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Tras Los Lentes

Tras Los Lentes

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Pamela Calcumil

Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.

Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.

Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.

Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.

Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.

Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.

NovelToon tiene autorización de Pamela Calcumil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 24 EL INFORME

*3 semanas después de la cena. Torre Astori. Piso 60.*

Santiago tiró el informe sobre el escritorio.

Fotos. Documentos. Capturas.

—Explícame esto —dijo.

Frente a él: Lucas, su jefe de seguridad. El único hombre en el que confiaba.

Lucas tragó saliva.

—Llevamos 3 semanas investigando a Volkov Industries, señor. Como pidió.

—Y —dijo Santiago.

—Y encontramos esto —Lucas señaló una foto—. Señora Luz Volkov. 26 años. CEO. Casada con Mateo Ruiz hace 3 años. Arquitecto.

Santiago se quedó quieto.

La foto era de Luz saliendo de su casa. Con Mateo. Agarrados de la mano.

—Siga —dijo él. Voz plana.

—Nada raro en ella —dijo Lucas—. Trabajo. Casa. Volkov. Lleva una vida limpia. Demasiado limpia.

—¿Demasiado?

—Sí —dijo Lucas—. Porque hay un hueco. Hace 4 años. 6 meses exactos donde no hay registro de viajes, galas, nada. Solo figura “licencia personal”. Justo después de romper con un tal Federico Astori.

Santiago se tensó.

Federico. Su primo lejano. El que intentó sacarle Volkov a los Volkov hace años.

—Siga —dijo.

—En esos 6 meses —dijo Lucas—, ella estuvo en Mar del Plata. Sola. En un hotel chico. Sin su familia. Sin su ahora esposo.

Santiago cerró los ojos.

Mar del Plata. 4 años atrás. Un bar del puerto. Una mujer rota. Una noche.

—No puede ser —susurró.

—Señor —dijo Lucas—. También encontramos esto.

Deslizó otra foto.

Era vieja. Borrosa. Del espejo de un bar. Se veía a Santiago de espaldas, en la barra. Y atrás, reflejada, una mujer con vestido negro.

Luz.

Santiago agarró la foto como si quemara.

—¿Dónde la conseguiste?

—En un grupo viejo de Facebook del bar —dijo Lucas—. Lo subió alguien en 2022. Nadie le dio bola.

Santiago miró la foto 10 segundos. Después la rompió en 4 pedazos.

—Bórrala —dijo.

—Ya está —dijo Lucas.

Silencio.

Santiago se paró. Fue a la ventana. 60 pisos. Toda Buenos Aires abajo.

—Dijo que estaba casada —dijo.

—Sí señor.

—Dijo que era privada —dijo.

—Sí señor.

—Y me miró como si yo le debiera algo —dijo Santiago. Más para él que para Lucas.

Lucas no respondió.

—Lárgate —dijo Santiago.

Lucas salió.

*8:30 PM. Departamento de Santiago.*

Solo. Whisky. Sin música.

Agarró su camisa. Se la sacó.

Se miró al espejo.

*Rosas negras.* Pétalos. Espinas.

Se las hizo hace 5 años. Después de la peor traición de su vida. Su socia. Su ex. Se fue con su dinero y con su primo.

Desde esa noche, no volvió a tocar a nadie. Hasta esa noche en el bar.

Una mujer. Vestido negro. Ojos grises llenos de rabia y de dolor. Exacto como los suyos.

No le preguntó el nombre. Ella no preguntó el suyo.

Bailaron. Bebieron. Se fueron.

A la mañana siguiente ella ya no estaba. Y él no la buscó. Porque esa era la regla: una noche. Nada más.

—Luz Volkov —dijo al espejo.

*11:00 PM. Llamada.*

—Irina —dijo Santiago al teléfono.

—Señor Astori —era la asistente de Luz—. Es tarde.

—Lo sé —dijo él—. Dígale a la Señora Volkov que necesito verla mañana. 7 AM. Gimnasio. Solos.

—Señor, ella...

—Dígale —cortó—. Es sobre el contrato.

Colgó.

*Viernes. 7:00 AM. Gimnasio Volkov.*

Luz llegó 6:58. Remera. Pantalón. Pelo atado.

Estaba pálida.

Santiago ya estaba. Corriendo. Sin remera.

A propósito.

Luz se frenó en seco cuando lo vio.

Él bajó la velocidad. Se secó con la toalla. Y no se la puso al hombro.

Se quedó ahí. Con el tatuaje a la vista. Completo.

Desafío.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días —dijo ella. No se acercó a una cinta.

—¿Vas a correr?

—No —dijo Luz—. Dijiste que era por el contrato.

—Mentí —dijo Santiago.

Luz se quedó helada.

—Entonces ¿para qué estoy acá?

Santiago se acercó. Lento. Hasta quedar a un metro.

Olía igual.

—Porque hace 3 semanas que no duermo —dijo él—. Porque te veo en todos lados. En números. En contratos. En mi cabeza.

Luz retrocedió un paso.

—No empieces —dijo.

—¿Empezar qué? —dijo él—. ¿A decir la verdad?

Santiago sacó su teléfono. Mostró la foto borrosa del bar.

Luz se puso blanca.

—¿Dónde... dónde conseguiste eso?

—Tengo recursos, Luz —dijo él. Usó su nombre. Por primera vez.

Luz tembló.

—Mi nombre es Señora Volkov —dijo.

—En un bar hace 4 años no lo era —dijo Santiago.

Luz abrió la boca. Nada salió.

—Fuiste vos —dijo él. No era pregunta. Era certeza.

Luz miró a todos lados. Buscando una salida.

—Te equivocás —dijo. Mentira.

—Mírame —dijo Santiago.

Ella no pudo.

—Mírame, Luz —dijo él. Más duro.

Ella levantó la vista. A sus ojos. Grises. Igual que esa noche.

Y ahí se quebró. Un segundo. Solo uno.

Santiago lo vio todo.

—Fuiste vos —dijo otra vez. Más bajo.

Luz dio un paso atrás.

—Esto es una locura —dijo—. No sé de qué hablás.

Dio media vuelta.

—Luz —dijo él.

Ella se frenó. Sin girarse.

—¿Qué querés, Santiago? —dijo.

—La verdad —dijo él.

Silencio.

—La verdad es que firmamos un contrato —dijo Luz—. Y que eso es todo.

Y se fue. Corriendo. Casi.

*9:00 AM. Oficina de Luz.*

Toc. Toc.

Ana entró sin tocar.

—¿Qué pasó?

—Sabe —dijo Luz. Respirando mal—. O sospecha. Me mostró una foto del bar.

Ana se sentó de golpe.

—Dios.

—Dije que se equivocaba —dijo Luz—. Mentí. Otra vez.

Dmitri entró.

—¿Y ahora?

—Ahora no sé —dijo Luz—. Porque si le digo... me va a preguntar por qué no se lo dije antes. Y no tengo respuesta.

Ana le tomó la mano.

—Porque tenías miedo —dijo—. Y con razón.

El teléfono de Luz sonó. Número desconocido.

Contestó.

—Señora Volkov —era Santiago—. Nos vemos hoy. 8 PM. En mi departamento. Solos.

—Ni loca —dijo ella.

—Entonces voy a tu oficina —dijo él—. Y pregunto frente a todos.

Colgó.

Luz miró a sus padres.

—Me tiene —dijo.

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