Alfredo siempre creyó que el odio tenía justificación.
Homofóbico, violento y consumido por los prejuicios que heredó de su padre, pasó toda su vida despreciando aquello que no entendía… hasta el día de su muerte.
O eso creyó.
Porque al abrir los ojos nuevamente, ya no era Alfredo.
Ahora es Andrei Macías: un joven omega de piel canela, heredero de una poderosa familia de comerciantes y víctima de una tragedia que destrozó su vida.
Atrapado en un mundo donde los hombres pueden ser marcados, deseados y quebrados, Andrei deberá enfrentarse no solo a los nobles que lo lastimaron… sino también al hombre cruel que alguna vez fue.
Pero entre heridas, segundas oportunidades y un temido general extranjero de fama sanguinaria, descubrirá algo que jamás imaginó:
Tal vez el amor no siempre llega para salvarte.
A veces llega para enseñarte a sobrevivirte a ti mismo.
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capitulo 15
Durante las siguientes semanas, Gael, Víctor y yo nos dedicamos a preparar todo para la fiesta de compromiso de los marqueses de Beaumont.
Según la información obtenida de Cedric, uno de los hombres involucrados asistiría al evento.
Y si la suerte estaba de nuestro lado, aquella noche encontraríamos una nueva pista.
O una nueva presa.
Sin embargo, la investigación no era lo único que preocupaba a mi familia.
Una tarde, mientras tomábamos el té en el jardín, mi padre decidió abordar otro asunto.
—Hijo, ¿estás seguro de querer asistir?
Levanté la vista de mi taza.
—¿A la fiesta?
—Sí.
Gael suspiró.
—Has estado mucho tiempo alejado de la vida pública.
—Lo sé.
—Y aunque manejamos todo con la mayor discreción posible, la gente habla.
Víctor soltó una risa burlona.
—Los nobles siempre hablan.
—Precisamente por eso me preocupa.
Mi padre dejó la taza sobre la mesa.
—Muchos se preguntan por qué desapareciste durante meses.
—¿Y qué creen?
—He escuchado varias versiones.
Eso despertó mi curiosidad.
—¿Como cuáles?
—Que enfermastes gravemente.
—Que te comprometieron en secreto.
Víctor resopló.
—Incluso escuché a alguien decir que escapaste con un alfa.
Lo miré horrorizado.
Mi hermano estalló en carcajadas.
—¿Qué?
—No es mi culpa. Los nobles tienen demasiada imaginación.
Incluso Gael terminó riéndose.
Yo solo negué con la cabeza.
Aparentemente este mundo tenía los mismos problemas que el anterior cuando se trataba de rumores absurdos.
Cuando las risas se apagaron, mi padre volvió a ponerse serio.
—Aun así, las preguntas existirán.
—Lo sé.
—Y probablemente también los comentarios.
Guardé silencio unos segundos.
Pensando.
Antes, algo así me habría aterrorizado.
Habría pasado días imaginando todo lo que podrían decir de mí.
Pero ahora...
Ahora tenía otras prioridades.
—No te preocupes, papá.
La preocupación en sus ojos no desapareció.
—Andrei...
—De verdad.
Sonreí ligeramente.
—Gracias a ustedes he aprendido muchas cosas estos meses.
Miré a Víctor.
—Y después de sobrevivir a sus entrenamientos...
Mi hermano arqueó una ceja.
—¿Sobrevivir?
—No creo que unos cuantos nobles chismosos puedan asustarme más.
Víctor soltó una carcajada.
Gael también terminó sonriendo.
Y por primera vez desde que comenzamos a planear aquella misión...
la tensión disminuyó un poco.
Porque la fiesta no solo sería el inicio de una nueva etapa en nuestra investigación.
También sería mi regreso al mundo.
Y esta vez...
no pensaba esconderme de él.
Aun así, les dije que era mejor ponernos de acuerdo sobre la versión que daríamos respecto a mi desaparición durante aquellos meses.
Al final decidimos algo simple.
Había estado visitando familiares lejanos en otro reino.
Nada demasiado elaborado.
Las mentiras sencillas suelen funcionar mejor.
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Cuando llegó el día de la fiesta, Elena apareció temprano en mi habitación.
Sobre la cama había dispuesto varias prendas cuidadosamente acomodadas.
Entre ellas destacaba un elegante conjunto en tonos pastel.
Azules claros, crema y algunos detalles dorados.
Era bonito.
Muy bonito.
Pero apenas lo vi sentí un extraño rechazo.
—Elena, ¿no hay algo de un tono más masculino?
La mujer parpadeó sorprendida.
—¿Masculino?
—Sí... algo más sobrio.
Elena me observó unos segundos.
—Amo Andrei, estos tonos siempre le habían gustado.
Fruncí el ceño.
—¿En serio?
—Mucho.
Ella parecía tan confundida como yo.
—¿Hay algún problema?
—No, solo...
No supe cómo explicarlo.
Porque ni yo mismo entendía por qué me incomodaba.
Quizás eran costumbres arrastradas de mi vida anterior.
Quizás la voz de mi padre seguía escondida en algún rincón de mi cabeza.
Recordándome constantemente cómo debía comportarse un hombre.
—Creo que el único de color más neutro es este.
Elena comenzó a revisar los otros trajes que mi padre había encargado.
Finalmente sacó uno de color gris oscuro.
La tela parecía de excelente calidad.
Elegante.
Discreta.
Inmediatamente sentí que me gustaba más.
—Ese.
Elena volvió a mirarme con curiosidad.
