Keile después de cometer muchos errores y ganarse el odio de su enigma tuvo que ver como la vida se le escapaba a la persona que más amo , no solo lo vio morir el fue su verdugo y vivió cada día en el arrepiento pero ahora el destino a decido darle una oportunidad volviendo al momento antes de que la luz de su egnima fuese apaga¿cometerá keile los mismo errores de su vida pasada?
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El Despertar del Lobo
El evento terminó y el silencio de la noche comenzó a devorar el ruido de las copas y las risas falsas. Me quedé de pie en la acera, bajo la luz parpadeante de un farol, esperando. Mi reloj marcaba la hora exacta. En la otra vida, en mi pasado, mi transporte oficial nunca llegó debido a un "error de logística" que luego supe que Brayan había provocado.
Tal como lo recordaba, el rugido de un motor potente rompió la calma. La camioneta negra, imponente y pulcra como un depredador nocturno, se detuvo frente a mí. El vidrio se deslizó hacia abajo con un zumbido eléctrico, revelando ese rostro que, aunque ahora me miraba con desafío, yo había visto apagarse en mis brazos.
—¿Te dejaron plantado, Soldadito? —la voz de Brayan era pura seda y veneno—. Sube. Te llevaré a casa.
En el pasado, mi respuesta fue un gruñido de fastidio y una rigidez que me mantuvo pegado a la puerta del copiloto durante todo el trayecto, emanando un aura de rechazo que solo alimentó su resentimiento. Esta vez, no. Esta vez, abrí la puerta y me hundí en el asiento de cuero con una parsimonia que lo desconcertó. El aroma dentro de la camioneta —sándalo y pólvora— me golpeó como un recuerdo físico.
—Gracias, Brayan —dije, y noté cómo sus dedos se apretaban sobre el volante ante mi inusual cortesía.
El Espejo de una Mente Fragmentada
No me sorprendió cuando tomó el desvío hacia la zona norte en lugar de ir hacia mi departamento militar. Lo dejé hacer. Quería que me llevara a su guarida.
Cuando entramos a su apartamento, el contraste me robó el aliento de nuevo. Era un templo minimalista: paredes de un blanco quirúrgico, muebles negros de líneas rectas y un orden tan obsesivo que resultaba violento. Era la representación física de su lucha interna; mientras su vida en la mafia era caos y sangre, su hogar era un intento desesperado por mantener el control.
En la otra vida, pasé toda la noche aquí de pie, casi sin tocar nada, como si el lugar estuviera contaminado. Hoy, caminé hacia el centro de la estancia y me quité los guantes lentamente, dejando que mi piel entrara en contacto con su mundo.
—Impecable como siempre —comenté, dándome la vuelta para enfrentarlo.
Él se quedó junto a la puerta, observándome con esos ojos dorados que buscaban una grieta en mi armadura. No había marca en nuestros cuellos aún; la piel estaba limpia, virgen de ese vínculo, pero el aire entre nosotros estaba tan cargado de electricidad que la falta de una marca física parecía una formalidad innecesaria.
—Estás demasiado cómodo, Keile —soltó él, cruzándose de brazos, su figura negra resaltando contra la pared blanca—. ¿Dónde está el militar que se queja por el protocolo? ¿Dónde está el hombre que me mira como si fuera una mancha en su uniforme?
Me acerqué a él, acortando la distancia que en el pasado me tomó meses cerrar. Disfruté el destello de sorpresa en su mirada. No iba a desperdiciar esta segunda oportunidad con rigideces inútiles.
—Ese hombre se quedó en el pasado, Brayan —susurré, dejando que mi aroma a eucalipto inundara su espacio personal—. Hoy solo estoy yo. Y tú.
Caminé por el salón, dejando que mis dedos rozaran la superficie fría de una mesa de mármol negro. Cada rincón de este lugar gritaba una verdad que yo había intentado ignorar en mi vida anterior. En aquel entonces, me mostré rígido, casi asqueado por la opulencia de un heredero de la mafia, pero mi interior era un caos absoluto.
Fue en este mismo espacio donde, bajo una luz mortecina, nuestros labios se encontraron por primera vez en el pasado. Recordé el estruendo en mi pecho, ese rugido visceral que me dejó sin aliento.
«¡Mío! ¡Nuestro!», había aullado mi lobo alfa en aquel entonces, arañando las paredes de mi conciencia, reconociendo a su destinado en el aroma de Brayan.
Hoy, aunque el primer beso ya había ocurrido en el muelle bajo el salitre del mar, la sensación al entrar aquí fue la misma. Al mirar a Brayan, que me observaba desde la penumbra del pasillo, sentí a mi lobo agitarse de nuevo. No era solo atracción; era un reconocimiento ancestral que trascendía el tiempo y las líneas temporales. El alfa en mi interior no entendía de segundas oportunidades ni de transmisiones de alma; él solo sabía que el dueño de esos ojos dorados era su contraparte perfecta.
La Tensión del Depredador
Me detuve frente a un gran ventanal que mostraba las luces de la ciudad, pero mi reflejo solo me devolvía la imagen de un hombre que ocultaba demasiados fantasmas. Brayan se acercó, sus pasos eran silenciosos, felinos. Se detuvo justo detrás de mí, lo suficientemente cerca para que el calor de su cuerpo irradiara contra mi espalda, pero sin llegar a tocarme.
—Te quedas callado de repente —dijo su voz, esa vibración baja que siempre lograba desarmar mis defensas—. Pareces un hombre que está viendo escenas de una película que nadie más puede ver. ¿Qué buscas en este lugar, Keile? No hay reglamentos militares aquí. Solo paredes blancas y... yo.
Me di la vuelta lentamente. El contraste era abrumador. La pulcritud del apartamento acentuaba la naturaleza indomable de Brayan. No estábamos marcados, nuestras pieles aún eran lienzos en blanco ante la ley de los destinados, pero el aire estaba tan saturado de nuestra esencia que la marca se sentía como una inevitabilidad biológica.
—No busco reglamentos, Brayan —respondí, bajando la voz hasta que fue casi un susurro—. Busco entender por qué, sin importar cuántas veces intente alejarme de ti, mi instinto siempre me trae de vuelta al mismo punto.
Mi lobo volvió a gruñir, un sonido sordo que vibró en mi caja torácica. Reconocimiento. Esta vez no iba a luchar contra él. No iba a ser el soldado que pone el deber por encima del alma.
Brayan ladeó la cabeza, una chispa de curiosidad salvaje bailando en sus ojos. Se sintió retado, pero también atraído por esa nueva vulnerabilidad que yo le entregaba sin reservas.
—Tu instinto te trajo a la guarida del lobo —replicó él, acortando el último centímetro de distancia—. Y ahora que estás aquí, Soldadito... ¿qué piensas hacer al respecto?