A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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La protección de los Alcázar
Don Valerio observó a Diego durante unos segundos tras la confesión. Lejos de la frialdad que su nieto esperaba, el anciano suspiró con un alivio que suavizó sus facciones. Para él, Giselle siempre había sido la candidata ideal: brillante, ética y con una fortaleza que ninguna de las mujeres del círculo social de Diego poseía. No había mejor madre que ella para su bisnieta y su su hijo era hábil, para sus futuros bisnietos.
—Con razón me insistías tanto en despedirla, Diego —murmuró el abuelo—. No era odio lo que sentías, era el miedo de un hombre que ha encontrado a su igual y no sabe cómo manejarlo.
Antes de que Diego pudiera replicar, las puertas del ascensor se abrieron. Giselle regresaba de la cafetería, caminando con la mirada baja y los hombros caídos por el peso del agotamiento. Al ver a Valerio frente a la habitación de su hija, se puso a la defensiva de inmediato, pero el anciano se adelantó con paso lento y una sonrisa que, por primera vez, llegó a sus ojos.
—Giselle, querida —dijo Valerio, extendiendo sus manos hacia ella.
Giselle se detuvo, confundida por el tono afectuoso.
—Don Valerio, yo... lamento los inconvenientes. Siento mucho no haberle dicho antes sobre mi hija. Sé que Diego ha movido cielo y tierra, pero yo no pedí nada de esto. Mañana mismo buscaré la forma de trasladar a Ana a un área que pueda costear.
—Ni se te ocurra terminar esa frase —la interrumpió el abuelo con suavidad, tomando sus manos frías entre las suyas—. He seguido tu carrera desde que eras residente. Sé lo que has hecho por nuestra clínica y sé el valor que tienes. Si Diego ha movilizado este hospital, es lo mínimo que una mujer como tú merece.
Giselle miró a Diego de reojo, buscando una explicación a la repentina dulzura del patriarca, pero Diego evitó su mirada, sintiendo el peso del secreto quemándole la garganta.
—Ana Sofía es una niña preciosa, Giselle —continuó Valerio, mirando hacia el cristal con una ternura que no era fingida—. Tiene tu determinación, aunque es tan pequeña está luchando por su vida. A partir de hoy, no quiero que vuelvas a preocuparte por facturas o por especialistas. Eres parte de la familia ahora, no solo por un papel, sino porque yo así lo decido.
—No entiendo... —susurró Giselle, con los ojos llenos de lágrimas contenidas—. Usted siempre fue estricto conmigo.
—Soy estricto con los que se, pueden dar más, Giselle. Pero con los que tienen fuego en el alma, soy un aliado. Ahora, escúchame bien: este hospital es ruidoso y estrecho para una recuperación larga. En cuanto la niña esté estable, quiero que ambas se muden a la casa principal. Hay un ala médica completa allí, enfermeras las veinticuatro horas y el aire puro que Ana necesita.
Diego dio un paso al frente, sorprendido por la oferta de su abuelo. Sabía que llevar a Giselle a la mansión era la mejor forma de tenerla cerca, pero también la forma más rápida de que ella descubriera la verdad si veía las fotos de la infancia de los Alcázar.
—Abuelo, quizá sea muy pronto... —intentó intervenir Diego.
—No es pronto —sentenció Valerio, mirando a su nieto con una advertencia silenciosa—. Giselle necesita descansar para poder cuidar de la niña. Y tú, Diego, necesitas empezar a comportarte como el esposo que ella merece.
Giselle sintió un nudo en el estómago. La amabilidad de Valerio la desarmaba mucho más que la frialdad de Diego. Se sentía protegida, pero al mismo tiempo, sentía que las paredes de cristal de los Alcázar se cerraban a su alrededor, atrapándola en una vida que nunca planeó.
—Gracias, Don Valerio —dijo ella con sinceridad, bajando la guardia—. Solo quiero que mi hija viva.
—Y vivirá, te lo aseguro —respondió el anciano, dándole un beso en la mano—. Los Alcázar protegemos lo que es nuestro.
Giselle entró a la suite para sentarse junto a Ana, dejando a los dos hombres afuera. Diego miró a su abuelo, quien recuperó su expresión severa en un segundo.
—Ella confía en mí, Diego. No arruines esto con tus celos o tus arranques de soberbia —le advirtió el abuelo en un susurro—. Tienes una oportunidad de oro para recuperar lo que perdiste en aquel hotel. No la desperdicies.
El abuelo salió del hospital llevando consigo un secreto invaluable. Lo que no sospechaba era que su conversación había sido escuchada desde las sombras por alguien del pasado de Giselle; alguien que aguardaba el momento exacto para irrumpir en sus vidas y desmoronarlo todo.
—Pronto tendrás noticias mías, Diego Alcázar —susurró Javier Vargas desde un rincón oscuro, con una sonrisa maliciosa deformándole el rostro—. Hace cinco años me robaste a Giselle, y ahora seré yo quien te arrebate a las dos.
Diego, ajeno al peligro que lo acechaba, volvió su mirada hacia las dos mujeres que estaban transformando su mundo. No tenía idea de cómo lograría el perdón de Giselle ni cómo reparar el daño causado, pero de algo estaba seguro: lucharía por ellas con su propia vida si era necesario.
Dentro de la suite, Giselle levantó la vista y observó a Diego a través del cristal. Sus ojos estaban cristalizados, cargados de una emoción que ella no alcanzaba a describir, como si él acabara de descubrir un tesoro oculto entre las ruinas. Ella no era ingenua; sabía que el cambio radical en Diego y la inesperada dulzura de Don Valerio encerraban una verdad oculta. Y estaba dispuesta a descubrir qué era, antes de que el mundo de los Alcázar la terminara de absorber.