Callahan era el médico frío, el dios del sexo que no sentía amor... hasta que su cuerpo dejó de funcionar de repente. Una noche al llegar a casa escuchó una voz en la televisión que fue capaz de despertarlo. Esa voz era de un ¡HOMBRE!...
Sabastian es un actor famoso, joven e ingenuo. Espera encontrar el amor a primera vista.
El destino los reunió en el hospital.
Callahan al escuchar que alguien gritaba de dolor, volvió a reaccionar. Sebastián al verlo se enamoro a primera vista y lo persiguió.
Callahan juró que solo sería sexo, una cura, un experimento. Pero Sebastián llegó con la intención de conquistarlo y lo logró. Pasó de ser el dominante... al perrito faldero que suplica atención, que se pone celoso y que quiere gritarle al mundo entero que es suyo. De rompecorazones a esclavo de un solo hombre.
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Cp. 3- No soy gay, no lo soy.
El agua de la ducha caía sobre su cuerpo, como si pudiera quemar y borrar la culpa, borrar la imagen que se había grabado en su cerebro. Se talló la piel con tanta fuerza que terminó enrojecida y ardiendo. Intentó borrar la sensación de sus propias manos, intentó convencerse de que lo que había pasado había sido solo un error, una locura momentánea.
"Fue solo estrés, fue solo frustración. Cualquier cosa, menos lo que creo que es. No soy gay, no lo soy" — pensaba Callahan queriendo olvidar lo que había hecho.
Pero por más que se lavaba, por más que se restregaba, no podía limpiar su mente. Seguía escuchándolo esa voz, ese tono, esa mezcla de inocencia y dolor que su mente había pervertido por completo.
Apagó la regadera con un golpe seco. Salió del baño envuelto en una toalla, el vapor llenando el cuarto y empañando los espejos, agradeciendo no tener que mirarse a la cara en ese momento. Caminó hasta la cama y se dejó caer pesadamente sobre el colchón, como si su cuerpo pesara el doble de lo normal. El cuerpo le dolía, pero el alma le dolía mucho más. Se cubrió hasta el pecho con la manta y fijó la mirada en el techo oscuro.
—Tienes que dormirte, Callahan —se ordenó a sí mismo en un susurro— Mañana es el primer día en el nuevo hospital. Tienes que ser lúcido, tienes que ser el doctor Callahan: profesional, intocable, perfecto —Cerró los ojos con fuerza, tratando de obligar a su cerebro a dormirse, pero fue inútil. Tan pronto como cerraba los párpados, ahí aparecía... Sebastián.
Veía su rostro retorcerse en la pantalla, su boca abrirse para gritar, y la mente, traicionera y enferma de Callahan cambiaba el escenario. De repente, ya no estaba en una película, estaba a su lado, en su cama, debajo de él, con sus manos sujetando sus muñecas, con su cabeza echada hacia atrás, emitiendo esos mismos sonidos, pero ya no de dolor... sino de placer absoluto.
—Maldición... — gimió girándose de un lado a otro, golpeando la almohada con el puño—¡¡Déjame en paz de una puta vez!!.
Se sentía sucio, se sentía como un depredador, como alguien que había perdido la razón. ¿Cómo era posible? Él había tenido a las mujeres más hermosas del mundo desnudas frente a él y no había logrado ni una sola reacción hace ya dos meses... y bastaba con la voz de un hombre joven, un chico que apenas había visto por la televisión para dejarse hecho un desastre, temblando y rogando por más.
—¿Me he vuelto un pervertido? ¿Es que acaso no tengo salvación?.
Poco a poco, el agotamiento físico terminó venciendo su tormenta mental. Sus párpados se sentían pesados, su respiración se fue volviendo más lenta y rítmica. La imagen del chico se fue difuminando, convirtiéndose solo en una sensación cálida que le acompañó hasta su sueño. Se durmió inquieto, lleno de remordimientos, prometiéndose que cuando despertara... ¡todo esto habría sido solo una pesadilla!.
El sonido del despertador fue como un disparo en la cabeza.
