Victor Maxwell….. como describir a un ser irritante que hizo mi vida irritante en cada oportunidad que tuvo , el chico guapo, el deportista estrella y quien se creía intocable Pero suena a cliché no? Pues no , no dire que me gusta desde niños o que es guapo lo odio como el le odia a mi Y jamás , jamás besaría a un descerebrado como el! ¿Nazarena cumplirá esa promesa
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No me gustaba
Nazarena Esthelar acababa de arruinarme el silencio mental.
Otra vez.
Conducía de regreso a casa con una mano sobre el volante mientras la imagen de ella caminando sola con los auriculares puestos seguía apareciendo en mi cabeza.
Ridículo.
Era solo Nazarena.
La misma chica que una vez escribió “idiota” en mi frente mientras dormía en una excursión escolar.
La misma que me había lanzado una pelota al pecho hacía apenas unas horas.
Entonces…
¿Por qué demonios seguía pensando en ella?
Apreté la mandíbula entrando al garaje de casa.
Las luces exteriores iluminaban perfectamente la mansión mientras el agua de la fuente del jardín sonaba suavemente cerca de la entrada.
Todo se veía demasiado perfecto aquí.
Demasiado limpio.
Demasiado ordenado.
Mi padre adoraba eso.
La imagen.
Entré a la casa dejando las llaves sobre la mesa del recibidor justo cuando escuché voces desde el comedor.
—Los Esthelar creen que pueden adelantarse porque tuvieron un buen trimestre —decía mi padre con fastidio.
Ahí estaban otra vez.
Los Esthelar.
Siempre los Esthelar.
Mi madre levantó la vista apenas entré.
—Llegaste tarde.
—Entrenamiento.
Mi padre apenas me miró antes de seguir hablando.
—Ese hombre lleva años intentando competir conmigo.
Tomé una botella de agua del minibar sin mucho interés.
—¿Papá, alguna vez hablas de otra cosa?
Él apoyó lentamente los cubiertos sobre el plato.
Mala señal.
—Algún día entenderás que las personas como Richard Esthelar esperan cualquier oportunidad para superarte.
Solté una risa seca.
—Créeme, ya entendí. Llevo escuchándolo desde los cinco años.
Hasta Nazarena parecía criada exactamente igual.
Competitiva hasta para respirar.
Mi madre suspiró cansada.
—¿Pueden pasar una cena sin hablar de negocios?
Silencio.
Dos segundos completos.
Récord histórico.
Subí a mi habitación antes de quedar atrapado otra hora escuchando discusiones empresariales.
Mi cuarto estaba oscuro excepto por las luces LED del escritorio y la ciudad iluminándose afuera de los ventanales.
Me dejé caer en la cama revisando el celular.
Mensajes.
Invitaciones.
El grupo del equipo explotando por la fiesta de mañana.
Ryan:
“Si no vienes eres oficialmente anciano.”
Idiota.
Iba a responder cuando otra notificación apareció.
Y fruncí el ceño automáticamente.
Una historia de Bianca.
Abrí la publicación casi por reflejo.
Y ahí estaba Nazarena.
La foto mostraba a Bianca, Ava y ella sentadas en una cafetería después de entrenar.
Nazarena estaba riéndose de algo con la cabeza inclinada hacia atrás mientras sostenía un vaso helado entre las manos.
La luz cálida del lugar hacía brillar sus ojos marrones de una forma extrañamente distinta.
Parpadeé inmediatamente cerrando la historia.
¿Qué demonios hacía viendo eso?
Solté el celular sobre la cama pasándome una mano por el rostro.
Definitivamente necesitaba dormir más.
O menos contacto visual con mi vecina.
Me levanté tomando una pelota de fútbol que descansaba junto al escritorio antes de empezar a hacer pequeños toques automáticos contra el suelo.
Era algo que hacía cuando pensaba demasiado.
Y últimamente…
Pensaba demasiado.
Especialmente desde que empezó la preparatoria.
Porque Nazarena ya no era solo “la vecina molesta”.
Ahora aparecía constantemente.
Pasillos.
Entrenamientos.
Estacionamiento.
Casilleros.
Siempre ahí.
Siempre respondiéndome.
Siempre desafiando algo.
Y honestamente…
La mayoría de personas no hacía eso conmigo.
La gente normalmente:
reía mis bromas,
me daba la razón,
o intentaba agradarme.
Nazarena hacía exactamente lo contrario.
Y eso era desesperante.
Escuché golpecitos suaves contra mi ventana.
Giré la cabeza confundido.
Ryan estaba en el balcón exterior de mi habitación sosteniendo una bolsa de comida rápida.
Abrí la puerta corrediza inmediatamente.
—¿Qué haces aquí?
—Tu madre me dejó pasar —respondió entrando—. Y traje comida porque pareces deprimido.
Le lancé una mirada asesina.
—No estoy deprimido.
Ryan dejó las hamburguesas sobre el escritorio observándome unos segundos.
—Ok. Entonces estás raro.
—Gracias por la diferencia.
Él tomó asiento en el sofá pequeño del cuarto.
—Hermano, literalmente llevas toda la semana discutiendo con Esthelar más de lo normal.
—Eso no significa nada.
Ryan abrió una gaseosa lentamente.
—¿Seguro?
Lo miré incrédulo.
—¿Qué les pasa a todos con ese tema?
—Porque ustedes parecen obsesionados.
Me reí sin humor.
—Créeme, si pudiera dejar de cruzármela lo haría encantado.
Y era verdad.
Probablemente.
Tal vez.
Ryan me observó con expresión sospechosa.
—Ajá.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de “creo que te gusta”.
Ryan casi se ahoga riéndose cuando le lancé un almohadón directo a la cara.
—¡Estás enfermo!
—¡Solo digo que le prestas demasiada atención!
—¡Porque ella existe demasiado fuerte!
Eso solo empeoró sus carcajadas.
Maldito idiota.
Me dejé caer nuevamente sobre la cama mirando el techo.
No me gustaba Nazarena Esthelar.
Era imposible.
Ella era orgullosa.
Molesta.
Competitiva.
Violenta con balones deportivos.
Además nuestras familias prácticamente se odiaban por tradición.
Así que no.
Definitivamente no me gustaba.