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Obsesión En Línea

Obsesión En Línea

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Malentendidos / Romance
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Dary MT

Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que

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Capítulo 20: La cuenta regresiva

Los dos meses siguientes transcurrieron como una coreografía perfecta y tortuosa entre la contención absoluta y el descubrimiento mutuo. El pacto de los tres meses, que al principio se cernía sobre la cabeza de Ethan Blackwood como una sentencia de muerte o una condición imposible de cumplir, comenzó a transformarse en el cimiento de algo mucho más poderoso de lo que el plano digital jamás habría podido ofrecerle. En el piso cuarenta de Blackwood Technologies, la regla número uno se mantuvo como una ley sagrada, un muro de Berlín invisible pero inquebrantable que ambos respetaban con una disciplina casi militar.

Para Alana, mantener esa distancia dentro de la empresa no era un simple capricho ni una forma de castigo; era una necesidad vital. Necesitaba demostrarse a sí misma, y sobre todo a él, que su intelecto, su impecable eficiencia y su puesto como mano derecha del hombre más poderoso de la industria tecnológica no estaban condicionados por el fuego que compartían fuera de aquellas paredes. Quería que Ethan la respetara en el plano profesional sin que la sombra del deseo enturbiara sus decisiones ejecutivas. Así, de lunes a viernes, de ocho de la mañana a seis de la tarde, Alana volvía a ser la asistente perfecta: vestía trajes de sastre oscuros, llevaba el cabello recogido en moños pulcros que no dejaban escapar un solo mechón, y se comunicaba con él utilizando una formalidad gélida que a menudo hacía que a Ethan se le helara la sangre.

Sin embargo, fuera de la oficina, el mundo real se encargó de borrar por completo las secuelas del engaño virtual. Ethan se tomó el periodo de prueba como la misión más crucial de su existencia. Privado de sus algoritmos de hackeo, de sus pantallas de vigilancia y de las respuestas automatizadas de Eros, tuvo que aprender a ser un hombre común, a usar la intuición, la empatía y la observación directa. Y para sorpresa de Alana, el genio implacable demostró tener una capacidad abrumadora para el romance legítimo.

Ethan la sorprendía en cada cita de fin de semana, planificando encuentros que no requerían de tecnología para ser inolvidables, sino de una atención absoluta a los detalles. Un sábado por la noche la llevó a las afueras de la ciudad, a un viñedo subterráneo oculto en una antigua bodega de piedra, donde cenaron a la luz de las velas mientras un sumiller les explicaba la historia de caldos que tenían más años que ellos dos. Allí, despojado de la presión corporativa, Ethan habló de su infancia, de la soledad que lo había acompañado mientras construía su imperio y de cómo la presencia de Alana había sido la primera luz real en su mundo de sombras. Alana descubrió a un hombre que sabía escuchar, que guardaba en su memoria la forma exacta en que ella arrugaba la nariz cuando algo le causaba gracia, y que la miraba con una adoración tan profunda que hacía que el dolor de la traición pasada se evaporara un poco más con cada conversación.

Pero la distancia impuesta y el conocimiento mutuo no apagaron la tensión sexual; al contrario, la refinaron hasta convertirla en una adicción constante que los consumía a fuego lento. El deseo no se había disipado; se había concentrado, volviéndose una corriente eléctrica que vibraba entre ambos cada vez que se cruzaban en los pasillos de la empresa.

A mitad de la semana, cuando la abstinencia en la oficina se volvía una carga insoportable, las noches de los miércoles se encendían a través de la pantalla. Ya no existía la máscara de la Inteligencia Artificial. No había textos preprogramados ni distorsiones de voz. Se miraban directamente a los ojos a través de videollamadas cifradas de alta definición en sus laptops de uso personal. En esas sesiones de puro fuego visual, Alana se convertía en la dueña absoluta del ritmo. En la intimidad de su habitación, bajo la luz tenue de su lámpara, ella se despojaba de la ropa lentamente frente a la cámara, permitiendo que los ojos grises de Ethan devoraran cada centímetro de su piel, documentando el crecimiento de su confianza.

Guiada únicamente por la voz ronca, densa y cargada de urgencia de su jefe, Alana hundía sus propios dedos entre sus piernas, acariciándose y gimiendo frente al lente. Al otro lado de la ciudad, en la penumbra de su enorme ático, Ethan permanecía sentado en su sillón de cuero, con la camisa abierta y la respiración entrecortada, masturbándose con una fijeza desquiciada mientras la observaba. Compartían el clímax a la distancia, unidos por un hilo invisible de lujuria pura, pero separados por la promesa inquebrantable de no consumar el acto hasta que el tiempo dictara su veredicto. Esas noches dejaban a Ethan exhausto, con el cuerpo doliéndole por la falta de una unión real, pero con la certeza de que la espera santificaba el premio.

El verdadero terreno de juego, sin embargo, se conquistaba los domingos. El pequeño apartamento de Alana se transformó en su santuario particular, el único lugar del planeta donde las jerarquías se disolvían por completo. Los besos dominicales ya no eran tímidos; eran hambrientos, profundos, encuentros donde las lenguas se reconocían con una familiaridad pasmosa y las manos de Ethan delineaban las curvas de Alana con una devoción casi religiosa, dejando su piel marcada por el calor de sus palmas.