¡RIIIIING!!! ¡RIIIIING!!! ¡RIIIIING!!!...
Abrió los ojos de golpe, sobresaltado, con el corazón bombeando contra sus costillas. La habitación estaba bañada por la luz del amanecer. Eran las 5:30 AM.
Se quedó unos segundos mirando el techo, tratando de ubicarse. El sueño se desvanecía, pero la sensación de la noche anterior regresó de inmediato, golpeándole el estómago como un puñetazo.
"Lo hiciste. No fue un sueño. Te +turbaste pensando en él. Terminaste gritando su nombre."
Se llevó una mano a la cara, cubriéndose los ojos, sintiendo cómo el calor de la vergüenza subía hasta sus orejas otra vez.
—Levántate, Callahan. Vamos a trabajar — Se animó así mismo.
Se arrastró fuera de la cama. Sus piernas se sentían pesadas, como si hubiera corrido un maratón. Se vestía con lentitud, eligiendo su mejor traje médico, la bata más impecable, intentando proyectar esa imagen de autoridad y control que siempre había sido su escudo. Bajó a la cocina, la casa estaba en un silencio absoluto, un silencio que se sentía vacío y triste.
Puso la cafetera, el sonido del goteo y el aroma amargo fueron las únicas cosas que lo anclaron a la realidad. Tomó el cafe caliente, y se apoyó en el mesón mirando por la ventana cómo amanecía en la ciudad.
Daba sorbos largos necesitando esa cafeína para despertar su cerebro, pero por más que intentaba concentrarse en el día que tenía por delante, en los nuevos pacientes, en el prestigio del hospital... su mente siempre regresaba al mismo punto.
"¿Qué tiene él?" — pensó, dando vueltas a la cuchara en el café—. "Es solo un chico. Un actor. Ni siquiera es médico. No es nada especial... y sin embargo, es lo único que ocupa mi cabeza"
Recordó la sensación de su mano alrededor de su miembro. Recordó la urgencia, la desesperación. Recordó cómo su cuerpo había reaccionado como si hubiera estado esperando ese toque toda la vida.
Miró su propia mano, la misma que había tocado a un sin fin de mujeres, la misma que operaba corazones... y sintió asco, sintió que esa mano ya no era solo de él. Ahora parecía que le pertenecía a ese actor... Sebastián.
—Tengo que dejar de ver la televisión— se dijo a mí mismo, con severidad— Tengo que borrar su nombre, su cara y su voz. Tengo que encontrar una cura para esta estupidez.
Terminó su café de un trago, dejando la taza vacía con un golpe seco sobre la encimera. Se ajustó la bata, se acomodó el estetoscopio y respiró hondo, inflando el pecho. Salió de casa, cerrando la puerta tras él.
El aire de la mañana era frío y cortante. Caminó hacia su coche, pero incluso mientras arrancaba el motor, incluso mientras tomaba el camino hacia el aeropuerto para ir al nuevo Hospital CS... no podía escapar.
Aceleraba, intentando huir de sus propios pensamientos, pero en cuanto veía una calle vacía, o escuchaba una canción en la radio que tenía un tono parecido... ahí estabas Sebastián otra vez.
—Sebastián... —susurró al aire, con rabia y desesperación —¿Qué me has hecho, maldición?.
Tomó el vuelo y no pudo concentrarse ni un segundo, el vuelo duro tres horas, durante esas tres horas... Sebastián se instaló en su mente negándose a salir.
Callahan llegó al estacionamiento del hospital. El edificio era imponente, moderno, brillante. Se quedó parado unos segundos en silencio, mirando la entrada.
Por fuera, se veía tranquilo, serio, el doctor perfecto, pero por dentro... seguía sucio. Seguía siendo el hombre que se había rogado a sí mismo por una ilusión. Seguía siendo el hombre que, aunque estuviera a punto de entrar a salvar vidas... no podía dejar de pensar en la única persona que había logrado destruir la suya.
Caminó hacia la entrada con paso firme, ocultando muy bien al hombre roto que llevaba dentro.