—Está seguro.
—Sí.
—Bueno...
Le entregó la prenda.
—Aunque personalmente creo que el otro resaltaba mucho más sus ojos.
La ignoré.
O al menos intenté hacerlo.
Porque una pequeña parte de mí sospechaba que probablemente tenía razón.
Aún así, en mi cabeza seguía rondando.
Eran lindos.
Muy lindos.
Y quizás eso era parte del problema.
En mi vida anterior había tenido varias camisas de colores parecidos. Azules suaves, rosas pálidos, tonos crema.
Hasta que mi padre las encontró.
Después de varios golpes y de escuchar durante años que esos colores eran para débiles, había terminado desarrollando una especie de rechazo hacia ellos.
Mis dedos acariciaron la tela.
¿Por qué sigo pensando así?
Él ya no está aquí.
Nadie va a golpearme por usar esto.
Nadie va a burlarse.
De hecho, fue el propio Gael quien mandó a hacer estos trajes para mí.
Entonces...
¿Por qué seguía sintiendo esa incomodidad?
Me quedé observando la ropa durante largo rato.
Era extraño.
Porque una parte de mí quería tomar el traje gris.
Era lo conocido.
Lo seguro.
Lo que nadie cuestionaría.
Pero otra parte comenzaba a preguntarse si realmente esa elección era mía.
O si seguía siendo la voz de Jorge hablando dentro de mi cabeza.
Suspiré.
Al final levanté la vista hacia Elena.
La mujer continuaba sosteniendo ambos conjuntos, esperando pacientemente mi decisión.
—¿Sabes qué, Elena?
—¿Sí, amo Andrei?
Sonreí ligeramente.
—Te dejo elegir a ti.
Los ojos de la mujer se abrieron con sorpresa.
—¿Yo?
—Sí.
Me puse de pie.
—Solo hazme ver lo más elegante y genial que puedas.
Por un instante Elena pareció no creer lo que había escuchado.
Luego una enorme sonrisa apareció en su rostro.
Una sonrisa que, por alguna razón, me hizo sospechar que acababa de cometer un grave error.
—Entendido, amo Andrei.
Dijo inclinando ligeramente la cabeza.
—No se arrepentirá.
Y por la emoción que escuché en su voz...
Comencé a pensar que quizás debería preocuparme.
---
La primera en bajar fue Elena.
Al llegar a la sala encontró a Gael y Víctor esperando.
Ambos estaban elegantemente vestidos para la ocasión.
—El amo Andrei ya está listo —informó con una pequeña sonrisa.
—¿Y esa sonrisa? —preguntó Víctor.
Elena simplemente se encogió de hombros.
—Ya lo verán.
Los dos intercambiaron una mirada confundida.
Pocos segundos después se escucharon pasos descendiendo por la escalera.
Y entonces apareció Andrei.
El silencio fue inmediato.
Gael se quedó inmóvil.
Víctor también.
Ambos observándolo sin decir una sola palabra.
El traje elegido por Elena combinaba perfectamente con su piel color caramelo.
Los tonos claros resaltaban sus ojos oscuros y las suaves ondas de su cabello.
Por un instante parecía más una pintura que una persona.
—¿Por qué me miran así? —preguntó Andrei nervioso mientras se observaba la ropa—. ¿Me veo tan mal?
Gael reaccionó primero.
—¿Mal?
Negó con la cabeza inmediatamente.
—No, hijo. Para nada.
Su sonrisa se suavizó.
—Es solo que te ves muy bonito.
Bonito.
La palabra resonó dentro de la cabeza de Andrei.
Bonito.
No guapo.
No atractivo.
No impresionante.
Bonito.
Y aunque sabía que Gael lo había dicho con cariño, sintió cierta incomodidad.
Durante años había escuchado que un hombre debía verse fuerte.
Masculino.
Imponente.
Nunca bonito.
Antes de que pudiera seguir pensando en ello, Víctor se levantó de golpe.
—Padre tiene razón.
Se acercó y le revolvió el cabello.
—Te ves increíble.
Andrei parpadeó sorprendido.
—¿En serio?
—Claro que sí.
La expresión de Víctor se volvió más seria por un momento.
—Y no vuelvas a poner esa cara.
—¿Qué cara?
—La de alguien que espera escuchar algo malo.
Andrei se quedó quieto.
Víctor suspiró.
—Lo que te hicieron esos desgraciados fue horrible.
Pero eso no cambió quién eres.
Le dio una pequeña palmada en el hombro.
—Sigues siendo tú.
Gael asintió desde su lugar.
—Y sigues siendo nuestro hijo.
Por un instante Andrei sintió algo extraño en el pecho.
Una calidez suave.
Familiar.
Cómoda.
Porque ninguno de los dos parecía estar juzgándolo.
Ni comparándolo.
Ni buscando defectos.
Simplemente estaban felices de verlo.
Y era una sensación a la que todavía no terminaba de acostumbrarse.
—Bueno —dijo Víctor rompiendo la emoción antes de que se volviera demasiado incómoda—. Si seguimos aquí admirando a mi hermano llegaremos tarde.
—¿Admirando? —preguntó Andrei.
—Claro.
Víctor sonrió con descaro.
—Estoy intentando decidir cuántos corazones vas a romper esta noche.
—¡Víctor!
Las carcajadas llenaron la sala.
Y por primera vez desde que despertó en aquel mundo, Andrei sintió algo parecido a emoción por asistir a un evento social.
bendiciones autora y ánimo
bendiciones autora y ánimo