Un temible asesino a sueldo reencarna por karma en el cuerpo de una noble atrapada en una novela trágica. Su destino: casarse con el volátil Emperador de Fuego para calmar su ira, ser abandonada por la protagonista real y morir de depresión.
Dispuesto a cambiar su destino (y a costa de su hombría), decide jugar el juego: curará la inestabilidad del Emperador, pero planea exigir un divorcio millonario para recorrer este nuevo mundo mágico a su antojo. Lo que no esperaba es que al Emperador de Fuego le fascinara tanto su fría y letal esposa. Entre conspiraciones, magia y un romance que no quiere aceptar, el antiguo asesino tendrá que luchar para demostrar que ella (el)... definitivamente no es la heroína de esta historia.
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Capitulo 2: La armadura de seda
La Duquesa sigue aferrada a su hija con una desesperación que roza la asfixia. Sus sollozos son un sonido seco y constante contra el hombro de Mirelle, una melodía de angustia que Vance, en su vida anterior, habría catalogado inmediatamente como una debilidad. Pero ahora, esa debilidad le rodea el cuello.
La historia es clara: Mirelle había despertado esa mañana, se había arreglado con la meticulosidad de una muñeca de porcelana, pero no bajó a desayunar. Cuando el personal entró, la encontraron tendida en el suelo, inconsciente. El médico del ducado había dictaminado que el cuerpo respiraba y el corazón latía con una regularidad monótona, pero su piel estaba gélida, pálida como la nieve recién caída. La habían dado por perdida, un alma que se desvanecía en un sueño del que quizás no regresaría. Ahora, horas después, sus ojos se habían abierto.
El Duque entró en la habitación poco después, su rostro, usualmente una máscara de severidad política, se resquebrajó al ver a su esposa abrazada a la joven. Su expresión, marcada por las arrugas del poder y la responsabilidad del ducado, se suavizó hasta convertirse en una imagen genuina de alivio. Se unió al abrazo, envolviendo a ambas figuras en un círculo protector. Mirelle, o el hombre que habita su cuerpo, se tensó. El contacto es abrumador.
“Genial. Ahora tengo padres”, pensó, sintiendo cómo su instinto de asesino grita para que se apartae de la zona de peligro.
“Siempre estuve solo. Mi única familia era un código de ética que terminaba en el cañón de un arma y una cuenta bancaria anónima. Y ahora, de la nada, tengo esto”.
Trató de no mostrarse esquiva. Sabe que la frialdad sería una señal de alarma inmediata, una anomalía que los nobles, siempre buscando patrones y debilidades, notarían al instante. Respiró hondo, forzando a sus músculos a relajarse, aunque cada fibra de su ser le exige salir de esa situación asfixiante.
Los Duques, al notar la rigidez de su hija, se separaron con delicadeza, dándole espacio. Mirelle inhaló con avidez, tratando de recuperar el aire que aquel abrazo de oso le había robado. Entre el shock de la reencarnación, la extrañeza de un cuerpo ajeno y la opresión física de un vestido que parece diseñado para torturar a la nobleza femenina, siente que su mente estaba a punto de colapsar.
__Hija, nos preocupaste demasiado__. Dijo la Duquesa, secándose las lágrimas con un pañuelo de encaje.
__Te encontramos en el suelo, en un sueño tan profundo que temimos que tu alma hubiera decidido abandonar este mundo. Aún tienes mucho por vivir, mi pequeña. Tu sueño de casarte con el Emperador... se cumplirá__.
Esas palabras golpearon a Mirelle como una ráfaga de metralla.
“Rayos. Es cierto. Este cuerpo está comprometido con el Emperador”.
La realidad de su situación se asentó en su estómago con una frialdad gélida. No solo esta atrapada en un cuerpo que no es suyo, sino que esta sentenciada. Según el estúpido libro que Vance había leído, el matrimonio es su boleto a una muerte lenta por depresión, aislamiento y traición.
“No pienso morir dos veces. Me quedan muchos años por vivir, aunque ahora deba resignarme a esta... anatomía”, pensó con amargura. Si hubiera tenido la opción, habría preferido reencarnar en un Duque, o incluso en un plebeyo con una espada en la mano, no en una figura decorativa enviada directamente al patíbulo político.
__¿Cuándo será el matrimonio con el Emperador?__. Preguntó Mirelle, tratando de que su voz sonara natural, aunque el término "confundida" se le atasca en la garganta.
