Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
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CAPITULO 8
El café ya estaba frío.
Las personas entraban y salían.
Algunos reían.
Otros hablaban por teléfono.
Y yo simplemente permanecía ahí.
Quieta.
Pensando.
Sin embargo, algo comenzó a sentirse extraño.
Primero fue una presión en el pecho.
Después un nudo en el estómago.
Y finalmente esa sensación que conocía demasiado bien.
Esa sensación que aparecía sin avisar.
Sin pedir permiso.
Como una tormenta.
—No... otra vez no...
Bajé la mirada hacia mis manos.
Temblaban ligeramente.
Intenté convencerme de que no era nada.
Pero mi cuerpo ya había comenzado a reaccionar.
De pronto el ruido de la cafetería parecía más fuerte.
Las conversaciones.
Las tazas.
Las puertas.
Todo.
Sentía que no podía concentrarme.
Como si algo dentro de mí estuviera gritando.
Me levanté de la silla.
—Necesito irme.
Pagué rápidamente.
Tomé mis cosas.
Y salí.
El trayecto hacia mi departamento se sintió eterno.
Cada paso parecía más pesado que el anterior.
Intenté distraerme.
Contando autos.
Mirando edificios.
Pensando en la universidad.
Pensando en Saúl.
Pensando en cualquier cosa.
Pero no funcionó.
Cuando finalmente llegué a mi departamento apenas logré cerrar la puerta.
Dejé caer la bolsa.
Y me apoyé contra la pared.
Estaba sola.
Como casi siempre.
La sensación seguía creciendo.
Me senté en el suelo de la sala.
Intentando tranquilizarme.
—Vamos, Israel...
—Ya has pasado por esto antes.
—Todo está bien.
Pero mi mente no parecía escucharme.
Los pensamientos corrían de un lado a otro.
Demasiado rápido.
Demasiado desordenados.
Mi respiración se volvió irregular.
Y las lágrimas comenzaron a caer sin que siquiera me diera cuenta.
No entendía qué había provocado aquello.
El día había sido bueno.
Había recibido noticias increíbles.
Había avanzado en la universidad.
Todo estaba bien.
Entonces...
¿Por qué me sentía así?
Abracé mis rodillas.
Intentando sentir algo de calma.
Miré alrededor.
El pequeño departamento estaba completamente en silencio.
Solo se escuchaba la lluvia golpeando las ventanas.
Y por primera vez en mucho tiempo me sentí muy cansada.
No físicamente.
Sino emocionalmente.
Cansada de ser fuerte.
Cansada de fingir que todo estaba bien.
Cansada de cargar recuerdos que nunca terminaban de irse.
Pensé en Emilio.
Pensé en mis padres.
Pensé en todos los años que habían pasado.
Y lloré.
No por una razón específica.
Simplemente lloré.
Porque a veces el corazón necesita sacar lo que lleva demasiado tiempo guardando.
Después de un rato comencé a sentirme mejor.
Lentamente.
Como una tormenta alejándose.
La presión disminuyó.
La respiración volvió a la normalidad.
Y mis pensamientos dejaron de correr tan rápido.
Me quedé acostada en el suelo observando el techo.
Hasta que, sin darme cuenta, me quedé dormida.
Cuando abrí los ojos, la habitación estaba oscura.
Parpadeé varias veces.
Confundida.
Miré el reloj.
Habían pasado varias horas.
Me incorporé lentamente.
La cabeza me dolía un poco.
Pero la sensación había desaparecido.
—Ya pasó...
Suspiré.
Y por primera vez en todo el día sentí tranquilidad.
Me levanté.
Fui al baño.
Me di una ducha caliente.
Lavé mi cabello.
Me cepillé los dientes.
Y me puse ropa cómoda.
Después preparé algo sencillo para cenar.
Mientras comía, observé la televisión encendida sin prestar realmente atención.
Mi mente estaba vacía.
Y agradecí que estuviera vacía.
A veces el silencio también era una forma de descanso.
Terminé de cenar.
Lavé los platos.
Apagué las luces.
Y me dirigí hacia mi habitación.
Estaba a punto de acostarme cuando algo cruzó por mi mente.
El diario.
Me detuve en seco.
La casa estaba completamente oscura.
Excepto por la pequeña lámpara de la sala.
Giré lentamente la cabeza.
Y ahí estaba.
Sobre la mesa.
