VOLÚMEN 2 LEER PRIMERO EL VOLUMEN 1
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VOLUMEN 2 — CAPÍTULO 14
Al final logramos salvar parte de los pasteles de arroz.
No eran muchos.
Pero eran suficientes.
Un rato después salí al salón principal repartiendo los pasteles entre los cortesanos.
Las expresiones felices que pusieron al recibirlos hicieron que todo el esfuerzo valiera la pena.
......................
Mientras tanto, Umiel observaba desde cierta distancia cómo Nerissa repartía los últimos pasteles de arroz entre los cortesanos del establecimiento. La joven sonreía con naturalidad mientras conversaba con ellos, completamente satisfecha al ver que todos disfrutaban de la comida.
Fue entonces cuando el cortesano cabra se acercó tranquilamente hasta donde estaba su jefe.
—Jefe.
—¿Qué?
—¿Aún sigue poniendo a prueba a la señorita Nerissa?
Umiel cruzó los brazos sin apartar la vista de Nerissa.
—Sí.
El hombre cabra soltó un suspiro cansado.
—La ha estado seduciendo durante semanas.
—Y seguiré haciéndolo.
—No parece interesada.
—Lo sé.
—Realmente es diferente a las otras hembras.
Esta vez Umiel no respondió de inmediato.
Sus ojos rosados permanecieron fijos sobre la figura de Nerissa mientras ella continuaba repartiendo comida como si no existiera nada más importante en el mundo.
El cortesano cabra siguió la dirección de su mirada.
—Debería rendirse.
Umiel finalmente giró la cabeza.
—¿Rendirme?
—La señorita Nerissa solo parece interesada en su forma de zorro.
El silencio cayó entre ambos.
Umiel parpadeó una vez.
Luego dos.
Finalmente volvió a mirar a Nerissa.
La joven estaba riéndose de algo que acababa de decir el cortesano conejo.
Parecía completamente feliz.
Y completamente indiferente a la apariencia humana de Umiel.
—No es posible.
—¿Eh?
—No acepto eso.
El hombre cabra arqueó una ceja.
—¿Qué cosa?
Umiel señaló su propio rostro con absoluta seriedad.
—Mírame.
El cortesano cabra obedeció.
—Soy absurdamente atractivo.
El hombre cabra abrió la boca.
La cerró.
Luego volvió a abrirla.
Pero no encontró ninguna respuesta adecuada.
Porque, lamentablemente, su jefe tenía razón.
Umiel era ridículamente atractivo.
Aun así...
Nerissa seguía prefiriendo acariciar un pequeño zorro.
Umiel entrecerró los ojos con un tono molesto.
—Entonces, ¿por qué prefiere al zorro?
El hombre cabra lo observó durante unos segundos.
Después sonrió lentamente.
—Jefe...
—¿Qué?
—¿De casualidad a usted le gusta la señorita Nerissa?
La reacción fue inmediata.
—No.
Respondió demasiado rápido.
—No me gusta.
Demasiado rápido otra vez.
—No estoy interesado en ella.
—Claro.
—Es la verdad.
—Por supuesto.
Una pequeña vena apareció en la frente de Umiel.
—Solo me irrita que mi forma de zorro sea aparentemente más atractiva que mi forma humana.
El hombre cabra asintió con una expresión exageradamente seria.
El jefe pareciera estar celoso de su forma de zorro.
—Entiendo.
—Bien.
—Completamente comprensible.
—Exacto.
—Nada que ver con que pase más tiempo observándola que a cualquier otra clienta.
Umiel lo miró.
—...
—Ni con que recuerde exactamente qué le gusta comer.
—...
—Ni con que permita que se quede aquí cuando normalmente habría expulsado a cualquiera.
—...
El cortesano cabra sonrió.
—Ni con que anoche se quedara diez minutos mirando la puerta de su habitación para asegurarse de que estaba dormida.
El silencio se volvió mortal.
