Abigail ha pasado años tallando la vida perfecta: una carrera prestigiosa como diseñadora de joyas de alta gama y un matrimonio que creía inquebrantable con Julián. Sin embargo, la perfección se astilla cuando descubre que su esposo y Mónica, su mejor amiga y socia, no solo mantienen un romance clandestino, sino que han estado conspirando para robar sus diseños y dejarla en la quiebra.
En medio del colapso de su mundo, reaparece Sebastián, un antiguo amor de la juventud que ahora es un magnate de la industria minera de gemas. Mientras Abigail planea su venganza —una tan fría y elegante como un diamante—, deberá decidir si permite que el fuego del pasado con Sebastián purifique su corazón o si las heridas de la traición la han vuelto tan dura e impenetrable como la piedra que diseña
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capitulo 21
El sonido del datáfono emitiendo un pitido agudo y persistente fue la primera señal de que el asedio había comenzado. Abigail estaba en una tienda de suministros textiles especializados, intentando comprar los hilos de seda reforzados necesarios para las estructuras de "Cenizas de Traición".
—Lo siento, Sra. Sterling. La transacción ha sido denegada por el emisor —dijo el dependiente, con una mezcla de incomodidad y lástima.
Abigail probó con la segunda tarjeta. Luego con la tercera. Todas, sin excepción, habían sido anuladas. Julián no solo le había quitado sus diseños; ahora intentaba cortarle el oxígeno financiero, dejándola aislada en medio del océano de deudas que él mismo había provocado.
Al salir de la tienda con las manos vacías, Abigail sintió una oleada de calor subir por su cuello. No era vergüenza, era una indignación volcánica.
Julián la estaba tratando como a una adolescente rebelde a la que se le quita la paga, olvidando que cada centavo de ese crédito corporativo se había ganado con los bocetos de ella, con sus noches en vela y su visión comercial.
Se sentó en su coche y golpeó el volante con frustración. La asfixia era real. Sin acceso a los fondos de la empresa, no podía pagar a las costureras de Rosa, no podía comprar los insumos y, lo más importante, no podía mantener a raya a los abogados de Julián cuando el plazo de los 30 días expirara.
—Quieres que me rinda por hambre —susurró Abigail, mirando el edificio de la sede central a lo lejos—. Quieres que regrese a ti pidiendo perdón solo para poder pagar el alquiler. No me conoces en absoluto.
Abigail condujo hasta la casa de su infancia, una propiedad pequeña que Julián siempre había despreciado por ser "demasiado modesta". Allí, en el sótano, tras una pared de ladrillos flojos que solo ella conocía, se encontraba la caja de seguridad de su madre.
No eran activos bancarios ni acciones. Eran las joyas de la herencia familiar: piezas de la época victoriana, camafeos de nácar y un juego de esmeraldas colombianas que su abuela había logrado salvar de la guerra. Para Abigail, esas piezas eran hilos que la unían a su linaje de mujeres fuertes que habían sobrevivido a todo.
Al abrir el estuche de terciopelo gastado, el resplandor verde de las esmeraldas iluminó la penumbra del sótano. El sentimiento fue agridulce. Venderlas se sentía como traicionar su pasado, pero mantenerlas en una caja mientras su futuro era saqueado era una traición aún mayor a su presente.
Esa tarde, Abigail se reunió con un tasador de confianza en el mercado gris de la joyería, lejos de los ojos de los socios de Julián.
—Son piezas magníficas, Sra. Sterling —dijo el hombre, observando las esmeraldas a través de su lupa—. Es una lástima deshacerse de una colección así.
—No me estoy deshaciendo de ellas —respondió Abigail con una firmeza que sorprendió al tasador—. Las estoy transformando en munición.
Salió del establecimiento con un maletín de cuero que contenía una suma de dinero en efectivo y cheques certificados a nombre de una sociedad anónima. Era su fondo de guerra. Con ese dinero, Abigail no compró joyas nuevas; compró el tiempo y el cerebro del mejor abogado mercantil de la ciudad: el Dr. Valerius, un hombre conocido por ser un tiburón legal capaz de encontrar grietas en contratos blindados.
La oficina del Dr. Valerius era un santuario de estanterías de madera oscura y olor a papel antiguo. No había cristales ni neones; era un lugar donde se ganaban guerras silenciosas.
—Julián Sterling cree que tiene un contrato perfecto —dijo Valerius, revisando la Cláusula de Continuidad que Abigail le entregó—. Pero ha cometido un error básico: la cláusula de "Inactividad Creativa" se invalida si se demuestra que el Director de Finanzas ha desviado fondos destinados a la producción.
Abigail sacó las grabaciones que había hecho en la oficina y los informes de Elías Thorne.
—Aquí tengo las pruebas de que ha estado financiando las deudas de juego de su asistente con mi capital personal.
Valerius sonrió. Fue una sonrisa depredadora.
—Con esto, Sra. Sterling, no solo conservará su marca. Podríamos pedir la nulidad del contrato matrimonial y una indemnización por daños punitivos que dejaría a su marido en la ruina antes de que termine el desfile. Pero necesitamos que usted presente esa colección. La ley protege a quien cumple su parte.
Al regresar a su casa (o lo que quedaba de ella), Abigail encontró a Julián sentado en el salón, bebiendo un whisky caro. Lucía relajado, casi triunfante.
—¿Has tenido un buen día de compras, Abby? —preguntó él con una ironía ponzoñosa—. Me han dicho que has tenido problemas con tus tarjetas.
Un error administrativo, seguramente. Si vienes a mi despacho mañana por la mañana y firmamos la cesión de "Lágrimas de Aurora" de forma definitiva, veré qué puedo hacer para reactivarlas.
Abigail lo miró desde el umbral. Por un momento, sintió una lástima profunda por él. Julián realmente creía que el dinero era el único idioma que ella hablaba.
—No te preocupes por las tarjetas, Julián —dijo ella, subiendo las escaleras—. He descubierto que las cosas más valiosas que tengo no caben en una banda magnética.
Esa noche, Abigail llamó a Sebastián.
—Ya tengo al abogado. Y tengo los fondos para terminar la colección. Mañana empezamos con el montaje de las piezas de diamante.
—Sabía que lo harías —respondió Sebastián, su voz infundiendo un calor necesario en la noche de Abigail—. Pero el sacrificio de tus joyas... lo siento, Abigail. Sé lo que significaban para ti.
—Significaban una herencia de supervivencia, Sebastián —replicó ella, mirando sus manos desnudas de anillos—. Y no hay mejor forma de honrar a las mujeres de mi familia que sobreviviendo a este parásito. Mañana, Julián va a descubrir que el asfixia financiera no funciona con alguien que ha aprendido a respirar bajo el agua.
con Abigail entrando en su taller personal, cerrando la puerta con llave y encendiendo la luz sobre la seda roja que será la pieza central de su desfile. Julián cree que la ha dejado sin nada; Abigail sabe que, por primera vez, tiene exactamente lo necesario para ganar.