Esperándome.
Como si supiera que volvería.
Como si guardara respuestas.
O quizá más preguntas.
Sentí curiosidad.
Pero también algo de miedo.
Porque cada página que leía parecía acercarme más a una verdad que alguien había intentado esconder.
Tragué saliva.
Me acerqué.
Tomé el viejo cuaderno entre mis manos.
Y volví a abrirlo.
La siguiente página estaba marcada con una cinta negra.
Como si Lucía hubiera querido que alguien llegara exactamente hasta ahí.
Y por alguna razón...
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
La soledad no siempre llega cuando estamos solos.
A veces llega cuando estamos rodeados de personas que jamás nos escucharán.
Y entonces comprendemos que el silencio puede hacer más ruido que una multitud."
Continué leyendo.
15 de abril de 2008
Hoy volvió a llegar un sobre.
Uno más.
Ya perdí la cuenta de cuántos han sido.
Quizá veinte.
Quizá treinta.
Quizá más.
No lo sé.
Lo único que sé es que cada mañana aparece exactamente en el mismo lugar.
Sobre la pequeña mesa blanca que se encuentra junto a la entrada del jardín.
Siempre limpio.
Siempre cerrado.
Siempre sin remitente.
Y siempre dirigido a mí.
Lucía Escalante.
A veces pienso que debería tener miedo.
Pero la verdad es que ya me acostumbré.
Las personas suelen temer lo desconocido.
Yo temo más a las cosas que conozco demasiado bien.
Como mi propia vida.
Esta mañana desperté temprano.
El sol entraba por las enormes ventanas de la habitación principal.
Las cortinas blancas se movían suavemente con el viento.
Desde mi balcón podía ver gran parte de los jardines de la mansión.
Las rosas estaban floreciendo.
Las fuentes funcionaban perfectamente.
Los jardineros ya trabajaban desde antes del amanecer.
Todo lucía perfecto.
Como siempre.
La mansión Escalante es enorme.
Demasiado enorme para tres personas.
A veces siento que las habitaciones vacías me observan cuando camino por los pasillos.
Todo está hecho de mármol.
Cristal.
Madera fina.
Cuadros costosos.
Escaleras enormes.
Y lámparas que valen más que la casa donde crecí.
Sin embargo...
Ninguna de esas cosas logra hacerme sentir en casa.
Porque una casa y un hogar nunca han sido la misma cosa.
Después del desayuno fui a buscar a Mateo.
Lo encontré en el jardín trasero.
Sentado bajo un árbol.
Hablando con una mariposa.
Sí.
Hablando.
Como si realmente pudiera entenderlo.
—¿Y qué te dijo?
Le pregunté mientras me sentaba junto a él.
Mateo me miró muy serio.
—Que estaba cansada.
No pude evitar sonreír.
—¿Las mariposas se cansan?
—Sí.
Porque vuelan mucho.
A veces olvidaba que los niños ven el mundo de una manera mucho más hermosa que los adultos.
Mateo levantó una flor amarilla.
—Esta es para ti, mamá.
Tomé la flor.
Y por un momento sentí ganas de llorar.
Porque era la cosa más sincera que había recibido en semanas.
—Gracias, mi amor.
Él sonrió.
Y siguió jugando.
Mientras lo observaba pensé en algo.
Tal vez la verdadera riqueza no estaba en las cuentas bancarias.
Ni en los autos.
Ni en las empresas.
Tal vez estaba en momentos como ese.
Momentos que nadie podía comprar.
Cuando regresé al interior de la casa encontré nuevamente el sobre.
Descansaba sobre la mesa blanca.
Esperándome.
Como siempre.
Lo tomé entre mis manos.
Era de color crema.
Sin sellos.
Sin nombres.
Sin dirección.
Nada.
Solo mi nombre escrito con una caligrafía elegante.
Lucía Escalante.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Miré a mi alrededor.
No había nadie.
Abrí el sobre lentamente.
Y encontré una pequeña nota doblada.
Solo una frase.
Una única frase.
Pero bastó para hacer que la sangre abandonara mi rostro.
"Las jaulas más peligrosas son aquellas que parecen hermosas."
Me quedé inmóvil.
Observando aquellas palabras.
Porque quien hubiera escrito aquello...
Sabía exactamente cómo me sentía.
Y eso era imposible.
O al menos eso creía en aquel momento.