A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
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Refugio entre amigos
No podía volver a mi casa. No sola.
La idea de cruzar esa puerta, de enfrentarme al pasillo vacío, a la cámara que seguía grabando, a las paredes que susurraban secretos que no quería escuchar, me paralizaba. Así que, sin pensarlo dos veces, le pedí a Sofía que se quedara unos días conmigo. Hasta que todo mejorara un poco, hasta que entendiera qué estaba pasando, hasta que el miedo dejara de ser mi sombra.
Ella aceptó de inmediato, casi como un robot dispuesto a proteger a su humano. Sin dudar, sin preguntar, sin condiciones. Solo asintió y dijo:
—Voy por mis cosas. Vuelvo en una hora.
Y así lo hizo. Una hora después, estábamos frente a la puerta de mi departamento, con su maleta rodando detrás de ella y una bolsa de comida en la mano.
—Traje provisiones —dijo con una sonrisa—. No vamos a pasar hambre.
Abrí la puerta con manos temblorosas y entré. El departamento se sentía igual que siempre, pero algo era diferente. No era miedo, no exactamente. Era una especie de tranquilidad en medio de la tormenta, una sensación extraña de que, con Sofía a mi lado, nada malo podía pasar. No por ahora.
Preparamos su cama junto a la mía, en el mismo cuarto, para que pasara mejor la noche. Sofía puso sus sábanas de flores sobre el colchón inflable que saqué del armario, y mientras las ajustaba, silbaba una canción alegre. Yo la miraba desde la puerta, sintiendo que mi pecho se desinflaba lentamente, que el nudo en mi garganta comenzaba a aflojarse.
—Listo —dijo Sofía, dándose una palmada en las manos—. Campamento base establecido.
Reí. Era una risa pequeña, pero genuina.
Miré el reloj: 10:00 AM. La mañana aún era joven, y aunque mi cuerpo pedía descanso, mi mente sabía que necesitaba algo de normalidad. Algo que me recordara quién era antes de que todo esto empezara.
—Debería transmitir un rato —dije, más para mí misma que para ella.
Sofía asintió.
—Hazlo. Yo me siento aquí, veo una película y prometo estar callada. Ni una palabra, ni un suspiro. Seré tu espectadora fantasma.
Sonreí y encendí la computadora. Todo funcionaba con normalidad. Abrí OBS, ajusté la cámara, y antes de empezar, me tomé un momento para mirar el escritorio. La carpeta del juego seguía eliminada, el correo electrónico sin abrir, el sistema limpio. Todo estaba en orden.
Inicié la transmisión.
La audiencia comenzó a llegar lentamente, como siempre. "Val, ¿cómo estás?", "Te extrañábamos", "¿Qué vas a jugar hoy?". Leí los comentarios y sentí que algo en mi interior se relajaba. Esto era lo mío. Esto era lo que sabía hacer.
Pero esta vez, decidí ser honesta. No podía seguir fingiendo que todo estaba bien.
—Chicos —dije, apoyando las manos sobre el escritorio—. Quiero contarles algo que me está pasando. No es para asustarlos, ni para buscar lástima. Solo... necesito que sepan, y quizá, si alguien tiene alguna idea, alguna pista, me pueda ayudar.
El chat se llenó de mensajes de apoyo. "Cuéntanos", "Estamos aquí", "Lo que necesites, Val". Respiré hondo y comencé a hablar. No conté todo, no los detalles más oscuros, pero sí lo suficiente. Los sobres, el vagabundo, la chica desaparecida, el juego, el vecino que parecía demasiado amable. Todo salió en un torrente de palabras que no pude detener.
Cuando terminé, el chat era un mar de mensajes. "Val, eso es muy serio", "Ve a la policía", "Yo he escuchado historias similares en otros foros", "Cuidado con ese vecino". Algunos me ofrecieron ayuda, otros compartieron experiencias parecidas. Por un momento, me sentí bien. Relajada. Quizá un poco más tranquila al saber que no estaba sola, que había personas ahí afuera dispuestas a escuchar, a creer.
Después de unas horas, terminé la transmisión. Cerré OBS y me giré hacia Sofía, que estaba en el sofá con una manta sobre las piernas y la película pausada.
—¿Cómo te fue? —preguntó.
—Bien —respondí, y por primera vez lo dije en serio—. Bien, de verdad.
Comimos algo rápido: los sándwiches que Sofía había traído, acompañados de unas papas fritas y refresco. Nos sentamos en la mesa del comedor y comenzamos a analizar todo en voz alta.
—Quizá Laura solo quiere ayudar —dijo Sofía, mordiendo su sándwich—. Tal vez está tratando de evitar que te pase lo que le pasó a ella.
—Eso pensé —asentí—. Pero entonces, ¿por qué no se acerca directamente? ¿Por qué los sobres, los mensajes , los correos electrónicos ?
Sofía se quedó en silencio un momento, masticando lentamente.
—Quizá no puede. Quizá alguien la está vigilando, o reteniendo, y solo puede comunicarse así, a escondidas.
La idea tenía sentido. Pero entonces, una pregunta surgió en mi mente como una chispa.
—¿De quién? ¿O de qué?
Sofía dejó su sándwich y me miró con sus ojos oscuros y serios.
—Tal vez el vagabundo esté relacionado con esto. O la señora y su esposo, los de la tienda de abajo.
—¿Los señores del segundo piso? —dije, sorprendida—. Ellos son buena gente. La señora Marta le dio comida al vagabundo, fue amable conmigo...
—No podemos descartar a nadie ahora —interrumpió Sofía—. Todas esas personas están en el edificio. Todas tienen acceso a los pasillos, a las puertas. El vagabundo anda por la madrugada, los señores ven todo desde su tienda, y tu vecino... bueno, él es el más misterioso de todos.
No podía discutirle. Sofía tenía razón. En una situación así, la confianza era un lujo que no podía permitirme.
—Entonces —dije, apoyando los codos sobre la mesa—, ¿qué hacemos? ¿Cómo investigamos sin levantar sospechas?
—Empezamos por lo más obvio —respondió Sofía—. El vagabundo lo vio todo. Si él está realmente interesado en Laura, quizá sabe más de lo que dice. Y la señora Marta, con su tienda, ve a todo el mundo entrar y salir. Si alguien se está moviendo en la madrugada, ella lo ha visto.
Asentí. Tenía sentido. Pero también me daba miedo. Enfrentar a esas personas, hacer preguntas, remover cosas que quizá debían quedarse enterradas.
Esa noche no dormimos. O mejor dicho, no pudimos dormir. Nos quedamos hablando, dando vueltas a las mismas ideas, debatiendo teorías que se desmoronaban solas. El nombre de Laura, la foto en la mesa del vecino, los sobres, los golpes en la pared, la sonrisa en la cámara.
Algo se nos escapaba. Una pieza clave que no encajaba, un detalle que habíamos pasado por alto. Y mientras la noche avanzaba y el reloj marcaba las 2:00 AM, supe que no encontraríamos la respuesta hablando.
Tendríamos que actuar.
Pero el miedo a lo que podríamos encontrar era más grande que la curiosidad.
Y por ahora, solo podía esperar.