El Ducado de Valerius es conocido como la tierra del invierno eterno, y su gobernante, el gran Duque Cédric, como un hombre despiadado que combate a los monstruos de las fronteras con magia de hielo. Tras la muerte de su esposa, el ducado se volvió aún más frío, y su pequeño hijo, Theo, crece imitando la severidad de su padre, privado de toda infancia.
Por un antiguo pacto de sangre y gratitud, el Conde Kalen ofrece la mano de su amada hija, Alissa, una joven tímida pero rebosante de alegría y una sutil bendición de luz. Cédric acepta: él necesita una madre perfecta para su heredero, y ella desea proteger a su padre.
Alissa llega a un palacio gris decidida a cumplir una misión: devolverle la sonrisa al pequeño Theo y demostrarle que la calidez puede derretir incluso el hielo más grueso.
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CAPÍTULO 17: Flores de invierno y profecías en la nieve
Dos días después de aquella cálida mañana en la habitación ducal, Cédric decidió que el papeleo militar y los informes de la frontera podían esperar. Queriendo cortejar a su esposa de verdad por primera vez y celebrar la complicidad que ahora los unía, el Gran Duque ordenó preparar caballos sencillos y capas oscuras y gruesas, desprovistas de cualquier insignia real. Saldrían de incógnito. Su destino era el mercado del pueblo bajo, el corazón latiente del norte, donde el frío se combatía con hogueras y el calor de la gente común.
Alissa y Theo recibieron la noticia con auténtico entusiasmo. Para el niño, salir del palacio sin una escolta de gala era una aventura sin precedentes; para Alissa, la oportunidad perfecta de respirar aire fresco y conocer al pueblo que ahora gobernaba junto a su esposo.
Al llegar a la plaza del mercado, los sentidos de Alissa se inundaron con los aromas a madera quemada, pan de centeno recién horneado y canela. La nieve cubría los techos de los puestos de madera, pero el ambiente era vibrante. Caminando del brazo de Cédric, quien se movía con una soltura imponente bajo su pesada capa oscura, Alissa comenzó a deslumbrar a los lugareños sin siquiera proponérselo.
Su sencillez sureña rompió cualquier barrera. Lejos de actuar con la altivez que el pueblo esperaba de la alta aristocracia, Alissa se acercó a los puestos de los artesanos y comerciantes con una sonrisa genuina. Había llevado consigo una gran cesta llena de las galletas de mermelada que había horneado días atrás en el palacio, y comenzó a repartirlas entre los niños descalzos del mercado, quienes aceptaban los dulces con ojos brillantes de agradecimiento.
Sin embargo, el momento que verdaderamente conmovió a los plebeyos ocurrió en el sector de los curanderos. Al ver a un grupo de ancianos y obreros tiritando junto a las fogatas, afectados por el terrible "mal del frío" —una afección respiratoria típica de las temporadas más crudas del norte—, Alissa no dudó en actuar. Se arrodilló en la nieve junto a una anciana enferma y, cerrando los ojos, extendió sus manos cálidas.
Su magia de luz purificadora comenzó a brotar en suaves destellos dorados. El calor de su energía envolvió los cuerpos de los enfermos, disipando la congestión de sus pulmones y devolviéndoles el aliento con una ligereza que los medicamentos locales no lograban conseguir.
—¡Es un milagro de la primavera! —susurró un viejo comerciante, cayendo de rodillas.
—¡Alabada sea la nueva Duquesa! ¡La luz ha llegado al norte! —comenzaron a aclamar los plebeyos a su alrededor, dándose cuenta rápidamente de la identidad de la hermosa mujer que los ayudaba con tanta humildad.
Cédric permanecía a unos metros de distancia, sosteniendo la mano de Theo. El Duque de Valerius la miraba con una adoración absoluta, profunda y desarmada. Su pecho se infló de un orgullo que no le cabía en el cuerpo; el pueblo no la amaba por miedo a sus espadas o por el peso de su apellido, sino por la pureza de su alma. Alissa se había ganado el corazón del norte en una sola tarde.
Decidido a apartarla un momento del bullicio antes de que la multitud se volviera incontrolable, Cédric se acercó, tomó la mano de Alissa con firmeza y entrelazó sus dedos, guiándola a ella y a Theo hacia los callejones más tranquilos de la feria, donde se concentraban los puestos de antigüedades y adivinos.
Fue en medio de esa penumbra donde una figura anciana bloqueó su camino. Era una mujer de avanzada edad, envuelta en pesadas pieles gastadas, con ojos nublados por la ceguera pero fijos en la pareja con una intensidad mística. Era una de las antiguas videntes de las tribus de la nieve.
La anciana extendió una mano temblorosa y, con una fuerza sorprendente, detuvo a la pareja, posando sus dedos arrugados directamente sobre las manos unidas de Cédric y Alissa. Un escalofrío helado recorrió la espalda del duque, mientras Alissa sentía que el flujo de su luz vibraba ante el contacto.
La vidente inclinó la cabeza, escuchando un susurro que solo ella parecía percibir en el viento del norte, y levantó su rostro marchito hacia ellos. Su voz, rasposa y profunda como la tierra vieja, lanzó una profecía ambigua que congeló el aire a su alrededor:
—*La luz y el hielo salvarán la frontera...* —sentenció la anciana, apretando el agarre en sus manos—. *Pero una sombra del pasado intentará robar el eslabón más pequeño. El invierno no olvida lo que cree que le pertenece.*
Alissa contuvo el aliento, sintiendo un presentimiento lúgubre clavar sus garras en su estómago. Cédric, con el semblante completamente ensombrecido por la mención de la "sombra del pasado", atrajo a Theo instintivamente hacia su costado, protegiéndolo con su capa.
Antes de que pudieran hacer una sola pregunta, la anciana soltó sus manos y se retiró entre las sombras del callejón, perdiéndose de vista en la nieve. Las aclamaciones del pueblo seguían resonando a lo lejos, pero en ese rincón de la feria, el misterio y la amenaza de la capital quedaban formalmente servidos. La tormenta de Elene estaba más cerca de lo que imaginaban.
me gustó porque tuvo de todo y también un dicho más vale muy corto y hermoso que largo y frustrarte
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