Un domingo lluvioso, mientras el ruido del agua golpeaba los cristales de la sala y una música suave sonaba de fondo, la dinámica cambió para siempre. Estaban recostados en la alfombra, abrazados tras una sesión de caricias intensas que los había dejado al límite. Alana se incorporó con lentitud, apartando los mechones de su cabello castaño que caían sobre su rostro. Se deslizó sobre sus rodillas, acomodándose justo entre las piernas de Ethan. Él la miró desde el suelo, con el corazón deteniéndosele en el pecho y las manos apoyadas en la alfombra, intuyendo que algo grande estaba a punto de suceder.

—Quiero aprender, Ethan —susurró ella, fijando sus ojos castaños en las tormentas grises de la mirada de él. No había timidez en su voz, sino una determinación ardiente, la madurez de una mujer que tomaba las riendas de su propia vida sexual—. Quiero saber cómo complacerte a ti... con la boca. No quiero que estos tres meses sean solo sobre mi placer o sobre tus demostraciones de autocontrol. Quiero darte algo real.

Ethan sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies. Un escalofrío de pura excitación y reverencia le recorrió la espina dorsal. Con las manos sutilmente temblorosas debido al acumulado de semanas de deseo reprimido, se desabotonó el pantalón de sastre y deslizó su ropa interior hacia abajo, liberando su anatomía. Su miembro se alzó al instante, completamente endurecido, grueso, con las venas palpitando bajo la piel caliente, reclamando el contacto que la joven le estaba ofreciendo de manera voluntaria.

Con una paciencia infinita, desprovista de cualquier prisa egoísta, Ethan se convirtió en el maestro de la sumisión de su propia deidad. Tomó las manos de Alana con delicadeza, enseñándole cómo rodear su base con los dedos para controlar la presión. Luego, hundiendo suavemente sus dedos largos entre los hilos de su cabello castaño, la guio con una ternura que Alana jamás habría imaginado en el implacable tiburón de los negocios. Le enseñó a controlar la respiración para evitar el reflejo de náusea, le mostró cómo usar la calidez y la suavidad de su lengua para delinear la línea sensible de su contorno, y cómo aplicar una succión sutil, rítmica, sin presionar con los dientes.

Alana se entregó a la tarea con una fascinación y una intuición felina que casi hacen que Ethan mandara el pacto de los tres meses al demonio en ese mismo instante. El sonido húmedo, rítmico y carnal de sus labios envolviendo la cabeza de su miembro, la forma en que su boca se adaptaba al tamaño de él y, sobre todo, la visión de su secretaria de rodillas en el suelo de su casa, mirándolo fijamente a los ojos con una lascivia pura mientras lo devoraba, destruyeron las últimas defensas de la cordura de Ethan. Su cabeza se echó hacia atrás, golpeando suavemente la alfombra, mientras sus dedos se tensaban en el cabello de ella, no para empujarla, sino para aferrarse al único cable a tierra que le impedía volverse loco de placer.

Ethan se contuvo hasta el límite de la agonía física, permitiéndose llegar al clímax solo cuando Alana, ganando confianza, incrementó la succión y movió la cabeza con un ritmo más audaz. Una descarga de placer violento, puro y espeso inundó la boca de la joven. Ethan gimió su nombre, un sonido sordo y desgarrado que retumbó en las paredes del apartamento, mientras su cuerpo se sacudía por completo, entregándole hasta la última gota de su esencia, la cual ella aceptó y tragó con una sonrisa de triunfo que a él le pareció la obra de arte más hermosa del universo.

Ahora, tras semanas de esa dulce tortura, el calendario de la pared marcaba la última semana del tercer mes. Los noventa días de prueba estaban llegando a su fin; la fecha límite del pacto se encontraba a escasamente setenta y dos horas de distancia.

El viernes por la tarde, el piso cuarenta quedó desierto temprano debido al horario de verano. Alana tomó la última carpeta con los estados de cuenta consolidados del mes, cruzó el pasillo y entró al despacho presidencial sin prisa. La estancia estaba sumida en una luz dorada provocada por el atardecer que se colaba por los enormes ventanales. Cuando ella colocó los documentos sobre el escritorio de cristal negro, Ethan levantó la vista de su monitor.

Sus ojos grises ya no transmitían la desesperación salvaje ni el pánico controlador de hace noventa días; ahora reflejaban la calma del cazador que sabe que la espera ha terminado, una madurez templada por el respeto y un hambre carnal tan concentrada que hacía que el aire entre ambos vibrara con la fuerza de un cable de alta tensión.

—Faltan tres días, Alana —dijo Ethan, con una voz baja, ronca, que rompió la formalidad de la oficina por primera vez en semanas. Sus ojos bajaron a los labios de ella, rememorando el sabor de sus domingos lluviosos.

Alana sostuvo la mirada de acero, manteniendo la barbilla en alto. Y por primera vez en tres meses dentro de ese despacho, le dedicó una sonrisa cómplice, cargada de una sensualidad implacable y una promesa absoluta que le prometía el cielo y el infierno juntos.

—Lo sé, Ethan. —respondió ella en un susurro que erizó la piel del millonario—. Prepárate para el lunes por la noche. Los tres meses terminan oficialmente a la medianoche... y ya no habrá pantallas que nos separen.

Dio media vuelta y salió del despacho con el balanceo elegante de sus caderas, dejando a Ethan con el corazón latiéndole a mil por hora. El cronómetro digital estaba a punto de llegar a cero, y la entrega total e irreversible estaba a la vuelta de la esquina.

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Lujan Ayala
me encantoooooooooo
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