde o temprano tendría que hacerlo.
Porque el silencio no podía durar para siempre.
Y mientras entraba a la casa para lavarme las manos antes del almuerzo, tuve la sensación de que esa conversación iba a llegar mucho más pronto de lo que imaginaba.