__Es que desperté un poco desorientada__.
Los Duques intercambiaron una mirada rápida, un parpadeo de preocupación que Mirelle interpretó al instante como una señal de que su comportamiento anterior no había sido del todo normal.
__Sera en un año, mi niña__. Respondió el Duque con una dulzura que le resultó extrañamente ajena.
__Debes prepararte para ser la Emperatriz. Su Majestad quiere esperar a que alcances la mayoría de edad para celebrar la ceremonia oficial. Tienes tiempo suficiente para tus estudios y preparativos__. Un año. Solo doce meses.
Mirelle empezó a trazar un plan mental, descartando opciones mientras escucha el resto de las justificaciones. Plan A: Eludir el compromiso. Plan B: Si no puede eludirlo, convertir la posición de Emperatriz en algo que el Emperador no pueda simplemente "descartar". Plan C: Sobrevivir a toda costa.
__Padres__. Interrumpió Mirelle, con una calma que no refleja el caos de su mente__.
__Quiero un maestro de magia__. El silencio se apoderó de la habitación. Los Duques se miraron, estupefactos.
__¿Magia? Pero hija, siempre has tenido una afinidad innata para la curación__. Dijo la madre, confundida.
__Has dedicado años a perfeccionar ese don, especialmente para estabilizar el maná del Emperador. Es lo que te hizo la candidata perfecta__.
__Lo sé__. Respondió Mirelle, manteniendo su mirada firme.
__Pero si voy a ser la Emperatriz, no quiero ser solo un adorno. El Emperador es un hombre poderoso, pero no siempre estará para protegerme, y las intrigas en la corte son cuchillos en la oscuridad. Habrá ratas, gente que no querrá que el poder de la futura Emperatriz esté de su lado. No quiero ser débil. Quiero ser un peligro__.
Los Duques estan desconcertados. Su hija, siempre dócil y dedicada a la sanación, habla ahora de autodefensa y peligro con una frialdad que no reconocen. Pero Mirelle no se detuvo.
__Si el Emperador me quiere como su estabilizador, seré un estabilizador difícil de romper. No quiero limitarme a la magia curativa. Necesito magia de ataque, de defensa, de análisis. Quiero saber cómo proteger mi vida y la de la corona. Si soy una amenaza para los enemigos del Imperio, seré intocable__.
Convencer a los padres no fue tan difícil como esperaba; bastó con venderles la idea de que su "fragilidad" es un riesgo para la estabilidad política. Con el objetivo conseguido, los Duques se retiraron, prometiendo traer a los mejores tutores.
En cuanto la puerta se cerró, el aire de la habitación cambió. Mirelle se puso de pie, tambaleándose un poco antes de encontrar el equilibrio. Se miró en el espejo, observando los detalles de su nuevo atuendo. Con un movimiento brusco, empezó a desabrocharse el corsé.
__Un minuto más en este vestido de tortura medieval y muero por asfixia o caigo desplomada__. Masculló, deshaciéndose de las capas de tela pesada.
__¿Cómo es que las mujeres de este mundo no colapsan? Con toda esta seda y encaje podrían vestir a un regimiento entero__.
Se deshizo del corsé y dejó escapar un suspiro de alivio genuino. Se observó en el espejo, examinando su nuevo reflejo con una curiosidad clínica. A pesar de todo, la belleza del cuerpo es innegable. Su cabello azul y sus ojos turquesa parecen hechos para desarmar a cualquiera.
__Bueno__. Dijo, explorando su nueva anatomía con una sonrisa cínica.
__Al menos soy hermosa. Eso es un punto a mi favor. ¿Quién podría sospechar de una dama tan delicada?__.
Soltó una carcajada, un sonido que resonó en la habitación, una mezcla de humor negro y aceptación de su destino. Se rie de sí misma, de la ironía de su situación, de la locura de ser un asesino en el cuerpo de una flor de loto.
“Nadie sospechará”, pensó mientras se aleja del espejo para buscar ropa más cómoda.
“Creerán que soy una joya que se debe proteger, cuando en realidad, soy la cuchilla oculta en su propia vitrina. Seré una belleza letal con espinas. Y cuando se den cuenta de quién soy realmente... será demasiado tarde”.
Se sentó en la cama, consciente de que la verdadera partida acaba de comenzar. En un mundo de magia, reyes y traiciones, Mirelle Waters ya no es una pieza de ajedrez. Ahora, es la jugadora principal.