Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15 — La trampa del chofer
Marcelo se despertó a las once de la mañana con la peor resaca de su vida y una erección que no se le bajaba.
La primera la había construido a base de tres botellas de whisky y media de coñac que había bebido al volver del hotel la noche anterior. La segunda no la había construido nadie. Llevaba ahí desde las doce y veintitrés. No se iba.
Pensó en la Dama del Fénix mientras la ducha le caía fría sobre la cabeza. Pensó en ella mientras se afeitaba. Pensó en ella mientras intentaba abotonarse la camisa con las manos todavía temblando. Pensó en ella cuando se miró al espejo y vio a un hombre de cuarenta y nueve años con los ojos rojos, la piel gris y la boca seca.
—Marcelo Alarcón —se dijo en voz alta, frente al espejo—. Te volviste loco.
Y se rió.
Por primera vez en quince años, le pareció bien estar loco.
Bajó al comedor con dos aspirinas tragadas en seco y la corbata sin anudar.
Renata estaba sentada a la mesa larga, leyendo el periódico, vestida con una blusa de seda celeste y el cabello recogido con un detalle perfecto. Tenía delante un plato de tostadas y un café con leche.
Lo vio entrar.
—Buenos días, querido.
Marcelo se quedó parado en la puerta.
Llevaba quince años bajando a desayunar y recibiendo o un silencio frío o un sermón. Esta mañana lo recibía con un buenos días, querido y una sonrisa.
Mala señal.
Pero la cabeza le dolía demasiado para analizarlo.
—Buenos días.
Se sentó en el otro extremo de la mesa. Se sirvió café. Lo bebió sin azúcar.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
—Te oí llegar tarde anoche.
—Reunión.
—¿Con quién?
—Un cliente.
—Ah.
Renata sonrió otra vez. Pasó la página del periódico.
Marcelo bebió más café. Se sirvió tostadas. Empezó a masticar.
—Por cierto —dijo Renata, sin levantar la vista del periódico—. Llamó Ramiro esta mañana.
Marcelo levantó la cabeza.
—¿Ramiro?
—Tu chofer. Llamó para avisar.
—¿Avisar qué?
—Que renunció.
Marcelo dejó la tostada a medio camino.
—¿Cómo que renunció?
—Eso. Dijo que le salió una oferta mejor. No me dio detalles. Me pidió que te diera las gracias por los once años. Sonaba muy contento. Dijo que era el mejor cambio de su vida.
Marcelo se quedó mirándola.
Renata seguía leyendo el periódico, tranquila, como si estuviera contando que había florecido una orquídea del jardín.
—Renata. Ramiro no renuncia.
—Pues renunció.
—Ramiro lleva once años conmigo.
—Lo sé, querido. Yo también lo sentí. Pero la gente se va.
—¿A qué hora llamó?
—Temprano. A las siete.
—¿Te dejó número?
—No.
—¿No le preguntaste?
—No le pregunté, Marcelo. ¿Para qué? El hombre quería renunciar. Le agradecí los años y colgué.
Marcelo se quedó mirando el plato.
Once años. Ramiro había manejado para él once años. Sabía sus horarios, sus rutas, sus citas, sus amantes, sus hoteles, todo. Era el único hombre en la vida de Marcelo que sabía dónde estaba a cada hora del día.
Y ayer, justo ayer, el día más importante de los últimos seis meses, justo el día del baile privado, justo el día en que había sacado los siete millones en efectivo del banco — justo ayer Ramiro había renunciado.
Algo no cuadraba.
Pero Marcelo tenía demasiada resaca para pensar.
Y demasiada Dama del Fénix dándole vueltas en la cabeza para que algo más le importara.
—Renata.
—¿Sí, querido?
—Necesito chofer. Hoy mismo.
—¿Quieres que llame a la agencia?
—No. La agencia tarda tres días en mandar a alguien decente. Y los choferes nuevos no saben las rutas de la ciudad ni quiénes son los porteros importantes.
—¿Entonces?
—Necesito uno de los nuestros. Uno de los choferes de la familia. Préstame uno hasta que encuentre reemplazo.
Renata levantó la vista del periódico por primera vez.
Y Marcelo, si hubiera estado lúcido, habría visto el destello pequeño en los ojos de su esposa.
Pero no estaba lúcido.
—Por supuesto, querido —dijo Renata, con una sonrisa dulce—. El que tú quieras.
—Manda al que tengas libre.