El hombre cabra sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Bueno... ya dije demasiado.
Dio un paso atrás.
Luego otro.
Y después salió caminando rápidamente.
—Tengo trabajo que hacer.
—Vuelve aquí.
—No puedo escucharlo.
—Sí puedes.
—Qué pena, jefe.
—¡Vuelve!
El hombre cabra prácticamente desapareció doblando la esquina del pasillo.
Umiel se quedó inmóvil.
Solo.
Con una expresión oscura en el rostro.
Finalmente volvió la mirada hacia Nerissa.
La joven seguía completamente ajena a todo.
Entonces cerró los ojos y exhaló lentamente.
—No.
Absolutamente no.
Se negó rotundamente a aceptar que una mujer prefiriera acariciar un pequeño zorro antes que admirar su impecable apariencia humana.
Era una cuestión de orgullo.
Una cuestión de principios.
Una cuestión de dignidad.
Y por eso tomó una decisión.
Haré que le interese mi forma humana.
Sus ojos rosados brillaron con determinación.
Y no es porque esté interesado en ella.
Se repitió aquello una segunda vez.
Y luego una tercera.
Como si necesitara convencerse a sí mismo.
......................
Lamentablemente para él, en ese mismo instante, al otro lado del establecimiento, Nerissa estaba pensando algo completamente distinto.
Mientras lavaba una bandeja vacía, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Quizás esta noche pueda convencer al pequeño zorro de dormir otra vez en mi regazo.
La determinación de Umiel y los pensamientos de Nerissa avanzaban en direcciones completamente opuestas.
Y ninguno de los dos parecía darse cuenta del enorme problema que aquello terminaría causando.
......................
— NOCHE —
Ya era de noche cuando terminé de ayudar con algunas tareas del establecimiento.
Después de ducharme y cenar, me despedí de los cortesanos y comencé a caminar por los pasillos en dirección a mi habitación.
El burdel estaba mucho más tranquilo a esas horas.
Las luces cálidas iluminaban suavemente los corredores mientras algunas risas y conversaciones lejanas llegaban desde otras habitaciones.
Suspiré cansada.
Había sido un día largo.
Lo único que quería era dormir.
Sin embargo, apenas doblé una esquina me detuve en seco.
—...
Frente a la puerta de mi habitación estaba Umiel.
Pero no en su forma de zorro.
Estaba en su forma humana.
Su largo cabello rosado descendía por su espalda como una cascada de seda, llegando mucho más abajo de la cintura. Sus siete colas se movían lentamente detrás de él mientras las orejas de zorro sobresalían entre su cabello.
Vestía una de aquellas prendas llamativas que parecían diseñadas específicamente para resaltar su atractivo. La tela oscura dejaba entrever parte de su pecho y de su musculatura, marcando claramente sus hombros anchos y su cuerpo fuerte.
Además...
Tenía una flor entre los labios.
Me quedé observándolo unos segundos.
—¿Qué haces?
Umiel acomodó una de sus colas detrás de él.
—Esperándote.
—¿Con una flor en la boca?
—Sí.
—¿Por qué?
El zorro pareció quedarse pensando.
—Porque se ve atractivo.
Asentí con total naturalidad.
—Ah.
Definitivamente es algo que haría Umiel.
Seguramente está alimentando su enorme ego otra vez.
No le di más importancia.
La expresión de Umiel pareció tensarse ligeramente.
Como si hubiera esperado otra reacción.
Abrí la puerta de la habitación y entré.
—Bueno, buenas noches.
—¿Eso es todo?
Me giré confundida.
—¿Qué más debería decir?
El silencio se volvió incómodo.
Finalmente Umiel se cubrió parcialmente el rostro con una mano.
—Nada.
—¿De acuerdo?.
Entré a la habitación.
Umiel me siguió poco después.
Entonces recordé algo importante.
Me volví hacia él.
—Umiel.
—¿Sí?