Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.
Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.
Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.
Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.
Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.
La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.
Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.
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Capítulo 15
Capítulo 15
Sol salió del sanatorio diciendo que tenía que ir a la cafetería.
En realidad, fue primero a la residencia Alcázar.
Intentó ahorrar y tomó una bicicleta pública, pero a mitad del puente la cadena se trabó con un ruido horrible. Bajó, empujó la bici hasta la vereda y siguió a pie, sudada y furiosa.
Un descapotable naranja frenó a su lado.
—Sol.
Tomás Alcázar sonreía desde el volante.
Llevaba camisa blanca, botones dorados, gemelos de perla y un anillo con una serpiente de esmeralda que brillaba demasiado para un sábado a la mañana.
—¿Vas a casa? Subí.
—Gracias, camino.
—Somos familia. Si el abuelo se entera de que te dejé caminar, me mata.
Sol dudó. La residencia aún quedaba lejos. Bruno no podía esperar demasiado si Marta seguía rondando.
Subió.
Tomás manejó lento, apoyado en la ventanilla.
—Te perdiste el concierto de Raymond Rand. Una maravilla. Pero la semana que viene toca en Rosario. Puedo conseguir entradas, hotel, cena...
—Tengo parciales.
—Siempre tan aplicada.
Sol miró al frente.
—Siempre tan ocupada.
Tomás la recorrió de reojo: las manos limpias, la cintura marcada por el cinturón de seguridad, la cara sin maquillaje. Algo en esa mezcla de inocencia y rechazo le molestó.
—Podrías vivir mejor —dijo—. Mi abuelo te da una mensualidad, pero yo podría duplicarla. No tendrías que trabajar ni lavar bandejas.
Sol sonrió sin alegría.
—Qué generoso.
—Con las mujeres lindas, sí.
El auto llegó a la casa. Sol bajó antes de que él pudiera abrirle la puerta.
—Gracias por traerme.
Entró rápido.
Tomás la siguió con la mirada.
Lo que no podía tener enseguida le gustaba más.
Sol se lavó las manos y fue directo con Bruno. Lo revisó, lo limpió y le preparó una comida suave con huevo, mariscos picados, calabaza y palta.
—Hoy copio un poco el desayuno caro de Santiago, pero versión pobre.
Bruno escuchó el nombre.
Santiago.
Otra vez.
Comió con hambre y más rápido que otros días. Sol se sorprendió.
—Muy bien. Así se come. Ya le volvió un poquito el color.
Le pellizcó suavemente la mejilla.
Bruno se indignó.
¿Quién le había dado permiso?
Después ella le tocó los labios con la yema de un dedo para limpiarle una gota.
El cuerpo de Bruno se quedó quieto, pero por dentro perdió toda autoridad.
Treinta años, casi, sin primer beso, sin novia, sin nada. Y esa chica lo tocaba como si él fuera un bebé.
Había perdido pureza sin moverse.
Golpearon la puerta.
—Adelante —dijo Sol.
Entró Tomás.
—Qué suerte tiene mi primo. Una esposa que cocina y lo cuida con esas manos.
Sol juntó los platos sin responder.
Tomás se acercó demasiado y le agarró la mano.
—Manos preciosas. No deberían estar limpiando nada. Te lo dije en el auto: yo puedo hacer que vivas mejor. Diez mil dólares al mes, si querés.
Sol intentó soltarse.
—Suelte.
Tomás apretó más.
—No seas orgullosa.
Bruno abrió los ojos apenas.
Vio la mano de Tomás sobre la de Sol. Vio la mirada sucia. La rabia le subió como fuego.
Quiso moverse.
Golpearon otra vez.
Bruno cerró los ojos.
Don Ernesto entró con Ramiro.
Tomás soltó a Sol de inmediato. Ella retiró la pierna que ya tenía lista para patearle la rodilla.
—Abuelo —dijo Tomás.
Don Ernesto vio la distancia demasiado corta entre ellos. No levantó la voz.
—Tomás, ya tenés edad para saber qué se hace y qué no se hace. Afuera podés hacer papelones. En esta casa, no mirás lo ajeno.
Tomás bajó la cabeza.
—Sí, abuelo.
Sol aprovechó para irse. Tenía turno en la cafetería.
Ramiro la acompañó hasta abajo.
—Le consigo auto, señora.
Sol pensó en la bicicleta rota.
—Gracias.
En el cuarto, Don Ernesto se sentó al lado de Bruno y le tomó la mano.
—Bruno, despertate. Sin vos, el grupo es un barco enorme sin capitán.
Su voz se quebró apenas.
—Voy a darle a Tomás una oportunidad. Mil millones para que demuestre si sirve. En un mes quiero ver si puede ganar al menos cien millones. No me gusta, pero no puedo dejar todo en manos de gerentes.
Bruno escuchó.
No se ofendió.
El Grupo Alcázar era la vida de su abuelo. Si él no despertaba, alguien tenía que sostener el timón.
Don Ernesto le apartó el pelo de la frente.
—Tenés buen ojo, eso sí. La chica es buena. Linda, firme, limpia. Te salió bien la elección, aunque ni sé cuándo la elegiste.
En el pasillo, Tomás escuchaba con la cara deformada por la envidia.
—Viejo de mierda —susurró—. A ver cuántos años te duran.
Sol llegó a la cafetería dos cuadras antes del local para que nadie viera el auto.
El turno era tranquilo. Música suave, olor a café, mesas chicas. Lan, el barista al que todos llamaban Lani por su dramatismo, la miró de arriba abajo.
—Estás más flaca. ¿Tu mamá bien?
—Sale mañana.
—Entonces celebramos. Y te digo algo: tu piel sigue perfecta. Mirá mis puntos negros, un desastre.
Sol se rió.
—En vos hasta los puntos negros tienen glamour.
Lani se abanicó con una servilleta.
—Por eso te quiero.
La puerta se abrió.
Entró una chica de vestido claro, pelo largo y modales delicados. Caminó directo hacia Sol.
—Señorita Linares, ¿podemos hablar un momento?
Lani hizo una mueca.
—Uy, habla como novela de época.
Sol la miró.
—¿Nos conocemos?
La chica levantó apenas el mentón.
—Soy Teresa. Y sí, todo el mundo conoce a Sol Linares.
me estoy aburriendo 😡