—Te mando a Esteban. Lo conoces. Lleva conmigo cinco años. Es de confianza.
—Esteban está bien.
—¿A qué hora lo necesitas?
—A la una.
—A la una está en la puerta.
Renata volvió al periódico.
Marcelo se levantó. Dejó el café a medio terminar. Subió al despacho.
Renata esperó hasta oír la puerta del despacho cerrarse. Después dejó el periódico sobre la mesa. Sacó el teléfono. Llamó.
—Esteban.
—Señora.
—Vas a manejar para Marcelo desde la una.
—Sí, señora.
—Quiero un reporte cada noche. Adónde va, con quién se ve, cuánto tiempo se queda, qué entrega y qué recibe. Si entra al Lotus, a qué hora entra y a qué hora sale. Si entra a un hotel, qué hotel, qué piso, qué suite, qué número.
—Sí, señora.
—Y, Esteban.
—¿Sí, señora?
—Si en algún momento la conversación gira sobre una bailarina, sea con quien sea, anota todo. Palabra por palabra.
—Anotado.
—Hoy te quiero en el despacho a las doce y media. Te paso instrucciones más detalladas.
—Sí, señora.
Colgó.
Renata se quedó mirando el periódico. Después se rió bajito. Una risa pequeña, satisfecha. La risa de una mujer que acaba de meter su propio hombre en su propia jaula con su propio carcelero.
Bebió el café con leche. Estaba todavía caliente.
Buen sábado.
En el despacho, Marcelo cerró la puerta con llave. Se sentó frente al escritorio. Encendió el computador. Abrió tres pestañas a la vez.
En la primera, entró a las cuentas paralelas. Movió otros cuatrocientos mil a una cuenta intermedia. Para el próximo baile privado iba a necesitar mover más. La maleta de los siete millones ya estaba vacía, entregada a Sofía la noche anterior. La próxima cifra Lían no se la había dicho todavía. Pero Marcelo sabía que iba a subir.
En la segunda pestaña, abrió un archivo personal. Una hoja en blanco. Escribió el título en mayúsculas:
DAMA DEL FÉNIX — INVESTIGACIÓN.
Y empezó a escribir todo lo que sabía sobre ella.
Mujer. Entre veintiocho y treinta y cinco años. Cabello negro, posiblemente teñido. Cuerpo trabajado, no de gimnasio sino de baile. Sabe artes orientales. Sabe modular la voz. Habla solo lo necesario y siempre en susurro. Movimientos extremadamente precisos. Probablemente entrenada desde niña en danza clásica china o tibetana.
El antifaz es dorado, de fénix. Significa algo. Investigar simbología.
El traje rojo de anoche estaba bordado con seda gruesa. Trabajo manual de altísima calidad. No comprado, hecho a medida. Por una modista que sabe lo que hace.
¿De dónde sale una mujer así en este país? No es de aquí. Probablemente extranjera. Quizá refugiada. Quizá viuda.
Valentina la protege. ¿Por qué?
Valentina cobra por sus bailes pero no la deja conocerme. Eso significa que la Dama no es una empleada de Valentina. Es una amiga. Una socia. Alguien con quien Valentina tiene un acuerdo personal.
Marcelo se quedó mirando esa última línea.
Una amiga. Una socia.
Algo le hizo clic en la cabeza, pero no terminó de aterrizar. La resaca. Lo dejó pasar.
Siguió escribiendo.
Hay que averiguar:
1. Quién es la modista que hace los trajes. Tiene que estar en la ciudad. Los trajes son demasiado finos para venir importados de manera rápida.
2. De dónde sale la música. El instrumento del primer baile era un guzheng. Pocos guzhengs hay en este país. Quien la suministra debe saber quién es la mujer.
3. Si la Dama vive en la ciudad. Si entra y sale del Lotus a pie o en auto. Qué auto. A qué hora.
4. Su nombre real.
Marcelo se quedó mirando la lista.
Después agregó una quinta línea, en mayúsculas:
5. ROMPER LAS REGLAS QUE PUSO VALENTINA.
Se sirvió un whisky. Eran las doce y diez de un sábado. El doctor le había prohibido beber antes del mediodía. Pero el doctor no había visto a la Dama del Fénix bailar a sesenta centímetros de su cara.
Bebió.
A las doce y media tocaron la puerta del despacho.
—¿Quién?
—Esteban, señor. Su chofer. La señora me dijo que viniera a presentarme.
Marcelo abrió.
