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Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Amor prohibido
Popularitas:833
Nilai: 5
nombre de autor: Jszkina

¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.

NovelToon tiene autorización de Jszkina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 6.2

La leí una vez. Luego la volví a leer.

—Explícame esto —dije, sin levantar la vista del papel.

—Joven —se puso de pie, la voz de Enrique sonaba inusualmente apresurada—. Necesito que vea los terminales de Fráncfort y Nueva York de inmediato.

—Adelante.

Se dirigió al centro de la oficina, descargando una serie de flujos financieros directamente en mi pantalla central. Los gráficos de Santaella Inc. no mostraban una caída; mostraban un colapso en cámara lenta.

—¿Qué es esto? —pregunté, examinando los vectores analíticos.

—Una demolición silenciosa, joven —explicó Enrique, ajustándose los anteojos—. Alguien introdujo un virus financiero en sus cuentas puente de las Bahamas. No ha sido un golpe seco; es un desangramiento gradual.

Les están cortando las líneas de crédito una por una, alegando auditorías imprevistas de lavado de activos. Para cuando abra la bolsa el próximo lunes, el mercado olerá la sangre. En una semana, Santaella no tendrá prácticamente nada. Estará en la bancarrota absoluta.

Me incliné hacia adelante, fascinado y extrañado a la vez por la precisión quirúrgica del ataque. Las órdenes de venta masivas estaban programadas para ejecutarse con intervalos de tiempo exactos, asfixiando al grupo empresarial sin darle margen de maniobra legal.

—¿Fuimos nosotros? —pregunte

—Lo encontramos mientras completábamos el perfil financiero —dijo Enrique

Santaella estaba perdiéndolo todo.

No de golpe y no de manera visible todavía, pero el proceso había empezado. Contratos cancelados invocando cláusulas que habían estado dormidas durante años y que alguien había activado con un conocimiento del texto legal que no era casual. Socios retirándose uno tras otro con argumentos de reputación que normalmente nadie usa porque usarlos implica tener documentación y voluntad de exponerla. Líneas de crédito cerradas desde tres entidades distintas en un período de dos semanas, con una coordinación que no ocurre por azar sino porque alguien hizo las llamadas correctas en el orden correcto.

—¿Desde cuándo? —dije.

—Comenzó apenas unas horas después de que terminó la gala, en la madrugada —dijo Enrique—. Lo que tiene en inmuebles tardará más en desaparecer, pero el proceso ya está en marcha.

Lo dejé sobre el escritorio.

Unas horas después de la gala. alguien había ejecutado esto con una precisión que requería preparación previa, estructura lista, decisión tomada antes de que la operación empezara. No era una reacción improvisada. Era algo que estaba esperando el momento correcto para activarse, y ese momento había llegado.

—¿Podemos rastrear el origen? —dije.

—Imposible. La operación está camuflada tras una red descentralizada de servidores espejo en Singapur y el norte de Europa. Quienquiera que lo esté haciendo, conoce las debilidades de Santaella mejor que sus propios auditores.

Lo están cazando como a un animal herido.

Me quedé mirando el parpadeo de las líneas rojas que marcaban el destino del depredador. Alguien se me había adelantado, cobrándose una factura que yo ni siquiera había decidido si emitir. La incertidumbre en mi tablero era algo que no toleraba, pero en este momento, no tenía recursos que desperdiciar en un muerto viviente como Santaella.

—Déjalo que se desangre —ordené, cerrando el archivo del empresario—. Quien esté detrás de esto nos ha ahorrado el trabajo de limpiar el vecindario. Retira la vigilancia sobre Santaella. Ya no es relevante.

—Entendido, Joven. Las cancelaciones de contrato llegaron desde cuatro países distintos con documentación impecable. Intentamos seguir cada hilo por separado y cada uno termina en un callejón limpio.

—¿Quién tiene motivo? —dije.

Enrique abrió las manos brevemente, un gesto que en él equivalía a un encogimiento de hombros.

—Santaella tiene enemigos suficientes para llenar esa sala de la gala dos veces —dijo—. Con el historial que acaba de leer, cualquiera de las familias afectadas podría tener razones. Hay también competidores directos en el sector inmobiliario que llevan años esperando que tropezara. Y no descartamos que sea alguien de su propio entorno: los hombres como él acumulan lealtades frágiles.

—¿Algo que apunte a alguno en particular?

—Nada concreto. Lo que sí podemos decir es que quien lo hizo sabe moverse. No es un civil actuando por impulso. Pero más allá de eso, el rastro no da.

Lo procesé en silencio.

Santaella tenía enemigos. Eso era un hecho, y un hecho suficientemente amplio como para que la coincidencia temporal con la gala fuera exactamente eso desde cualquier ángulo razonable: una coincidencia. Algo había ocurrido en esa gala, o alrededor de ella, que había funcionado como detonante para alguien que ya tenía la estructura lista. Pero quién, y por qué ese momento específico, eran preguntas que el rastro no respondía.

Lo dejé ahí.

Enrique asintió. Recogió la carpeta, se puso de pie.

—Una cosa más —dije, cuando ya estaba a medio camino hacia la puerta.

Se detuvo.

—El perfil completo de Santaella. Lo que encontraste sobre las denuncias, los retiros, las demandas contra las denunciantes. —Hice una pausa—. Quiero que quede guardado. No archivado en el sentido de cerrado. Guardado.

Enrique me miró un segundo. No preguntó para qué.

—Entendido —dijo, y salió.

Me quedé solo.

El informe ya no estaba sobre el escritorio pero el contenido seguía ahí, con esa persistencia que tienen las cosas que uno ha leído despacio y con atención. Diecisiete denuncias. Doce retiros. Tres mujeres que habían terminado pagando costas procesales por haber dicho la verdad en el formato equivocado, sin contar las que nunca se atrevieron a denunciarlo formalmente.

Y una noche en un pasillo donde yo había llegado a tiempo.

No lo pensé en esos términos exactos. Me lo prohibí antes de que el pensamiento terminara de formarse, porque ese tipo de razonamiento no lleva a ningún lugar útil y porque tenía trabajo pendiente que no podía seguir postergando. Pero la imagen estuvo ahí de todas formas, durante el segundo que tardé en apartar la vista de la ventana y volver a los papeles que tenía sobre el escritorio.

Volví al trabajo, Pero el archivo que Enrique había guardado, ese que no estaba cerrado, sino esperando, era ya otra cosa. Era una deuda pendiente que yo no había declarado aún en voz alta, ni a Enrique y ni siquiera a mí mismo y que, por esa razón exacta iba a ser mucho más difícil de ignorar.

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