Esteban era un hombre de cuarenta años, de espaldas anchas, con un saco gris bien cortado y los zapatos lustrados. Postura militar. Tenía la cara que ponen los hombres que llevan años trabajando para gente rica: cortés, atenta, sin sonrisa.
—Esteban.
—Señor.
—¿La señora te dio instrucciones?
—Que estoy a su servicio, señor. Y que pregunte si va a salir hoy.
—A la una. Hoy y todos los días. ¿Sabes ir al centro?
—Sí, señor.
—¿Conoces el Lotus?
—De nombre, señor.
—Hoy lo vas a conocer en persona. A la una.
—Sí, señor.
Marcelo cerró la puerta.
Volvió al escritorio. Bebió otro sorbo de whisky. Se quedó mirando la lista de cinco puntos sobre la pantalla.
Una sonrisa pequeña se le instaló en la cara.
—Dama del Fénix —dijo en voz baja al cuarto vacío—. Voy por ti.
Abajo, en el salón principal, Renata tomaba el último sorbo de su café con leche.
Tenía el teléfono al lado, abierto en una conversación con Lorena.
Lorena, ¿algún avance con el chofer renunciante?
Señora, todavía nada. Sigue desaparecido. Pero confirmé que Sofía Vargas, mano derecha de Valentina Saggese, fue vista hace cuatro días entrando a un edificio de la zona del río con tres maletas. La descripción coincide con lo que el portero de Ramiro me dio.
¿Está viviendo ahí?
No, señora. Salió a las dos horas sin las maletas. El edificio es un departamento que el Lotus alquila desde hace dos años, según los registros municipales. Lo usa Valentina para emergencias.
¿Qué tipo de emergencias?
Eso es lo interesante, señora. En los últimos dos años el departamento se ha usado seis veces. Y cada vez que se usó, en el Lotus había una bailarina nueva durante un mes. Después la bailarina desaparecía y otra empezaba.
Renata se quedó mirando el teléfono.
Lorena.
¿Señora?
¿Estás insinuando que Valentina esconde mujeres en ese departamento?
Estoy insinuando que sí, señora. Y que probablemente las chicas que aparecen y desaparecen del Lotus salen de ahí. La Dama del Fénix podría ser una de ellas.
Renata soltó el aire despacio.
Lorena.
¿Señora?
Sigue investigando. Pero por ahora no toques el departamento. Quiero saber más antes de actuar. Y quiero saber si la Fénix está ahí.
Sí, señora.
Renata cerró el teléfono.
Se quedó mirando la mesa larga.
Marcelo gasta millones en una mujer que es una bailarina escondida en un piso franco del Lotus. Y Valentina la protege porque… ¿por qué? ¿Lealtad? ¿Negocio? ¿Algo más?
Sonrió.
Da lo mismo. La Dama del Fénix vive en un departamento. Tiene cara. Tiene nombre. Y yo, querida Valentina, voy a encontrarla antes que tu Marcelo.
Se levantó. Caminó hasta el bar. Se sirvió un coñac, a pesar de la hora.
Bebió un sorbo.
—Buen sábado —dijo en voz alta, al cuarto vacío.
Y se rió bajito.
Mis hermosas lectoras 🖤✨
Quiero saber algo… ¿les está gustando la novela? 👀📖
Las leo siempre, pero hoy quiero ver cuántas de ustedes siguen aquí capítulo a capítulo 😭🔥
Así que comenten aunque sea un ❤️, díganme desde qué país leen, cuál personaje aman o qué escena las tiene sufriendo 😏
Y ojo… si veo MUCHOS comentarios, les dejo maratón de capítulos 😈✨
Así que quiero verlas activas, ¿cuántas estamos leyendo esta historia? 👇📚 Las leo siempre, pero hoy quiero ver cuántas de ustedes siguen aquí capítulo a capítulo 😭🔥 Así que comenten aunque sea un ❤️, díganme desde qué país leen, cuál personaje aman o qué escena las tiene sufriendo 😏
Y recuerden seguirme en mis redes para no perderse nada ✨
📘 Facebook: ROSA CARRASO
📸 Instagram: AUTOR CINVAN
🎵 TikTok: AUTOR CINVAN
Las quiero muchísimo 🖤
Gracias por leerme, por comentar, por sufrir conmigo y por darle amor a mis historias 😭📚
Ahora sí… ¡quiero ver MUCHOS comentarios! 😈✨
Besos 💋
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